
Domingo 14 de octubre de 2007
Las malas costumbres son difíciles de abandonar. ¿Cierto, don Carlos Cerda? Otra vez usted ahí, jugando al límite del offside. Ahora se despachó esa frasecita sobre la modernización que ha experimentado la Sala Penal de la Corte Suprema y la evidente falta de aggiornamiento en el resto del Tribunal Supremo. ¿Se olvidó acaso que los reglamentos del Poder Judicial impiden que uno de los ungidos ande por ahí hablando de lo bien o mal que lo hacen sus colegas? O sea, "publicar, sin autorización del presidente de la Corte Suprema, escritos en defensa de su conducta oficial o atacar en cualquier forma la de otros jueces o magistrados".
Una suerte de omertá, la ley del silencio a la que estaban sujetos los miembros de la Mafia siciliana, pero en este caso, el silencio de los buenos. O "El silencio de los corderos", como se llamaba originalmente aquella maravillosa película que nosotros vimos como "El silencio de los inocentes". Algo saben de ello de corderos y de inocentes en el Poder Judicial chileno, todavía poblado de jueces que se portaron como corderos en los años duros.
Carlitos Cerda tuvo la mala idea de no ser un corderito por aquellos días. Tuvo la peregrina idea, allá por los 80, de meterse con los crímenes del Comando Conjunto, específicamente la muerte de diez militantes comunistas. Algo sabemos del silencio de los corderos y de cómo terminó el asunto. Con el juez Cerda sancionado por cuatro meses, con un cuaderno de remoción abierto y una pésima calificación. Todo por meterse con la Ley de Amnistía, como dictaminó aquella Corte Suprema de corderos. Fueron esas mismas calificaciones el argumento último que utilizó la derecha para impedir su ascenso a la Corte Suprema, el año pasado. Una linda postal del Chile postdictadura. Uno de los pocos jueces que se portó como hombrecito sufriendo la vendetta de los adláteres de Pinochet, veinte años después, precisamente por no hacerse el huevón en casos de violaciones de los derechos humanos.
Pero tiene sus bemoles todo esto. Aún no logro entender qué fue eso de meter en cana a todo el clan, para dejarlo salir al otro día. Un buen marco en todo caso para recibir un premio por la defensa de los derechos humanos. Entiendo perfectamente la preocupación respecto de este tema. Es un pésimo ejemplo. Los jueces se podrían ver impelidos a condenar a los que cometieron todo tipo de tropelías sólo para ganarse un par de billetes. ¿Adónde vamos a llegar si los jueces se ponen a hacer justicia? Más vale que hagan cumplir las leyes, que para eso se les nombra. Una cosa es la justicia, interpretable, mutable, opinable. Otra es la ley. Y eso de andarse autonombrando guardián de la justicia puede terminar con esto convertido en una chacra, en lugar de un lindo y ordenado país que tenemos gracias a la transición pactada. Un argumento curioso y sospechosamente parecido al de aquellos que dicen ahora que en este país no hay Estado de Derecho.
Cerda, eso sí, tiene un mérito innegable; cada vez que se mete en las patas de los caballos nos recuerda a todos que este país, pese a su discurso de modernidad y avance, de justicia y reconciliación, sigue partido al medio. Pese a que la izquierda habla del ocaso de la figura de Pinochet, cuando la familia del dictador se va presa, sus parlamentarios se levantan para cantar a voz en cuello el Himno Nacional. Y pese a que la derecha habla de su renovación y su mirada de futuro, cada vez que le tocan a los del clan cierra filas en torno a ellos como una centuria romana. Sí, Carlos Cerda nos recuerda cada tanto quiénes somos y en qué lado de la línea estamos parados, sin que importen las floridas palabras que hemos vertido para convencer al electorado de que somos lo que queremos hacerles creer que somos y no lo que somos en realidad.
Y bajo esa lluvia de declaraciones se borran las sonrisas pintadas y se velan un par de verdades. Porque uno podría pensar que tanta bulla se debe a los crímenes
excesos, como los han dado en llamar cometidos hace veinte años. Pero no. Toda la parafernalia, las declaraciones indignadas del abogado de los Pinochet, el Himno Nacional en el hemiciclo, las acusaciones de parcialidad y toda la majamama que hemos visto se deben a un problema de platas. Revelador, ¿no? Mientras tanto, allá lejos, los familiares de detenidos desaparecidos que aún no saben dónde están los restos de sus seres queridos siguen esperando que la ley haga justicia. LND