
Miércoles 24 de octubre de 2007
La expresión "meter chala" equivale a "caminar", bastante, o largo y tendido, así como se habla a veces (yo no sé hablar con un itinerario conceptual coherente, y me avergüenzo de ello), pero, ¿meter dónde la chala? La pregunta es fundamental, o mejor dicho lo sería una posible respuesta, pues yo uso chalas (sandalias) todos los días, aun con chaqueta, siempre con camisa. Es el pie el que se mete en la chala, como señalé aquí hace catorce días, con calcetín o sin él. ¿Póntelo, pónselo? Vamos de a poco.
Una tarde remota de 1971 atendí, largo y tendido en un diván, muy joven, a la interpretación de un sueño de la noche anterior. Una loba -en el sueño- mordía el tobillo de un primo mío y dañaba un nervio de alta calidad e importancia. Quedaba cojo. La loba lanzaba miradas amenazadoras. El profesional sentado detrás de mi juvenil cabeza planteó -luego del consabido "¿qué asocia usted?"- una hipótesis que me puso la carne de gallina, aunque yo hubiese querido blindarme con un pellejo de gallo genuino y cantor, por la gran cresta: la loba era una figura femenina, acaso materna (en lo simbólico), acaso magisterial (esto, para los que se enamoran de sus profesoras) e incestuosa, y feroz, pues mordía "el pie que en la bota entra", o algo así era la cita supuestamente bíblica y metafórica que otra profesional aportó más tarde, es decir, el vilipendiado o idealizado falo (que no es, según me aclara una tercera profesional, en informal intercambio de ideas, el miembro viril en sí, sino concebido en su simbolismo creativo, penetrativo, relacional, qué sé yo, tampoco lo entendí nunca del todo). Digamos, la loba era la mujer sexualizada como amenaza inconsciente.
Así me ha ido, pues. La pata, pierna o pie representaba lo que acabo de indicar, además, debido a que Jeremías (así llamaremos al primo) vivía por esos días su luna de miel y en la onírica escena aferraba la mano de su esposa. Ah, la mano. Ni idea de qué simbolizaba la mano (¿la pareja-pajera, la Manuelita Palma de guante blanco como una novia vicaria, llegado el caso?), así es que vamos al pie "que en la bota entra". ¡Pero quien esto escribe no usa botas, sino sandalias! ¿Significa ello que su relación con la mujer -con su mujer, si la tiene- es de índole laxa, refrescante o casual? ¿Confortable? ¿Dime cómo calzas y te diré cómo amas? En las revistas para señoras, las divas entrevistadas aseguran fijarse en los zapatos del pretendiente: si no están limpios, no pasa nada de nada. (Si hay polvo, no lo habrá.) Con mis sandalias, yo, que oigo ya a la vejez que se acerca "con sus pasos de seda" (como advierte, tristemente, un amigo escritor), estoy quizás -así deberían estar los curas (menos Quart), pero las noticias indican lo contrario; lo que es yo, ni bautizado estoy-, a estas alturas, libre de polvo y paja. Y no me he dado cuenta.
Meter chala es caminar, y el viajero camina. Pero no camino, aunque por estos días viajo, y es porque paso idiotizado frente a la pantalla del computador, ex página blanca. De la Villa de Madrid poco he visto, obligado por circunstancias personales a teclear y teclear. De pronto, aparece en la pantalla el refrán de Mahoma y la montaña. Indaguemos en Google su origen: "Mahoma convenció a sus seguidores de que a una orden suya se le iba a acercar una montaña desde la cual predicaría. La muchedumbre se reunió; Mahoma llamó una y otra vez a la montaña y cuando ésta no se movió de su lugar, el profeta dijo sin abochornarse: Si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma irá a la montaña . Este texto no pertenece a ningún libro religioso ni procede de Oriente. Figura en los "Ensayos" de Sir Francis Bacon (1561-1626), filósofo inglés y canciller del reino, quien fue precursor del método experimental en la ciencia y uno de los más firmes adversarios del conocimiento dogmático y supersticioso de la Edad Media".
Vaya, es un refrán arcaico, a escala humana. Porque hoy en día la cosa es al revés: ¿para qué viajar, para qué meter chala, si en esta misma pantalla, o en la del televisor, o en los adminículos de realidad virtual que inventan día a día, podemos hacer que la montaña venga a nosotros? ¿Qué son, si no, los canales de National Geographic o Travel & no sé qué, u otros equivalentes, cosmopolitas hasta la saturación, ubicuos e innumerables?
Hace años vi una película francesa titulada "Buenas noches, Alejandro". Un campesino recién viudo (liberado de una trabajólica que intentaba obligarlo a progresar) se recluía en su cama y tenía a la mano, mediante ingeniosas poleas, toda clase de quesos y jamones. Pronto viviremos así, digitalizando los botones de la experiencia, incluso los de la experiencia erótica, amorosa, o como se llame eso de meter la pata. De meter chala, ni hablar. ¿Pronto? Ya estamos en eso, y no nos damos cuenta. Acaso no estoy acá en Madrid y, como Lihn o Kavafis, nunca salí de la horrorosa ciudad que ya sabemos.