
Miércoles 24 de octubre de 2007
Todo el mundo está de acuerdo en que los juegos para los chicos son espacios de ajuste mutuo en condiciones sociales protegidas. Los niños, sin darse cuenta, ensayan una y mil veces vivencias y esquemas relacionales, respuestas emocionales y frustraciones, en condiciones óptimas para un ser tan vulnerable y que luego, una vez interiorizadas, les van a ayudar en la adaptación a las circunstancias de la vida.
Es evidente que, por medio de los juegos, se produce la contrastación de los consejos, mensajes, normas e instrucciones que los chicos reciben de los adultos con los parámetros con los que funcionan los demás, dando lugar de esta manera a la necesaria diferenciación y, lo que supone, en definitiva, la adquisición de habilidades sociales que le proporcionará la carga de autonomía necesaria para poder funcionar en este mundo. O sea, los juegos son importantes. Y también lo son los padres, educadores, familiares, amigos, etcétera. Entonces ¿A qué jugamos?
No estoy planteando el tema de los juguetes. Ni siquiera el tan manido tema de los juegos sexistas; estoy poniendo sobre el tapete una contradicción tremenda de la sociedad de hoy, que será responsable de que muchos de nuestros pequeños el día de mañana se sientan débiles y sufran en el proceso de evolución hacia su madurez.
Los niños tienen que estar mucho tiempo con los padres. Diálogo y comprensión. Los niños tienen que jugar muchas horas y con varios amiguitos. Ensayo y error. La familia tendrá zonas comunes en las que sus miembros se comunicarán y buscarán el apoyo y el cariño del resto. Caricias.
(blogs.periodistadigital.com/discretisimoscircunstantes.php)