
Domingo 28 de octubre de 2007
¿Qué diría Truman Capote si supiera que en el último tiempo ya van dos películas que reviven su figura y que, además del retrato afeminado y cínico, describen con dispar mirada el punto de quiebre que cambió para siempre el periodismo? Probablemente se reiría con esa voz chillona que tenía y volvería a repetir que la vida es una buena obra de teatro con un horrible tercer acto.
Bueno, tanto "Capote", de Bennett Miller, que el año pasado hizo que Philip Seymour Hoffman ganara el Oscar a mejor actor, y la recién estrenada "Infame", de Douglas McGrath, se centran en este último acto: el ocaso de un hombre que cuando se enfrentó cara a cara con la muerte nunca más pudo volver a escribir nada.
Filmadas casi al mismo tiempo, con presupuestos incomparables, actores muy diferentes y usando el mismo punto de partida, el riesgo que "Infame" quedara catapultada como la vil copia de una obra maestra era alto; sin embargo, no sólo logra brillar con extraña autonomía, se permite, a diferencia de la primera, arriesgar mucho más.
Partiendo por la actuación de Toby Jones, el más gay de los Capotes hasta ahora, "Infame" adquiere un tono mucho más perturbador y menos complaciente que la cinta de Bennett, pues se concentra detalladamente en la tortuosa tensión sexual entre el asesino y el escritor. Es en este episodio donde McGrath se permite mayores audacias, primero porque retrata con mayor justicia la personalidad maquiavélica de Capote, que sabe que tiene entre manos una obra maestra que sólo es posible a través de la mentira y el engaño. Y segundo, porque describe con sutil sordidez la necesidad de este suicidio literario en el que se justifica cambiar el valor de las personas por el valor de las palabras.
Esta ambigüedad es la gran apuesta de "Infame": desde las primeras escenas casi en tono de comedia , en las cuales Truman Capote es retratado como una especie de niño malcriado y chillón que se emociona con el fingido sentimentalismo de una cantante de bar, hasta aquellas que rescatan el deterioro creativo que significó la escritura de "A sangre fría", la cinta logra transmitir la contradicción artística y moral no sólo del protagonista, también la de un Hollywood vacío y chupansangre que alaba el "arte" a cualquier costo.
Ahora, más allá de las virtudes y vicios de ambas películas, resulta un lujo para los espectadores tener dos estrategias completamente diferentes entre sí. Mientras la primera opta por la austeridad y el respeto adulador, "Infame" se desborda, incluso se atropella en su discurso, al punto de incluir unas entrevistas documentales, pero incluso en esta falta de sutileza narrativa tiene más carácter y arrojo. El Capote de "Infame" es mucho más personaje, porque no se avergüenza de sus guiños y muecas. Y como filme resulta mucho más estimulante que su antecesora.