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  Tan susceptible

  Tan susceptible

  Igual me miran las adolescentes (¿o será que yo las estoy mirando a ellas de puro caliente?) y drogo mi ego pensando en que soy el Don Francisco de la web 2.0. Pero nada, es mentira. Aquí no conozco a nadie, igual que en Santiago, pero allá saben de mí, como dice Charly García.

Domingo 28 de octubre de 2007

"Uno siempre vuelve a ser el fan de la puerta", pienso mientras, aprovechando mi poco tiempo libre en Buenos Aires cruzó la puerta de Rock & Pop de Argentina y espero a Mario Pergolini, el mítico conductor de "CQC" en ese país. Yo soy de los que habla con la gente postprograma, porque fui de ahí. Pasa que retorné a Buenos Aires como corresponsal, post "Duro de domar" versión chilena (acabo de ir ayer al estudio y tuve una sensación de pena terrible, como cuando uno ve a una ex novia embarazada). Me vine un poco para escapar de la sodamanía a la mismísima ciudad de la furia y un poco para cubrir el show de Arctic Monkeys, generando un twitter (twitter.com/copano) con móviles vía YouTube, GoEar y Flickr para mi radio, la rocka chilena. No deja de ser raro volver a ser anónimo en una gran ciudad, tal como a los 15, cuando le mentía a mi vieja para ir a dejar "top fives" a la productora del "Caiga" chileno en vez de estudiar para las pruebas de matemática.

Igual me miran las adolescentes (¿o será que yo las estoy mirando a ellas de puro caliente?) y drogo mi ego pensando en que soy el Don Francisco de la web 2.0. Pero nada, es mentira. Aquí no conozco a nadie, igual que en Santiago, pero allá saben de mí, como dice Charly García. Lo único que extraño de casa es estar en el aire, hablando. Mi amigo Álbaro (sí, con B de barza, un experto en colarse y entrevistar a estrellas y poderosos inalcanzables) está al lado mío con su cámara, entregándome consejos y alentándome a meterme al estudio a la mala.

"Copa, no puedes hacer eso", me reta, después de que, con tono apocado, le explico al guardia enemigo número de uno de todo joven entusiasta mi calidad de fanático. Como pidiendo disculpas, a lo chilensis. "Tienes que ser seguro, mostrar tus trofeos como empresario, panadero, conductor, mono de circo, líder juvenil y todas esas huevadas. Aprovechá. Si no, estarías arriba ahora". Siento pena teen, como la de los fans de My Chemical Romance. Pero no desespero. Igual descubro uno de los genes básicos del buen comunicador: uno es, al fin y al cabo, un inseguro de mierda. No puedo hilvanar una sola palabra bien allí dentro. De verdad me daría vergüenza que mis amigos me escucharan asustado. Me siento un poco en pelotas. Más bien, pelotudo.

Pero aquí estoy, de cero en Baires. Ya di una vuelta por la Fox y por Turner. Veo una escalera. Y, cagado de susto, subo sin que el guardia me detecte. "Sigue la voz", dice Álbaro. Y me siento en esa escena de "Promedio rojo" en que el protagonista camina en cámara lenta. Y no sé cómo, pero veo el gran ventanal (que he visto mil veces en la página web) y están ahí. Los animadores del programa de radio de Pergolini, en carne y hueso. Y está Catupecu Machu, que acá entrevisté mil veces. Y estoy en la producción con Nacho Goano (al que le cuento de cómo llegue y se ríe, revisando mails). Frente a mí hay un pequeño cuarto con el radiocontrolador, y más allá otro compartimento, con dos locutores y guionistas. Después de esos vidrios está la mesa. Es una orquesta gigante. Y todo me parece nuevo, como cuando iba a la radio o a los canales a esperar a mis ídolos. Lo bueno es que todos los que admiré trabajaron o trabajan conmigo, y de todos saqué buenas y malas lecciones. Esta es la misma vieja sensación hasta que aparece el guardia y amenaza con echarnos a patadas a Álbaro y a mí, con quien simulamos no cachar de qué habla. "¡Se están haciendo los pelotudos, hijos de puta, fuera de acá o les rompo el orto a patadas!", grita. Como en esos programas argentinos graciosillos, pero en serio. Ahora estamos afuera. No tendré ni un diálogo. Perdí. Game over. Muy divertido, aunque sin recuerdo. Loser.

Pero me salvo. Aparece Mario y cruzo la puerta sin susto para dialogar con él. Tiene onda conmigo, porque me vio entrar al estudio. Le cuento quién soy. "¿Moraleja?", se ríe y responde. "Nada, las gracias por la inspiración". Le comento de un par de amigos comunes y, a full, lo invito a almorzar a mi regreso a Baires. Nos sacamos una foto y nos vamos. Llueve con calor. Álbaro también se saca una foto. Escapamos en taxi. Previo a las elecciones en la ciudad de la furia, mi misión emocional está cumplida. LND

 

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