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  Una mosca en la sopa

  Una mosca en la sopa

  Francamente, estos suches son harto intolerables. Me refiero, obviamente, a los ejecutivos de la camada nueva: hablan fuerte y fuman mucho, no como los verdaderos dueños del capital.

Domingo 28 de octubre de 2007

Lo único que puedo comentar de la ya clásica Cena Anual de la Industria es que, si siguen así, en un tiempo más en vez de cena en CasaPiedra tendrán que hacer una completada en la Piccola Italia. Lo digo, sobre todo, porque el servicio ya no es como antes. Un empresario que estaba sentado en la mesa número 14 me contó que encontró una mosca en el plato, y yo, por mi parte, saqué un pelo del postre. Claro, me hice la loca e igual disfruté de la trilogía de chocolate acompañada de salsa de frambuesa, vainilla con frutillas, moras frescas y mandarina. Me la comí feliz, porque necesitaba azúcar para aguantar el sofoco de esta versión. Hay que ser justos, este bochorno pasó en un solo plato, entre los miles que se distribuyeron amablemente, pero, como dice el refrán, una manzana puede pudrir todo el cajón.

Fuerte lo que pasó en el evento más importante de la industria, cuya organización costó 80 millones de pesos [más de cuatro mil UF]. Pero a lo mejor es bueno que, alguna vez, uno de estos señores sienta lo que es atragantarse.

La mosca y el pelo no fueron lo único que amenazó con bajarle el pelo al asunto. Alguien de la producción tuvo la brillante idea de poner a una cantante en un minúsculo escenario en el hall central, a una promotora disfrazada de brasilera se paseaba entregando panfletos con plumas y poca ropa encima y en el salón principal había unas luces verdes que giraban como si fuera el vip de Las Brujas.

Ya no es como antes, pensé, cuando la cena de la creme del empresariado con el presidente de turno tenía una estética similar a la de los matrimonios de la elite.

Por suerte, hay algunas costumbres que no cambian. Los protagonistas, por ejemplo, llegaron temprano. Un grupo de venezolanos arribó en un minibús, y el primer pez gordo reconocible que apareció fue Bruno Philippi. El hombre se veía energético y su pelo cano es lo único que demuestra que, al contrario de lo que se dice, el dinero y el poder envejecen a las personas. El dueño de casa era todo sonrisas y amabilidad, y ni rastro del conflicto con Michelle Bachelet.

Philippi Irarrázabal, en realidad, estuvo impecable. Ni siquiera se alteró cuando la garota de las plumas y los cueros se paseó enfrente suyo. Un par de ejecutivos le pidió que los ayudara para que la Presidenta confirmara de una vez por todas su asistencia a la próxima Enade, y nadie dudó de que Philippi era el hombre con más peso específico para aquella tarea. Con el ministro del Trabajo, Osvaldo Andrade, fue afectuoso y se dio el abrazo del oso, igual que con varios de los miles de asistentes. También fue gente con los expansivos, y tanto Eduardo Bitrán como Karen Poniachik respondieron a la cordialidad del sofofo anfitrión.

Jaime de Aguirre, el director de Chilevisión, parecía en casa, aunque se dio tiempo de bromear: "Vine a estar con la burguesía criolla". También llegó en masa el bando ejecutivo, con sus diálogos tipo: "Qué querís que te diga, la cagaron con el directorio", o "los proveedores nos tienen complicados".

Francamente, estos suches son harto intolerables. Me refiero, obviamente, a los ejecutivos de la camada nueva: hablan fuerte y fuman mucho, no como los verdaderos dueños del capital. Esos son recatados, a la mayoría hay que sacarles las palabras con tirabuzón, y de cigarro nada. Se cuidan la nariz, obvio, porque todos sabemos que muchas veces los negocios dependen del olfato personal.

Un salmonero que lleva décadas asistiendo a este tipo de encuentros me comenta que antes los ejecutivos eran estables y fieles a su compañía, pero hoy se mueven sin pudor. Las grúas están de moda, dice. D&S sabe de estas cosas.

Nicolás Ibáñez llegó a las 21:20, vestido con un blazer de cuadros. Justo antes de llegar al salón donde hablaba Michelle Bachelet se rascó la pierna, y entró justo cuando ella decía: "La ambición de poder termina mareando a algunos". Claro que la Presidenta, con un traje dos piezas calipso, quería hacer entender que necesita de un acuerdo nacional.

Su exposición fue larga, pero creo que eso fue bueno, porque en varias de las mesas quedaron juntos personajes que más de alguna vez se han agarrado de las mechas. El tiempo cura las heridas.

Como si el pacto social al que llamó Michelle hubiera empezado esa misma noche, Eduardo Bitrán se sentó junto a Herman Chadwick; Marcelo Tokman y Bernardo Matte con Ana Lya Ariarte; Karen Poniachik cerquita de Francisco Costábal el presidente del Consejo Minero , y Osvaldo Andrade al lado de Andrés Velasco. Era divertida la situación. Poco faltó para que aparecieran Allamand y Longueira, uno al lado del otro, pero claro, ellos no son ministros, ni empresarios, ni están en el Gobierno. Cómo podrían serlo si ni siquiera administran sus discursos.

La ministra Poniachik contó que el orden en que quedaron los puestos fue foco de bromas entre los intocables.

La cena terminaba y, mientras Juan Claro apagaba su cigarrillo en una copa y Felipe Larraín conversaba de golf, Óscar Guillermo Garretón hablaba de la Presidenta.

¿Creyó en algún momento que no vendría?

No, nunca. Si fuera por los conflictos, ni siquiera podría mirarse con los partidos de la Concertación respondió el empresario socialista, con los ojitos colorados.

Sofofolandia, en todo caso, estuvo incompleta, y los grandes ausentes fueron Hernán Somerville y Álvaro Saieh, aunque fue como si estuvieran porque todo el mundo hablaba de ellos. Tampoco hubo cura, Ricardo Claro no apareció y Sebastián Piñera, el inversionista, especulador financiero y candidato de RN, no se quiso juntar con los empresarios. O sea, aparte de fofa, esta cena estuvo bien fome. Si el año pasado la Presidenta decía "mantengamos el nivel del debate", esta vez tuvo que decir "elevemos el nivel del debate". Porque en un año pasan cosas, y esta versión estuvo a un pelo de quedarse sin la Mandataria. Quizás estamos presenciando los últimos capítulos de esta cumbre sofocante, porque no puede ser que lo más bizarro, lejos, haya sido una mosca en el plato. ¡Nadie puede! LND

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