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  Aysén: expansión de la salmonicultura

  Los habitantes han propuesto el concepto de "Aysén, reserva de vida" como eje de su desarrollo. Esto, unido a la experiencia de Los Lagos representa un urgente llamado a tomar resguardos.

Miércoles 31 de octubre de 2007

La salmonicultura chilena ha registrado un crecimiento espectacular en los últimos 15 años hasta transformarse en sinónimo de éxito comercial, rentabilidad y empleo. Pero las consecuencias de esta explosiva expansión en los ámbitos ambiental, social y laboral son motivo de una preocupación creciente no sólo nacional y local, sino entre la comunidad internacional.

Durante estos días se celebra la Semana Global de Acción sobre la Salmonicultura en varios países -incluyendo Chile- con el propósito de informar sobre los impactos y problemas ambientales, sociales y salud asociados al salmón cultivado y las actuales prácticas de las empresas del ramo. Si bien la globalización ha generado enormes oportunidades para la economía chilena, esta bonanza no ha sido acompañada de un fortalecimiento de los derechos laborales y ambientales. El modelo económico chileno y el proceso de la globalización se encuentran estrechamente ligados al impacto ambiental y el debilitamiento de los derechos laborales. La inserción de Chile en los mercados internacionales se ha sustentado en la extracción y exportación de recursos naturales con escaso procesamiento y escaso beneficio social, en lo cual la industria salmonera constituye un ejemplo paradigmático.

Desde 1990 las exportaciones chilenas de salmón han crecido de modo sistemático. En 1998, fueron 6,1 veces mayores que en 1990 y 400 veces mayores a 1985; en 2006 los envíos fueron 19 veces superiores a los de 1990. La tasa de crecimiento promedio en los últimos 16 años llega a 20% anual. Chile es el segundo exportador mundial de salmónidos, con 38,2% de participación en el mercado mundial, superado sólo por estrecho margen por Noruega (39,7%), y muy lejos de sus competidores más cercanos (Gran Bretaña, 7,8% y Canadá, 7,6%).

Sin embargo, la necesidad de competir en los mercados internacionales ha llevado a las empresas a traspasar costos a los sectores más vulnerables: los trabajadores y las trabajadoras, convertidos en mano de obra barata, y las comunidades locales, que perciben las externalidades negativas de la industria mediante los múltiples impactos ambientales y las transformaciones sociales. Uno de los efectos más notables ha sido, precisamente, la gran demanda de mano de obra. Hoy, la fuerza laboral de la industria llega a 53 mil personas, de las cuales 35 mil son empleos directos. Pero el auge de la industria no ha significado aumentos significativos en los salarios o mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores. Muy al contrario, las condiciones laborales han sido objeto de críticas constantes, denunciadas no sólo por organizaciones de la sociedad civil, sino que de manera creciente por los sindicatos y federaciones de trabajadores, que demandan una situación más digna y salarios justos.

El impacto más significativo, en términos sociales y ambientales, se ha dado en la Región de Los Lagos, que concentra 80% de la producción nacional, cuestión que ha representado una fuente de importantes conflictos. En los últimos 20 años, la región ha sufrido una transición de ser casi inexplotada, poco poblada y con predominio de actividades de subsistencia, hacia un estado de crecimiento acelerado, transformación productiva y tecnológica y orientación exportadora, cuya mayor fuerza impulsora ha sido la industria salmonera.

En términos ambientales, los efectos nocivos son la contaminación del agua, severos cambios en el paisaje, alta depredación y demanda por biomasa pesquera destinada principalmente al alimento de los salmones, además de la sobrecarga del sistema marino productos de las fecas, alimento no ingerido y descomposición de los peces muertos, y a la utilización desmedida y sin control de químicos y antibióticos.

Hoy los ojos de los inversionistas están puestos más al sur, en Aysén, la segunda en importancia a nivel nacional, con 15% de la producción de salmones. La entrada norte de la Patagonia chilena constituye un territorio prístino, una de las regiones menos contaminadas no sólo de Chile sino de todo el planeta, donde sus habitantes han desarrollado y defienden un estilo de vida particular, adaptado a las condiciones climáticas y geográficas y al relativo aislamiento del resto del territorio nacional.

Los habitantes de esta zona han propuesto y defendido el concepto de "Aysén, reserva de vida" como eje central de su desarrollo. Esto, unido a la experiencia de lo ocurrido en Los Lagos representa un urgente llamado a tomar los necesarios resguardos, tanto en términos ambientales como sociales, de manera de impedir que la salmonicultura continúe deteriorando la calidad de vida de las comunidades humanas y depredando importantes ecosistemas naturales en el extremo sur del país.

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