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Jueves 1 de noviembre de 2007
Regenta de prostíbulo, empresaria del sexo, dueña de las casas indecentes más importantes de Estados Unidos, según ella, Nell Kimball no sólo hizo de su profesión u oficio una cosa modélica, también escribió estas memorias que pondrían verde de envidia a un novelista avezado. Lo que ella cuenta es muy ilustrativo. En el reino de la Madame hay sumisión perfecta, pagada, y mentiras necesarias. Allí se hace política, filosofía, negocios. Es la casa verde, el barrio rojo, el viejo club de Toby con hetairas, el lugar sin límite, la nosche.
Kimball nació a fines del siglo XIX, fue prostituta de lujo desde los 14 años, y su libro no muestra el lado oscuro y temible de las biografías de las chicas que ofrece. Porque en él, y desde la tumba, sigue ofreciéndolas. Vendiéndolas. Promoviéndolas.
"No entendía cómo todo el mundo en la calle no me abrazaba y ayudaba después de lo que había pasado", dice cuando se queda en Saint Louie, cerca de Nueva Orleans, sin un peso, perdida en la vida y con lo puesto, cuando su primer novio, un jugador con mala suerte, la abandona. "Entonces hice lo que haría una de cada mil chicas". Bajar el escote y venderse. Intuía en ella misma una vocación de la que se arrepintió poco. Menos que la mayoría de la gente.
William Faulkner, en "Las palmeras salvajes", decía a través de su personaje, que "podía sentir el olor de su propia prostitución literaria", sólo porque estaba escribiendo bajo contrato unas basuras de libros falsos, thrillers, pulps, y en realidad se refería a las propias "Palmeras...", el libro que teníamos entre manos: lo escribió apremiado por sus acreedores y por su editor. Sus libros no eran sellers, eran no-sellers.
García Márquez opinó alguna vez que el mejor lugar para un escritor era un prostíbulo, porque se practica el sexo de noche y se duerme de día, y a alguna hora entre esas actividades, se puede escribir. Era mentira, porque él escribía en su casa, cuidado, y a veces mantenido, por su mujer, pero evocaba el silencio de funeral de las mañanas de prostíbulo de su juventud como un espacio propicio.
Y bueno, el de Madame es un prostíbulo ideal. Agasajada y top en su trabajo, la Madame hizo de su vida una empresa y de su cuerpo una fiesta, y además dejó este libro editado en México, que justificará a empresas mayores como las de Hugh Heffner o Donald Trump, llenará de perplejidad a muchas y hará las delicias de esos voyeristas, esos curiosos, los lectores.
"MEMORIAS DE UNA MADAME AMERICANA"
Nell Kimball
Editorial Sexto Piso
México, 2006
411 páginas