
Jueves 1 de noviembre de 2007
A las 8 de la mañana, Madrid huele a café con leche y churros. Ese 11 de marzo de 2004 también, pero un estruendo acabó de golpe con todos los desayunos. El olor a muerte se instaló esa mañana en la ciudad y en todo el país. ¡Atentado! Los españoles saben bien qué quiere decir eso. ETA los tiene acostumbrados. Pero esto era diferente. La magnitud era otra. Fueron diez bombas simultáneas en los atiborrados trenes de cercanías que mueven a millones de personas de un lado a otro del gran Madrid. Los celulares colapsaron intentando contactar a los parientes, amores, amigos que quizás iban en los trenes. Los ring ring sin respuesta de los teléfonos en los bolsillos de los muertos se mezclaban con los gritos de los heridos en medio del caos y el humo. Ese día toda España se sintió madrileña.
Todavía se escuchaban las sirenas de las ambulancias cruzando la ciudad con más y más heridos que sacaban de entre los hierros retorcidos y de los túneles de la estación de Atocha, cuando algunos comenzaron a dudar que este fuera un atentado de ETA, como decía la versión oficial. "Que raro, esta vez no avisaron" decían. Y es verdad, ETA siempre avisa. Tampoco acostumbra a provocar masacres, matanzas masivas de civiles. Más bien elige a sus víctimas con precisión. Tiro en la nuca, bomba en el auto de alguien concreto, ataque a un cuartel de la Guardia Civil suele ser su estilo. Pasaban las horas y tampoco reivindicaban la autoría como hacen siempre. Y, por último, parecía demasiado grande para ETA. Son fieros, pero no tanto.
Pero esa duda no cabía en la versión oficial del gobierno de derecha del Partido Popular. Es ETA, es ETA, decían los voceros del gobierno. Pero los diarios y agencias extranjeros apuntaban al terrorismo islámico. ¿Por qué en España? Por la colaboración española en la guerra de Irak que se selló en la reunión con George W. Bush y Tony Blair en las islas Azores un año antes. El apoyo incondicional del Presidente José María Aznar, que tuvo con esa decisión su gran protagonismo internacional en la foto con los dos poderosos de verdad, tenía un alto precio. Lo que no sabía era lo caro que le iba a costar. Para empezar le costó el puesto, el prestigio y la posibilidad de la derecha a seguir gobernando. Tres días más tarde perdió las elecciones que hasta ese momento tenía aseguradas. Porque la ira ciudadana no tuvo compasión con él después del atentado. Antes de eso, las encuestas revelaban que más del 90% de los españoles no quería estar en esa guerra y las manifestaciones para que no enviara tropas y para que sacara las manos de Irak habían convertido el centro de Madrid y de otras ciudades en un campo de batalla. No escuchó. Pero lo que precipitó su derrota fue negarse a aceptar lo que era evidente y que ayer ratificó la sentencia del 11 M. No fue ETA, fue el terrorismo islámico.