
Viernes 9 de noviembre de 2007
En Amércia Latina se ha dicho que una mitad no come mientras que la otra no duerme. La mitad que no come es cercana a 40%; es la que vive en la vasta zona de la pobreza. Los que tienen no podrían dormir, acosados por el temor de perder sus bienes a manos de los desposeídos. En lenguaje de la XVII Cumbre Iberoamericana, la atención se encuentra focalizada en esta dramática realidad bajo el elegante eufemismo aspiracional que es la cohesión social.
Nadie discute que la pobreza, que en algunos países alcanza a 70% de la población, es inaceptable. El debate comienza con el diagnóstico sobre las consecuencias y los remedios. La primera discrepancia surge sobre cuál es la reacción de los excluidos. Algunos estiman que las sociedades excluyentes están amenazadas por grandes explosiones sociales. Otros, en cambio, creen que los tiempos han cambiado y que la ausencia de organizaciones sociales lleva a la búsqueda de soluciones individuales antes que colectivas. En efecto, los "que sobran" -que pueden ser la mayoría- tratan de sobrevivir al margen de la sociedad y, muchas veces, fuera de su legalidad. Legiones de trabajadores ocasionales, vendedores callejeros y también delincuentes invaden las ciudades. Estas masas de desposeídos, que no constituyen categorías excluyentes, no son la materia prima para grandes movimientos sociales. Cada cual lucha por subsistir en el anonimato, y al decir de los sociólogos en la anomia, en la ausencia de normas que los atan al resto de la sociedad. Ante la percepción de políticos corruptos, de sectores pudientes absortos en el consumo e indiferentes a los padecimientos ajenos y -lo más grave- frente a la ausencia de vías de escape de la pobreza se buscan soluciones personales. Así, la apropiación de los bienes de otros y las trasgresiones como el narcotráfico se convierten en medios legítimos.
Lo que es definitivamente falso es que los que no comen duermen bien. En las sociedades excluyentes nadie duerme bien. Empezando por los más pobres que son las primeras víctimas de la delincuencia y los comportamientos antisociales. Si hay algo que impide conciliar el sueño es el miedo. Es un sentimiento invasivo, que no conoce barreras y que penetra hasta los espacios más íntimos. Es insoportable y ninguna sociedad lo tolera por mucho tiempo.
Una de las grandes aspiraciones de toda sociedad es la libertad y su expresión política moderna es la democracia. Pero ante la opción entre la democracia y la seguridad, la mitad de los latinoamericanos prefieren dormir tranquilos. Un informe elaborado en 18 países de la región, en 2004, reveló que 48% de los encuestados prefiere el desarrollo económico a la democracia y que la misma proporción apoyaría a un régimen autoritario si éste resuelve los males económicos. El mensaje no puede ser más claro. De hecho, hay ya más de un país donde, con cierto éxito, se aplican restricciones a las libertades a cambio de progreso social.
La XVII Cumbre Iberoamericana no cambiará las cosas. Pero poner en la agenda el tema de la cohesión social es importante. La solución de los problemas comienza por reconocerlos. A la hora de los remedios se abre un renovado aunque eterno debate: el rol del Estado. Están los que creen que la expansión económica, merced a la libertad del mercado, traerá la cura. Otros creen que a la sociedad en su conjunto, mediante el Estado y su capacidad de redistribuir la riqueza, le corresponde incluir a los que faltan para que todos coman y duerman como corresponde.