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  De dolores y alegrías

  Imaginen el calvario de los miles de hombres y mujeres que ven morir a sus hijos cada día. Sea porque no pueden darles alimento, cobijo o protegerlos de las guerras.

Viernes 9 de noviembre de 2007


No existe un grito más doloroso y desgarrador que el de un padre o una madre por la muerte de un hijo. Esa negación, que es al mismo tiempo súplica y reprimenda, pareciera emular todo lo humano y divino que podemos asir: ¡No, Dios, no! Es lo que casi siempre conseguimos articular cuando la desgracia nos arrebata un hijo. Que se vayan nuestros padres duele, aunque pareciera natural. Así solemos pensar, porque es la vida, la ley de la naturaleza. Pero cuando muere un joven o un niño muere la vida.

Imaginen el calvario de los miles de hombres y mujeres que ven morir a sus hijos cada día. Sea porque no pueden darles alimento, cobijo o protegerlos de las guerras, la violencia o las calamidades naturales. En fin, de cualquier clase de circunstancia que signifique peligro. Imaginen las miles y miles de lágrimas que vierten todos los días y a cada segundo las madres, los padres, las hermanas y los hermanos por un joven o niño que se fue. Imaginen los gritos construyendo escaleras hacia el infinito. Imaginen eso o sientan el dolor silencioso de estos millones de hermanos y bendigan la vida, porque, a lo mejor, por ahora, no nos ha tocado tal dolor. Hay que bendecir y bailar sólo por eso. Por estar acá, vivo, y tener a nuestros hijos sanos. Pareciera que no es motivo de ninguna bendición. Pareciera natural. Pero no: lo natural es que los desastres ocurran, los accidentes pasen, la naturaleza se violente, los trabajos o las buenas condiciones no duren siempre. Es lo natural, porque así es la vida: un día sol, al otro lluvia.

Pongamos atención a las pequeñas bendiciones que recibimos y esforcémonos en imaginar cómo nos sentiríamos o reaccionaríamos si realmente perdiéramos a alguien que no podemos recuperar, como la movilidad de nuestros brazos y piernas, la vista, la salud en su perfección o imperfección y a quienes amamos, principalmente a ellos. Pasamos gran parte del tiempo intentando tener una vida mejor; trabajamos, nos esforzamos para conseguir más y más cosas y, a veces, algunos nos olvidamos de lo esencial, que no es invisible a los ojos pero nos cegamos, involuntariamente creo. Y eso no pasa porque imaginamos que si nuestra casa es más grande, o nuestro sueldo se triplica o el colegio es el de moda vamos a ser más felices. No, la verdad es que no hay nada seguro, excepto el amor ya dado, ya entregado. Sólo eso, el cuidado infinito de estar atento a las lágrimas, a los silencios, a los cambios, sólo eso y estar ahí es lo que nadie podrá quitar.

Es cierto que tener un nivel de vida digno nos ayuda a ser más sólidos, pero no es excusa para dejar de ser amorosos, delicados y sobre todo atentos con los nuestros y con los otros. Podremos aún darles a nuestros hijos un piso de amor que, a lo mejor, no evitará perderlos, pero al menos nos ayudará a entender por qué, cómo y para qué estuvimos acá como hijos o padres. Como hijos necesitamos amor, apoyo, cuidado. Como padres tenemos la oportunidad de devolver ese amor, apoyo y cuidado. De nosotros sacan ellos la fuerza para creer en el mañana.

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