
Domingo 11 de noviembre de 2007
"Calle Santa Fe" es una cinta difícil de ver. Duele en muchos de sus pasajes, tiene una melancolía inexplicable y punzantemente física. Sentimos las cavilaciones y la evocación de los recuerdos porque y eso es puro nervio de los buenos documentales traspasa con fuerza la dificultad que significó filmarlo. Esta es la historia de un reencuentro con Chile, con las calles que no están, con la muerte y sus muertos. Carmen Castillo viuda de Miguel Enríquez se despoja, se transparenta y se entrega a una historia inconclusa que se sigue escribiendo.
El 5 de octubre de 1974, en la calle Santa Fe 725, en la comuna de San Miguel, la DINA entra a la fuerza en la casa donde vivían clandestinamente el dirigente del MIR, Carmen Castillo y sus hijos. Allí muere él, de diez balazos, y ella, embarazada, queda herida. Los niños, por suerte, no estaban. Después de eso, exilio en Francia, destierro y el comienzo de esta historia, porque la documentalista deja entrever que desde ese día se abrió una llaga que no se cierra y que la cinta, construida durante estos más de 30 años, intenta cicatrizar, pero que no basta.
En una de las escenas, el hermano de la directora dice: "El problema de seguir es que aquéllos no están". La frase no es azarosa, resume todo el tono de "Calle Santa Fe", la búsqueda de traer al presente los fantasmas, hacer física su ausencia, no como un memorial, sino como la necesidad de recordar a los que siguen vivos, porque, tal como ella misma dice, "la sobrevivencia es la muerte suspendida".
Carmen Castillo toma en "Calle Santa Fe" una postura arrojada, se pone frente y detrás de la cámara, desde ese lugar de juez y parte, captura los testimonios de sus semejantes, compañeros de militancia, personas que también perdieron a los suyos; esa complicidad que sólo otorga el ser parte del mismo dolor, hace que cada palabra y confidencia sean profundamente honestas.
La voz en off, ronca y pausada de Castillo, genera un ambiente de profundo respeto. El recurso, más humano que cinematográfico, dota al documental de un ambiente íntimo. En su recorrido por las calles, por la casa de Santa Fe, en el reencuentro con los antiguos amigos, Castillo no busca explicaciones, no quiere contar la misma historia, sino la propia. La cinta busca esos testimonios que, tal como ella misma expresa, había olvidado que podían existir. Una de las mejores secuencias es justamente la que muestra el encuentro con un antiguo vecino, el que cuando fueron atacados por los agentes de la DINA llamó a una ambulancia para que la rescataran; "era lo que había que hacer", dice, y ese gesto humano le devuelve la vida nuevamente, tal como lo hizo en el 74. No hay rabia, nadie podrá achacarle que esta historia quiere reabrir debates, es una historia personal y universal, incluso en sus contradicciones. "Calle Santa Fe" es valiente, tanto por sus relatos como por su honestidad, sin condescendencias. Es desgarradora y humana.