
Miércoles 14 de noviembre de 2007
La movida Cumbre tuvo el mérito de romper la inercia de este tipo de reuniones, en que los jefes de Estado y Gobierno hacen vida social y diplomática inocua. Los responsables no fueron sólo Hugo Chávez y Daniel Ortega, por un lado, y el Rey de España y el Presidente Rodríguez Zapatero, por el otro; también el matrimonio presidencial argentino y el Mandatario uruguayo. Aunque fueron Juan Carlos y el exuberante líder bolivariano quienes capturaron el interés de los medios y los internautas, no dejaron de ser sugerentes otras imágenes, sólo en apariencia "faranduleras": los Kirchner con sus faltas al protocolo y abjurando del abrazo con Tabaré Vázquez, y la de Evo Morales prefiriendo una "pichanga" al rígido protocolo de la cena en La Moneda. El Presidente de Bolivia dio lecciones una vez más de suprema diplomacia, al reservar la cuestión marítima para las bilaterales y no ufanarse de la goleada a los chilenos.
En el ámbito de la antidiplomacia quizás sacó nota máxima el gobernante argentino, por su falta de resultados, y no el venezolano. Porque aquél no manejó el conflicto por la papelera del río Uruguay y accedió a una mediación del Monarca español sin prestar colaboración. Esto impelió a su contradictor a poner en funcionamiento la planta. Por lo menos Chávez persistió en su entendimiento con el Presidente de Colombia en pos de un plan de concesiones mutuas con las FARC.
Perdido entre los 22 protagonistas, Lula no pareció dispuesto a ejercer liderazgo, pese a los reclamos de quienes invocan el peso de Brasil. La Presidenta Bachelet se esforzó por vocear logros: previsión social a los migrantes y recursos para el saneamiento rural. En un primer momento se presentó como inédito el "retiro" para debatir sobre la deuda social a la que aludió en el discurso inaugural, pero allí se incubó el germen de lo que vendría. En la pública sesión de clausura, Rodríguez Zapatero quiso rechazar los ataques a su antecesor por Chávez en el cónclave. Toda la carga de la historia contemporánea española estalló. La crispación interna entre socialistas y opositores derechistas ha alcanzado en los últimos meses puntos álgidos, como ocurrió en algunos momentos del Gobierno de Felipe González, pero "el espíritu de La Moncloa" cruza las fronteras cuando se ataca a los suscriptores del pacto firmado en esa sede de Gobierno. Aznar rechaza el epíteto de "fascista" diciendo que no es "nieto del franquismo", sino "hijo de la democracia". Juan Carlos fue ahijado político de Franco y preparado por él para que le sucediera en la jefatura del Estado. Pero el Rey se convirtió en puntal de la vuelta a la democracia y decidido defensor de ella cuando el "tejerazo" intentó voltearla. Los socialistas no sólo administran por décadas una economía neoliberal, sino que han replegado sus banderas republicanas, convirtiéndose en sostenedores de la monarquía constitucional borbónica.
Todas estas confluencias están detrás del "¡Por qué no te callas!" espetado por el Rey a Chávez. Más atávicamente están los siglos de colonialismo y en el presente ciertas prácticas de las empresas hispanas que reconquistaron América y que numerosos trabajadores, usuarios, políticos y economistas rechazan. Si a esto se suma el arrasante protagonismo del Mandatario venezolano se llega a un cóctel explosivo. Hasta ahora, el chavismo no ha dañado las relaciones en la región, pese a que su líder muestra capacidad inagotable para pelearse con sus pares (y también para reconciliarse: recuérdense García y Lagos).
Si el Rey está apesadumbrado aunque no arrepentido por su entredicho -como reporta la prensa madrileña-, tal vez el Presidente Zapatero -así le dicen sus connacionales- tiene motivos para pensar que el episodio sirva de pretexto a Chávez para abrir un flanco de lucha con la antigua metrópoli. Y sin contar con un alineamiento interno, porque el PP ha redoblado sus críticas a la política exterior. Se reproduce en España lo que le pasa a varios gobiernos americanos de corte social demócrata, que no quieren pelear con Caracas, aunque se sientan distantes. En Chile, la Presidenta ha sacado las castañas con la mano de su canciller, quien no sólo solidarizó con Juan Carlos, Zapatero y Aznar, sino que contrastó los "atajos seudorrevolucionarios" en la región con la "transformación social" lograda democráticamente aquí.
Esto es lo que está en debate. Lo demás es cuestión de estilo. Y ni siquiera tan novedoso, porque lo de Chávez reproduce la actitud del líder soviético Nikita Jruschov en los 60, cuando se sacó los zapatos en la Asamblea de la ONU para golpearlos en su pupitre en son de protesta.