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  Chuña de mártires nubla el cielo de Roma

  ¿Habrá que pensar hoy que la Iglesia, vía beatificación, agradece el favor concedido? De ser así, bien podría ocurrir que en la Roma actual, los beatos no dejen ver el cielo.

Miércoles 14 de noviembre de 2007

El 29 de octubre de este año, el Papa Benedicto XVI beatificó a un total de 498 religiosos y laicos muertos en la época de la Guerra Civil Española (1936-39). Constituyó un acto de masas, no tanto por la relativa multitud que asistió a presenciarlo a la Plaza de San Pedro como por la inédita abundancia de los proclamados: literalmente, "la más masiva en la historia de la Iglesia Católica".

Récord, aun en una era de récordes.

El Papa explicó -por así decirlo- que la copiosa hueste de beneficiarios se componía de "hombres y mujeres de diferentes edades y diferentes oficios, que pagaron con la vida su lealtad a Cristo y a su Iglesia". Para él, ese acto es "un mensaje hacia la reconciliación en España", agregó.

Entre los españoles, por supuesto, hubo muchos que no lo vieron tan de un solo color y sin matices. Es que ellos sí saben de su guerra civil. Pocos ignoran, desde luego, que una de las banderas que con mayor brío ha hecho ondear la propaganda franquista es, desde un comienzo, la caracterización de sus muertos como los únicos "caídos por Dios y por España". El apoyo de sacerdotes y obispos con ideas políticas de derecha fue de gran utilidad para estos fines.

Un claro ejemplo es Fray Justo Pérez de Urbel, que se contó entre los primeros en aclamar como "cruzada" a la rebelión franquista, y garantizó que sus "caídos" tenían segura nada menos que la vida eterna, "porque más pura es la actitud de estos valientes que la de los cruzados de tiempos medievales"... "nosotros no luchamos sólo por rescatar el sepulcro material de Cristo; queremos hacer reinar a Cristo en las almas de millones de españoles"... "rescatar a España para Dios".

Desde 1987 ha habido cientos de beatificaciones (se teme que alcancen a las diez mil). Extrañamente, entre esos beatos no aparecía -por lo menos hasta hace corto tiempo- "ninguno de los cristianos fusilados por el bando rebelde". Tan unilateral beatitud dejó escéptico al general Millán Astray, franquista acérrimo, quien juzgó más equitativo que la prebenda no beneficiase por lo menos "a uno tan pecador como yo". En respuesta, Fray Justo se apresuró a proponerle: "Confiésese y le doy indulgencia plenaria".

En julio de 1938, Franco sostuvo que sus mártires eran 400 mil, y ordenó investigar los crímenes contra creyentes, siempre que hubieran ocurrido "en la zona roja". Lo decepcionó que sus agentes hallaran apenas 85 mil. Mientras, Pío XII detuvo un plan de canonización en masa de mártires franquistas. Juan XXIII y Pablo VI también. Juan Pablo II dio su luz verde.

Una proclamación tan espectacularmente general pide particularizar ciertos puntos.

En abril de 1990, el Papa beatificó a "nueve mártires de Turón" muertos en 1934 (dos años antes de empezar la guerra civil). Algunos vehementes achacaron aquel crimen a una persecución cuya culpa hacían recaer en la República. Las ejecuciones, no obstante, tuvieron por objeto castigar a sublevados contra el régimen republicano. La represión, que "alcanzó extrema dureza", estuvo a cargo del general Francisco Franco.

"Y continuaron las beatificaciones en cascada" -dice el historiador catalán Hilari Raguer-. "El 25 de octubre de 1992, Juan Pablo II invistió a 71 hermanos hospitalarios, junto con 51 claretianos...". "...el 10 de octubre del 93 les tocó a los obispos de Almería y Guadix y a siete hermanos de las Escuelas Cristianas. En 1999, a diez que habían muerto antes de empezar la guerra civil. Sigue Raguer: "Así se consuma la intencionada unificación de las víctimas del 34" (todas anteriores a la era franquista) "con las del 36, bajo el título de víctimas de la República".

Ratifica aquella provechosa vinculación franquismo-Iglesia la voz de Anselmo Polanco, obispo de Teruel, beatificado a su vez en 1995. Días antes de las elecciones de febrero de 1936, incitó a votar por la derecha que, certificó, encarnaba "la causa de Dios y de España. Luchan de un lado los defensores de la religión, la propiedad y la familia, y del otro los representantes de la impiedad, el marxismo y el amor libre. Son las dos ciudades enemigas de que habla San Agustín: los bandos opuestos del bien y del mal. Acudamos al campo de batalla a ocupar el puesto que nos corresponde. Dios lo quiere; la Iglesia y la Patria lo reclaman".

¿Habrá que pensar hoy que la Iglesia, vía beatificación, agradece el favor concedido? De ser así, bien podría ocurrir que en la Roma actual, los beatos no dejen ver el cielo.

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