
Jueves 22 de noviembre de 2007
Nada se parece más a un muerto que otro muerto. Perogrullo habría tenido esta afirmación entre sus favoritas. Los muertos podrán, eventualmente, ser diferenciados por la enfermedad que los condujo a su última condición, o los costos de las exequias o el grado de recuerdo u olvido que dejan. Pero, vueltas más o vueltas menos, y como decía Jorge Manrique sobre la muerte, "allegados, son iguales, los que viven por sus manos y los ricos".
Pero esta lógica, tan lógica, sufre sorprendentes giros y es sometida a la más curiosa de las inversiones merced a esotéricos procedimientos de ilusionismo y prestidigitación en el mundo de la política internacional. Sólo así puede entenderse el disímil tratamiento a que son sometidos unos muertos y otros. Debe aclararse que se trata de grandes números, de cantidades que sobrepasan cualquier aritmética habitual. En este ámbito, las cifras se elevan a millones. Millones los del holocausto, millones los del archipiélago Gulag en la Unión Soviética, millones los de los gobiernos revolucionarios del sudeste asiático, millones los palestinos, millones los de Uganda, Ruanda y Zambia. El hecho es que mientras ciertos genocidios son permanentemente recordados y mantenidos en la memoria actual, otras matanzas igual o más espantosas yacen en el más profundo de los olvidos. Pienso, por ejemplo, en las víctimas de la era de Stalin. Carece de sentido entrar en la disputa de las cifras exactas. Números más o menos, son millones de personas tragadas por un meticuloso sistema de encierro y ejecución, tratamientos siquiátricos y persecuciones étnicas, arremetidas fóbicas contra homosexuales, intelectuales, campesinos o artistas. La espiral del desquicio llegó a tal grado que infectó incluso a los propios administradores; en la cúspide de la maquinaria, todos sospechaban de todos, y los jerarcas que lograban mantenerse por algún tiempo en el poder no dejaban pasar la ocasión de organizar fusilamientos para los que habían sido cercanos colaboradores. El novelista suizo Friedrich Dürrenmatt describe esa paranoia en un cuento simplemente delirante, denominado "La caída".
¿Cuál es la razón de que se halla tejido un manto de olvido sobre el sacrificio de tantos? De seguro, una variable a considerar es el perfil ideológico de ese genocidio; ocurrió, geográficamente, en la ahora desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y en el nombre de Marx. Las genuflexiones de entonces ofrecidas por las izquierdas del mundo sólo pueden compararse a la súbita, escandalosa y polifacética mimetización que terminaron por exhibir. Así, recordar el horror de la era de Stalin es de mal gusto, un despropósito que no comprende las necesidades históricas. De este modo, millones de sacrificados al ideal de la sociedad sin clases representan una cantidad ínfima en la aritmética política de los renovados posteriores a la caída del muro. Sólo algún atisbo menor de consistencia genera la necesidad del silencio. Más vale callar. Y sólo de vez en cuando, y a propósito de los genocidios de los regímenes comunistas del sudeste asiático -después de la retirada estadounidense- algunos intelectuales despistados como Chomsky se atreven a elaborar argumentaciones justificatorias.
Recuerdo una pequeñísima masacre en Polonia, con ocasión de una huelga de Solidaridad. La policía socialista dispara contra los manifestantes. Muere una decena, o algo así, cifra insignificante en la lógica política de los grandes números. La explicación oficial indicaba que los caídos eran provocadores, porque la policía no disparaba contra obreros. La única posibilidad de admitir esa explicación era que la policía polaca poseía balas inteligentes, capaces de desviarse de su trayectoria inicial para alcanzar sólo a los provocadores; una especie sofística idéntica a aquella que calificaba la existencia de los campos soviéticos de concentración como invención del imperialismo.
Así, pues, parece que hay muchísimos muertos que más vale olvidar. Así como hay muchísimos otros que hay que recordar siempre. Como si unos fueran más importantes que otros, como si un millón no fuera lo mismo que un millón. Si Perogrullo se apareciera y proclamara la equivalencia de todos los muertos por su condición, sería acusado de provocador y sumado a la larga lista de los sacrificados que no tienen la menor importancia.