
Sábado 24 de noviembre de 2007
Radek Sikorski plantó un letrero frente a su propiedad cerca de la ciudad de Bydgoszcz. En él se lee "Zona Des-comunizada". Han pasado 16 años desde el colapso del boque soviético, pero un rompimiento tan claro con el pasado socialista del país sigue siendo una credencial importante para un político polaco.
Pero Sikorski, de 44 años de edad, también cuenta con otros elementos en sus credenciales políticas. Ocurre que además usa trajes elegantes y posee un agudo ingenio, para no mencionar que habla el inglés casi tan bien como el polaco.
Jaroslaw Kaczynski (recientemente derrotado como Primer Ministro), reconoció el talento político de Sikorski y lo nombró ministro de Defensa. Pero tuvieron disputas personales, Sikorski renunció y luego se unió a la Plataforma Cívica de Donald Tusk, que ganó la elección parlamentaria de octubre. El 16 de noviembre, Sikorski obtuvo finalmente el puesto de sus sueños. Es el nuevo ministro de Relaciones Exteriores del país.
Pero Tusk heredó del anterior gobierno mucho más que un nuevo y brillante ministro de Exteriores. Su antecesor le dejó también un conjunto de problemas de política exterior, cuya solución requerirá extrema delicadeza.
Las relaciones históricamente difíciles entre Varsovia y Berlín están peor que nunca. En la Unión Europea los polacos son considerados como generadores de problemas y egoístas nacionalistas. Una disputa en torno de las importaciones de alimentos y de los planes de Estados Unidos para estacionar misiles en territorio polaco han prácticamente roto los vínculos de Polonia con Moscú.
"Sincero, pero firme"
"Kaczynski creía en la obstrucción y en que podía lograr sus metas golpeando la mesa con el puño", dice en Berlín Kai-Olaf Lang, un experto en asuntos polacos. Tusk, en tanto, ha dejado en claro que está abierto al diálogo, que quiere conversar con sus vecinos y su enfoque será "sincero, pero firme".
Pese al placer apenas disimulado que le produce que al menos uno de los mellizos Kaczynski esté ahora fuera del gobierno (Lech Kaczynski sigue siendo el Presidente de Polonia), las autoridades alemanas no pueden todavía respirar tranquilas, ni tampoco esperar un regreso a la relación armoniosa que existió entre los dos países en la década de 1990.
Una nueva Polonia, más conciliadora, todavía no ha tomado forma. "La verdad es que, si bien los Kaczynskis amplificaron los problemas, no los crearon", dice Lang. Fue un gobierno izquierdista en Varsovia el que llevó a Europa al borde de una fractura cuando, en 2003, se alineó con Estados Unidos en la guerra de Irak sin siquiera llamar por teléfono a sus socios de la Unión Europea (UE).
De hecho, fue la Plataforma Cívica -ahora en el poder- la que inventó el eslógan "Niza o Muerte" en 2003. Fue esa actitud (que buscaba torpedear la constitución de la UE a favor de la distribución de votación contemplada en el tratado de Niza de 2003) la que dio aviso de la testarudez polaca cuando llegó el momento de negociar un nuevo tratado de la UE este año.
La controversia alemana
Cuando se trata del controversial tema de las políticas de Polonia hacia Alemania, los partidarios de Tusk y el partido de la Ley y la Justicia de los Kaczinski sostienen puntos de vista más bien similares. La nueva administración es tan opuesta a la decisión alemana de unirse a Rusia en el trazado de un gasoducto a través del mar Báltico como lo era el anterior gobierno.
A los políticos hoy en el poder en Varsovia también les indignan las demandas legales presentadas por alemanes desplazados durante la segunda guerra mundial para que se les restituyan las propiedades que perdieron en 1945. El gobierno alemán se ha distanciado todo lo posible de esas demandas. Pero su respaldo a un sitio memorial dedicado a los 14 millones de alemanes desplazados después de esa guerra ha sido casi tan controversial en los últimos años.
La creación de un "símbolo visible" para los expulsados está escrita en el acuerdo de coalición de Angela Merkel con los social-demócratas, pero el anuncio de Merkel de preparativos para ese memorial, inmediatamente después de la elección de Tusk no demostró mucho tacto. Sobre todo cuando en el proyecto se ha impuesto una importante participación para Erika Steinbach, líder de los expulsados alemanes. Buscando una manera de mejorar la relación polaco-alemana, el Gobierno de Tusk hizo saber que estaría dispuesto a negociar con Berlín alguna forma de cooperación polaca en el memorial con la condición de que Erika Steinbach no tenga nada que ver con él.
Queda por verse si el ministro de Relaciones Exteriores Sikorski es el hombre preciso para suavizar las relaciones germano-polacas. Ya puso en su contra al público alemán cuando comparó el gasoducto ruso-alemán del Báltico con el pacto entre la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin, que abrió el camino para que los dos países se repartieran entre ellos una Polonia indefensa.
Los hermanos Kaczynski se negaron obstinadamente a las ofertas alemanas de conectar a Polonia al gasoducto y Tusk espera que el proyecto termine siendo demasiado caro para sus operadores Gazprom, BASF y Eon, y muera de muerte natural.
Por el momento, Tusk es un Primer Ministro con una débil imagen. Según encuestas, una mayoría de polacos cree que seguirá una "política exterior obsecuente". El clima político doméstico podría volverse rápido en su contra. Los alemanes han acordado no tomar nuevas decisiones sobre el memorial a los expulsados sin primero consultar con Tusk.
Vecino tirante y aliado incómodo
Las relaciones de Polonia con su vecino oriental siguen igualmente tirantes. Perturba a Moscú la disponibilidad de Varsovia para permitir a Estados Unidos instalar sus misiles en suelo polaco. Para manifestar su desagrado, el Kremlin se las arregló para encontrar las excusas suficientes para cerrar sus fronteras a los productos alimenticios de Polonia hace dos años.
Los hermanos Kaczynski ampliaron esta disputa a un problema europeo, insistiendo en que vetarían la nueva versión de una asociación de la UE con Rusia hasta que Moscú levantara el bloqueo.
La administración Tusk parece estar tomando una posición más moderada. El Primer Ministro levantará probablemente el veto de su antecesor para mejorar la reputación de su país en Bruselas. Pero necesitará primero un gesto conciliatorio de Rusia si espera evitar perder cara al inicio de su período en el cargo.
En todo caso, el programa de defensa anti-misilística de Estados Unidos ofrece poco a Tusk en cuanto a material de negociación, pues la nueva administración también está empeñada en permitir que se estacionen las armas de alta tecnología en Polonia.
Sin embargo, Polonia se convertirá en un aliado incómodo para Estados Unidos. El ministro de Exteriores Sikorski, que trabajó alguna vez en el neoconservador American Enterprise Institute en Washington y está casado con la periodista adoradora de Bush Anne Applebaum, ya está haciendo exigencias. Quiere que Washington dé a los polacos algo a cambio por su compromiso con los estadounidenses. Cuando era ministro de Defensa, Sikorski pidió a Estados Unidos mil millones de dólares en ayuda militar.
Teme también que los misiles estacionados en Polonia pueden convertir al país en un blanco de ataques por parte de Estados parias. Además, el nuevo gobierno prometió a sus compatriotas que retiraría a los 900 soldados que quedan en Irak. Los sondeos han mostrado reiteradamente que la mayoría de los polacos son altamente críticos de la misión de sus soldados en ese país.
Es probable que este escepticismo haya crecido en los últimos días, después de que un fiscal militar de Poznan presentó cargos contra siete soldados polacos a los que se acusaba de haber disparado contra civiles desarmados durante su despliegue en Afganistán. En el incidente murieron seis personas, incluyendo mujeres y niños. La noción de que soldados polacos puedan haber cometido crímenes de guerra es insostenible en una nación que ha sido la víctima de la guerra con demasiada frecuencia en su historia.