
Sábado 24 de noviembre de 2007
Tropical y anglosajona, sofisticada y pícara, más próxima de Caracas, Bogotá o Madrid que de Nueva York, Miami -a unos 150 kilómetros de Cuba- es una ciudad expectante desde que en julio del 2006 Fidel Castro enfermó y cedió el poder a su hermano Raúl tras casi medio siglo dictando el destino de la isla.
La capital del exilio cubano aguarda dividida la muerte del comandante y en medio de un relevo generacional que amenaza la hegemonía de los partidarios de la línea dura contra el régimen.
En los puntos de encuentro de los veteranos de exilio se oye la voz de los defensores acérrimos del embargo (llamado bloqueo por La Habana) comercial, económico y financiero impuesto por Estados Unidos sobre Cuba el 7 de febrero de 1962 con el objetivo de presionar al Gobierno cubano.
Es la voz de quienes más influyen en el Presidente estadounidense George W Bush.
El mandatario estadounidense, que en octubre sugirió que prefería la libertad a la estabilidad para la isla. "El discurso fue muy bueno, como cuando en su tiempo el Presidente (Ronald) Reagan le dijo al líder ruso Mijail Gorbachov que derrumbase el muro de Berlín", dice presentadora radial Ninoska Pérez Castellón, cabeza visible de este sector.
Pero otro exilio emerge con fuerza. Según una encuesta publicada en hace unos meses, los partidarios de aliviar las restricciones a los viajes y al envío de remesas a la isla impuestas en el 2004 -no así el embargo- son mayoría entre los cubano-americanos. Desde 1990, han llegado a Estados Unidos cerca de 400 mil cubanos. Casi tantos como los llegados antes de 1980, que son los más asentados y tienen más influencia económica y mediática.
"Mucha retórica y poco pragmatismo", dice, en una terraza de Miami Beach, Joe García, presidente del Partido Demócrata en el condado de Miami-Dade, para referirse al sector más cerrado al diálogo. García -nacido en Estados Unidos, hijo de exiliados- está convencido de que los aperturistas ganan terreno.
Su nombre suena como uno de los candidatos para disputar en el 2008 un escaño en el Congreso a uno de los hermanos Díaz-Balart, republicanos y herederos de una dinastía cubana emparentada con Castro.
"Hay que fomentar la sociedad civil -afirma García- y esto empieza con el contacto entre las familias". La decisión de Estados Unidos en el 2004 de limitar los viajes a uno cada tres años puede contribuir, según el político demócrata, a alejar del sector más reacio al diálogo a los exiliados de las últimas hornadas, muchos de los cuales son refugiados más económicos que políticos y tienen familia en Cuba.
"Metieron la pata" al restringir las visitas familiares, opina la periodista estadounidense Ann Louise Bardach, autora del ensayo Cuba confidential. Gran parte de los exiliados de las primeras olas ya no tiene familiares en la isla, lo que tal vez explicaría el menor interés en permitir las visitas.
"Mi única pregunta es ¿quiénes son los representantes de la comunidad en Washington?", dice Ninoska Pérez Castellón, del Consejo para la Libertad de Cuba, escisión de la Fundación Nacional Cubano-Americana, omnipotente hasta la muerte, hace diez años, de su líder, Jorge Mas Canosa.
"Si me dicen que el exilio ha cambiado, yo respondo que se sigue votando a los partidarios de las sanciones", advierte Pérez Castellón, que dejó Cuba a los ocho años, seis meses después de la revolución.
Las elecciones legislativas del 2008 pueden ser clave para calibrar los apoyos de cada facción. A ello hay que añadir las elecciones a la Casa Blanca, que, según la mayoría de las personas consultadas en Miami, implicarán que se suavicen las restricciones, sobre todo si gana un demócrata.