
Domingo 25 de noviembre de 2007
Conversar con Pablo Alejandro Villegas Corona (35) es tan complicado como hablarle al dentista en plena faena. Sobre todo si el entrevistado no deja de bailar en todo el rato. Hace dos meses que el bailarín anónimo del bandejón de la Alameda a la altura de Estación Central no se aparecía por acá y sus conocidos lo extrañaban.
Gente que lo ubica, lo cuida y lo quiere, pero que no sabe nada de él.
Hay taxistas que lo han visto bailando en ferias de Pudahuel, otros dicen que vive con un hermano convicto en Renca. Que es rubio y que el sol de años a la intemperie lo tiene morocho. Lo cierto es que de su cuello cuelga una cadenita con su nombre, es hincha del Colo Colo y porta una cédula de identidad vencida. Desde las nueve de la mañana baila sin parar, salvo para mojarse la cabeza o comerse un pincho country en el Doggy s de Chacabuco (un completo, papas fritas, salchichas y un helado de crema por $ 1.990). Las chicas del local dicen que no agrega las empanaditas más $ 250. Su negocio consiste en bailar y recibir monedas, felicitaciones y palmadas en la espalda de los paseantes.
EL PAPA CON AGUA
Frente a Pablito, pero a la sombra, un vendedor de números del Kino se rasca la cabeza y no recuerda si el bailarín estaba acá hace 12 años cuando empezó a vender la lotería. "Estoy casi seguro que lleva más que yo acá, no sé. Pareciera que la música se la imagina, porque él no habla y no escucha. Está todo el tiempo ahí, con el medio solcito. Parece que le va bien. Él se gana ahí y los taxistas le dan sus monedas, los choferes que pasan por ese lado de la calle", asegura.
Frente al paseo Meiggs un furgón policial corretea a un grupo de vendedores ambulantes que pasan detrás de él, pero al street dancer poco le importa. Sigue bailando como un reggaetonero de 15 años. Hoy anda de sport, el resto de la semana viste una camisa blanca arremangada, unos jeans y zapatillas cómodas. Está haciendo el clásico paso del extinto Axé. Ése en que el codo rasca el costado y un pie aplana el suelo como matando baratas. Pablo no deja de sonreírle a la gente y cada cierto rato estira un brazo para saludar a quienes lo miran desde la vitrina del bus. El sol del sábado más caluroso del año corona su mejilla con una gota de sudor gruesa como un dedo.
A ratos emite un grito que suena a niño de sala cuna. Por eso la gente lo identifica como su onomatopeya: el "Papa con agua". Quienes conocen su nombre son sus más cercanos en el barrio. Cada mañana, Pablo saluda a las señoras Mónica y Karina, sus chicas de la disquería La Vitrola. Les informa con gestos de clown cómo estuvo su fin de semana. "El Pablo emite un sonido así como un grito y así comunica si está alegre o enojado. Se enoja por ejemplo cuando le va mal con las monedas o los escolares lo molestan. Viene al local a buscar agüita o a mojarse la cabeza. Nos hace un gesto así como un mimo, pero a veces yo lo encuentro más eficaz que un mimo porque se da a entender súper bien", asegura la señora Mónica.
Karina agrega que tiene sus sospechas sobre la capacidad auditiva de Pablo. Él les ha contado que tiene algunas bandas favoritas y hasta ha comprado discos de la Sonora Alegría o rancheras en general, que le gustan harto y regatea poniendo hileras de monedas de $ 100 sobre la mesa.
"Él tiene un estilo de baile que no siempre es el mismo paso. A veces te hace la chuchuca ahí, entre medio de uno de cumbia o algo más tropical", señala Karina. Entre gestos hace entender que vive con su mamá, que besó a alguna muchac
ha el fin de semana, que se encuentra gordo, que fue a las ramás pal 18, que estuvo de cumpleaños o que el sol está muy fuerte afuera. Luego, posa ambas manos en los parlantes del local, siente las vibraciones que lo van a acompañar todo el día como un oso de circo y se va bailando a su puesto de trabajo.
NO SON HORAS DE LLEGAR
Villegas vive en la población María José de Quinta Normal, junto a su mamá y un hermano. Sus vecinos explican que se ha ausentado de su lugar de baile porque le habían dado por muerto después de que delincuentes lo apuñalaran por ser testigo de un asalto en la población. Asiste desde pequeño a la parroquia de San Vicente Pallotti, cerca de Carrascal, donde es conocido por todos los feligreses. Uno de ellos es la señora Angélica, que recuerda verlo desde niño en la iglesia.
"No molesta a nadie, pero a veces tenían que sacarlo de la misa porque pegaba su grito en pleno sermón y se ponía a bailar en medio del acto. Se afirmaba de los pilares de la iglesia para saber cuándo empezábamos a cantar y se ponía a hacer su gritito mirando al guitarrista", recuerda. La congregación, encabezada entonces por el padre Humberto, le regaló un audífono que no usó mucho tiempo. Él prefiere la calle y la danza. Ahora se pone en la puerta de la iglesia para apurar a los que se atrasan: con un dedo en el reloj y una mirada de reprobación, Pablo se encarga de que los fieles se ganen el cielo. Quienes le tiren una moneda desde la ventanilla del bus ya estarán al otro lado.