
Domingo 25 de noviembre de 2007
No digamos que nos ilusionamos al ver un equipo chileno correr como jamás ha corrido, no contemos que nos emocionamos en el partido del Centenario, no dejemos huella de nuestra emoción al ver resurgir al Matador de las cenizas, no dejemos que nadie se entere como creímos y todavía, en el fondo, creemos un poquito, un último resto, en la nueva era Bielsa, no le contemos a nadie que éramos devotos de un equipo nuevo aunque fuera livianito, aunque los jugadores estuvieran fuera de puesto, aunque fuera evidente y clarísimo que no teníamos plantel para soportar ese esquema, ni por nada nombremos la palabra "esquema", quedémonos callados a la hora de contar cómo nos imaginábamos encaramados en la tabla de posiciones, poco menos que invencibles en el Estadio Nacional, ni locos digamos que armamos un asado o que nos metimos a la cama contentos o que fuimos a comprar cerveza y ya no quedaba nada en la botillería y mi mujer volvió con una cerveza negra, lo último en los estantes, y quizás por eso nos fue mal, porque la cerveza era negra y debió ser rubia, así de azarosa es la mente, qué otra explicación cabe; no hablemos de cómo nos emocionó un primer tiempo sin tiros al arco pero moviéndose de un lado a otro atacando la fortaleza paraguaya, no digamos la palabra paraguayo ni paraguaya, no relatemos los encuentros ni las llamadas telefónicas ni menos las apuestas que todos las perdimos a favor o en contra, no dejemos que se nos salga una palabra sobre la sorpresa y el estupor de mirar un gol de pichanga, una defensa de mantequilla, un cabeceador de último minuto, no le digamos a nadie que se nos hizo un nudo en el estómago, que ya estaba bueno de perder, de ser los malos para la pelota, que hasta cuándo perder y cómo es posible perder así, ni una sola palabra sobre la fantasía de los cambios que pudieron ser maravillosos, un segundo tiempo sobrecogedor, la garra que nunca tuvimos, esa falla defensiva, ese gol legítimo que le anulan a los contrarios, no los nombremos, ese gol que ya era sobra, era regodeo, era exceso, no comentemos nuestro eterno malestar, nuestro temblor de área, nuestro pánico a no ver de dónde ni cómo vamos a volver a ir a un Mundial, no nos pongamos a hacer recuerdos de la última vez que cada vez pasa más tiempo y pasa peor, que es lo malo, no importaría nada perder pero viendo cómo y cuándo se podría dejar de vivirlo, no digamos que lo sabíamos porque no es cierto, ni digamos que nos sorprendieron, que es la pura verdad, que nos han dejado turulatos, que no sabemos qué decir, que no tenemos otro tema, que estamos más terremoteados que nortinos, que tenemos un puño en el pecho, que queremos cambiarnos de acera, que nos vuelven las compensaciones de siempre, que la poesía, que quizás el tenis, esa sensación agotadora de ser ineptos, sin gracia, sin talento; mejor no hablemos de fútbol.
* Director de la carrera de Literatura de la Universidad Finis Terrae.