
Domingo 25 de noviembre de 2007
El grupo de chilenos perdidos en alguna ruta tapatía no podía más de cansado, caminar y caminar y no se veía ni un taxi, pasaban soplados los autos lujosos de los habitantes de ese barrio de mansiones ricachas semejando templos egipcios, columnas, mármoles ruinosos, mansiones hollywoodenses a la luz de la luna azteca. Otro México de piel güera y sirvientes morochos era el paisaje donde rumbeábamos la noche el lote chiloco a la deriva.
A la distancia, las cúpulas doradas de la ciudad revelaban un pasado glorioso encumbrado en la mística colonizadora de las iglesias. El Álvaro Henríquez trataba de silbar "Vuelvo", de Illapu, en ritmo de tango, cuando por fin aparecieron los taxis que nos levantaron de ahí. Las ventanas del auto tenían barrotes de seguridad. Llévenos a algún lugar abierto, dijo el Claudio Parra, de Los Jaivas, con la lengua reseca. Y después de vueltas y vueltas por las avenidas solitarias, lo único abierto a esa hora era un desierto salón de baile donde rezongaban las trompetas un calipso retumbón. Dos parejas se amasaban en la pista de baldosas negras y blancas, algunos parroquianos bebían sin mirarnos, y el resto del enorme local estaba vacío, poblado de mesas que los chilenos ansiosos de carrete ocupamos con ansiedad. Por fin un tequila, dos tequilas, tres , y vamos a bailar con esta media orquesta, dijo el Titae sin darse cuenta que sólo éramos dos mujeres las disponibles para el dancing. Tendremos que hacer de copetineras, le dije a la Morgana Rodríguez, que tomándose un golpeado saltó a la pista sacudiendo el escote. El Titae movía los pies bajo la mesa y, a una seña caballerosa, yo salí al dancing peinándome con el que dirán.
Esa noche con la Morgana tuvimos que ir de brazo en brazo, de Los Tres al Illapu, y del Illapu a Los Jaivas, para satisfacer la pachanga cumbiera. El Álvaro Henríquez se había quedado mudo, miraba los murales con palmeras kitch del local escuchando con nostalgia a la orquesta timbaleando una pena. ¿Quieres bailar?, le dije estirándole la garra travesti. No bailo, además estoy cansado, me contestó bostezando, como si ese largo tour no hubiera sido por su culpa. Eres un machista, le enrostré con enfado y salí campante a cumbiar un ritmo con un Jaiva al ruedo. En realidad ya no me dolían los pies después de la caminata y al parecer el calorcillo del cabaret me había dado alas. Los chilenos a veces son así, pensé moviendo el traste al son del bongo y las maracas. Ellos, cuando están fuera se las dan de súper ultra progre sólo cuando hay público o periodistas. Pero allí, en aquella perdida cantina fronteriza, no había público rockero. Sólo unos cuantos mexicanos curados que no nos daban pelota. Pero retumbaba la orquesta su mejor diapasón. La Morgana tenía las tetas transpirando cuando, agotada como mula de circo, se sentó diciéndome: no puedo más, anda, te toca a ti. Y como si tuviera un pelo azabache del mismo largo de una imaginaria minifalda putinga, apreté los cachetes y, persignándome, salí al ruedo a bailar.