
Domingo 25 de noviembre de 2007
La confrontación entre Gobierno y oposición por el asunto del Transantiago no fue el punto final de lo que se ha llamado pacto social. Por el contrario, tornó más evidente su imperiosidad. Por consiguiente, es conveniente evaluar la dinámica que ha seguido hasta ahora. Pero para hacer bien ese ejercicio hay que tener en cuenta que, en rigor, no se está en presencia de un pacto social: no hay fuerzas sociales participando en él y esa es la clave de un pacto social. Lo que ha operado son interlocuciones y acuerdos políticos y político-legislativos. En ese sentido, la pregunta que cabe, en cruda lógica política, es: ¿quién ha ganado o perdido más con las negociaciones?
La mayor positividad del pacto social se encuentra en que supera un escenario político empequeñecido, personalizado y presidencializado al extremo. La agenda retornó, al menos en un porcentaje importante, a los temas trascendentes, y eso ha permitido, a su vez, avanzar tímidamente, en algunos casos en la solución de problemas estancados por largo tiempo. Pero esos progresos han tenido costos y beneficios diferenciados para sus actores. El principal logro para el Gobierno es que pudo desentramparse de una inercia de disputas que sustraían la atención política y masiva de su agenda y, por ende, tendían a minimizar su protagonismo y jerarquía. Sin embargo, ha debido pagar un precio por ello: en imagen pública, el desentrampamiento no aparece como obra enteramente propia, sino obtenido gracias a la ayuda de líderes y fracciones y de la derecha. Es decir, es un logro que simultáneamente devela debilidades.
Gobierno y Concertación pueden contabilizar otro éxito: la descolocación política y comunicacional del principal presidenciable de la derecha. En efecto, en los diálogos y acuerdos Sebastián Piñera no sólo no ha sido líder, sino que, además, se le ha visto ajeno, desorientado, molesto, etc. Lo cual reafirma que no está aún consagrado como líder pleno en el amplio mundo de la derecha. Sin embargo, como fuerza política en sí, ha sido la derecha la que ha cosechado los mejores frutos: ha mostrado una conducta distinta a la intransigencia que promueve la "teoría" del desalojo; ha aparecido como una fuerza suficientemente capaz de imponer agenda (vg. seguridad ciudadana) y de modificar proyectos gubernamentales, reorientándolos bajo preceptos que le son distintivos como cultura política (vg. educación), etc.
Pero el triunfo más notable y de mayor proyección proviene de la aceptación que el Gobierno y la Concertación han hecho de ella como interlocutora válida y atendible en materias sociales. En efecto, tal aceptación se traduce o se traducirá, a la postre en un gran soporte para su legitimación como una fuerza también sensible a la "cuestión social". Podría decirse que la centro-izquierda está perdiendo una de sus "ventajas comparativas" su supuesto "monopolio" en lo referido al ámbito social desde el momento en que formalizó diálogos con la derecha y se declaró disponible para pactar acuerdos con ella en el campo de lo social.
La Concertación como tal es la gran perdedora. Quizá lo único que podría sumar a su haber es el hecho de que el Gobierno reinstalara parcialmente su agenda y que abriera otras posibilidades para cumplir con sus proyectos más significativos. Pero nada asegura que aquello redunde en prestigio para la Concertación, máxime si se tiene en cuenta que:
En el llamado pacto social el protagonismo se lo llevan el Gobierno y la oposición.
Virtualmente en todos los acuerdos, la Concertación se ha visto conflictuada con el Gobierno y dentro de sí misma, mientras que la derecha ha actuado más homogéneamente.
En lo grueso, las concesiones hechas a la oposición están en dirección contraria a la tendencia que predomina transversalmente en la Concertación y cuya impronta es la búsqueda de un perfilamiento más centroizquierdista del obrar del Gobierno y de sus partidos. Es decir, los acuerdos pueden devenir en una acumulación por ahora soterrada de elementos a futuro crispantes de las relaciones entre sus sectores.
En suma, el pacto social poca o ninguna utilidad ha tenido para la Concertación como tal. No obstante, le ha servido al Gobierno para avanzar legislativamente, pero sólo dentro de sus mínimos programáticos. A la derecha, en cambio, le ha facilitado la implementación de una estrategia que concilia obstrucción y negociación, le hace aparecer más compacta que sus rivales, le permite mostrar cualidades técnico-gubernamentales, le ha abierto la puerta para legitimarse en la competencia por la representación de "lo popular", etc.
Tal vez se esté frente a un escenario inédito en lo que va desde la recuperación de la democracia: por primera vez, la derecha en sí y no una candidatura en particular le está sacando buen partido a una situación crítica del Gobierno y de la Concertación para consolidar su proyección como fuerza gobernante alternativa.
Publicado con autorización del Centro de Estudios Sociales Avance (www.centroavance.cl)