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  Novedad sin novedad

  Novedad sin novedad

  Luego de la alianza entre RN, la UDI y ChilePrimero, en los medios se habló nuevamente de un punto de inflexión en la política chilena. Un parecido peso histórico se le adjudicó al reciente empate de la Roja en el Centenario.

Domingo 25 de noviembre de 2007

Ardua es la tarea de analizar cotidianamente los contenidos informativos de la televisión si uno quiere dar a conocer una opinión medianamente original; si lo que se pretende es hacer un planteamiento diferente; si, en definitiva, la idea es no repetir lo escrito en semanas anteriores. Frecuentemente, la oferta noticiosa detrás de su máscara de cambio constante, de innovación permanente no logra ocultar su monotonía. El analista, por lo tanto, debe recurrir a diversas fuentes de inspiración, releer a otros analistas, buscar planteamientos que iluminen su mirada y que le permitan encontrar algo nuevo que decir acerca de un objeto con tendencia a la redundancia.

"Una evolución cuyo único impulso es el calendario y que cansa por la repetición constante de tensión y distensión". La sentencia de Marx formulada hace ya bastante más de un siglo, cuando la TV no era ni siquiera imaginable fue utilizada por Beatriz Sarlo para describir un noticiario en una columna publicada a mediados de los noventa. Como se ve, la frase del filósofo alemán y el artículo de la crítica cultural argentina no se distinguen por su actualidad, pero siguen vigentes y son aplicables a los espacios informativos de comienzos del siglo XXI e, incluso, a la coyuntura noticiosa nacional de las últimas semanas. Según Sarlo, lo que caracteriza a un noticiario es la novedad sin novedad, el ofrecimiento de un flujo de hechos aparentemente inéditos, que adquieren el estatus de primicias o golpes periodísticos, donde, no obstante, "no logra capturarse nada nuevo". Así, "con hachazos penetrantes, pero siempre iguales, se construye un presente que repite constantemente tensión y distensión: se ocultan unas semanas para renacer más bellas; se aman, se odian; juegan al fútbol, abandonan el fútbol; se reconcilian, se distancian; se traicionan, son fieles, vuelven a traicionarse; roban, se justifican, siguen robando; mienten, se rectifican; hablan, se contradicen, siguen hablando; sonríen, lloran, sonríen; amenazan, alegan, insultan".

Vistas las cosas de esta manera, el panorama es desalentador. Dan ganas de llegar al extremo de apagar el televisor y no prenderlo nunca más entre nueve y diez de la noche. Se puede afirmar que es una perspectiva de análisis exagerada, demasiado pesimista, que no repara en los esfuerzos de los periodistas por ofrecer noticias originales, puntos de vista frescos y renovados. Sin embargo, en circunstancias en que la agenda informativa pareciera estar estancada en arenas movedizas, es imposible no concordar con Beatriz Sarlo.

El relato televisivo acerca del pacto entre el Gobierno, la Alianza y la Concertación para reformar la LOCE estuvo marcado por dos secuencias: un importante funcionario del Ministerio de Educación llorando y la Presidenta Bachelet alzando las manos de los mandamases de los partidos políticos, en señal de unidad. Estábamos en presencia nos dijeron las imágenes y lo reforzaron las voces de los periodistas y los textos que aparecían en pantalla de un momento histórico, con tintes épicos, durante el cual valía la pena emocionarse: la oposición y el Gobierno habían dejado de lado sus legítimas diferencias y, pensando en el beneficio del país, habían concordado un proyecto que mejora sustancialmente la calidad de la educación para las futuras generaciones. Lo histórico parece ser repetitivo, en todo caso. No hay que remontarse muchos años para encontrar acuerdos similares entre la derecha y el oficialismo, que también fueron calificados como sucesos inéditos en el itinerario democrático del país: la negociación entre Longueira e Insulza en pro de la transparencia y probidad en el Estado, por ejemplo.

La historia que se traza en la TV también es efímera. El clima de distensión política se esfumó rápidamente. A raíz de la discusión del presupuesto del Transantiago, la tensión se apoderó del Congreso. Quienes poco tiempo antes se amaban, días después se odiaban. Los abrazos y parabienes dieron paso a las descalificaciones y los insultos. ¿Qué había detrás de este teatro de hostilidades, en qué se sustentaba esta gestualidad belicosa? En los noticiarios de TV estas preguntas no fueron respondidas a plenitud, y los telespectadores casi no nos enteramos de las razones de fondo que explicaban tanto apasionamiento. Una cosa quedó clara: los parlamentarios aprobaron una luca de financiamiento para el desprestigiado sistema de transportes, una decisión que tiene la virtud de una consigna publicitaria: simple, pegadora, fácil de repetir.

Luego de la alianza entre RN, la UDI y ChilePrimero, en los medios se habló nuevamente de un punto de inflexión en la política chilena, del comienzo del fin de las coaliciones que han encauzado la vida nacional desde la vuelta a la democracia. Un parecido peso histórico se le adjudicó al reciente empate de la Roja en el Centenario, que fue perfilado como un hecho excepcional que rompía con una larga trayectoria de reveses en suelo uruguayo. Crecía la esperanza de terminar con el sino trágico del balompié nacional. Tres días después, la derrota frente a Paraguay echó por el suelo las ilusiones. Al parecer, el equipo renovado y ganador de Bielsa ya no hará historia, sino que está condenado a repetir la historia de un tortuoso camino hacia un Mundial. Tanto en la política como en el fútbol televisado, muchas veces lo que aparece como novedoso no lo es tanto, y las urgencias y vicisitudes de la coyuntura se tienden a confundir con hitos históricos.

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