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  ¿Colorín colorado?

Miércoles 28 de noviembre de 2007

En la mañana del lunes, los presidentes de los partidos de la Concertación y la Alianza firmaron en La Moneda el acuerdo antidelincuencia, uno más en el marco del llamado "pacto social". En la tarde, el consejo nacional de la Democracia Cristiana dejó al borde de la expulsión del partido al senador Adolfo Zaldívar, por firmar, la semana anterior, un acuerdo sobre el Transantiago con las colectividades de derecha.

El contraste entre ambas imágenes fue usada por el adolfismo, y también por dirigentes de la Alianza, para graficar lo absurdo de la medida contra el anterior presidente de la DC, porque en ambos casos los firmantes actuaron por lo que creían era el bien del país. Lo especioso de la comparación radica en que se omite que, en el primer caso, concurrieron las autoridades legítimas de los partidos con representación parlamentaria y que, en el segundo, un senador actuó en solitario en contra de un acuerdo de la colectividad de la que forma parte destacada. Más válido como argumento sería el hecho que parlamentarios de todos los partidos han suscrito alguna vez documentos en materias internacionales o "valóricas", por ejemplo de condena a Hugo Chávez o en contra de la píldora del día después.

Está claro que en estos últimos casos no hubo pronunciamientos oficiales partidarios, aunque sí políticas de salud pública impulsadas por el Gobierno, por lo que se llega a la espinosa cuestión de las órdenes de partido. La ley en vigencia prohíbe que ellas se impartan a los parlamentarios en el ejercicio de sus cargos. Asilándose en la doble cláusula legal y de conciencia, Zaldívar ha querido tirar el mantel de la mesa, fastidiado por la forma en que está dispuesta. No es propiamente una crisis política ni de Gobierno, pero estos tironeos si bien no entraban la marcha del país ponen en jaque su gobernabilidad. Habría que preguntarse si no es hora ya de poner una mesa más amplia con "individuales" en vez de mantel, o tal vez varias pequeñas en que los diversos comensales puedan sentirse más a sus anchas. El sistema electoral binominal impide esta expansión. Si un independiente o representante de un partido chico llega a colarse a la cena termina por arrimarse a una de las coaliciones (los casos de Rosa de Arica e Isasi de Iquique y de Eduardo Díaz, que del Partido del Sur pasó a la UDI y luego a ser colorín de la DC).

Es el arma del duopolio, que en la práctica designa a los parlamentarios mediante el manejo de los escasos cupos disponibles en las plantillas electorales, y que se enarboló sin tapujos para amedrentar a los colorines. Considerándose a su líder un caso perdido -por no aceptar que Soledad Alvear represente al partido como titular y abanderada y use como pretexto el Transantiago- se dejó una rendija a los diputados disidentes. Éstos eran nueve y algunos ya recogieron cañuela o se replegaron; de los cinco que insisten, algunos podrán ser derrotados en primarias y otros -el diputado Jaime Mulet, que quiere ascender a senador por Atacama, y Alejandra Sepúlveda, que fue una de las mayorías en las últimas elecciones parlamentarias- resultan huesos más difíciles de roer.

La mejor salida para la directiva es que Zaldívar dé ahora "un paso al costado" con sus acólitos, pero ellos no están dispuestos a facilitarle la vida a Soledad Alvear ni a la Presidenta Michelle Bachelet, como tampoco lo estuvieron para hacerlo con Ricardo Lagos. ¿Qué busca, entonces, el colorín? Mucho se dice en estos días de que se trata de la peor crisis de la DC desde las secesiones del MAPU y la Izquierda Cristiana, pero ambas situaciones no son homologables, porque entonces se trató de principios ideológicos, hoy sólo de disputas de poder. Y aunque los rebeldes y terceristas de 1969 y 1971 no rindieron electoralmente, sí fueron influyentes en el plano intelectual, conservando hasta hoy influencia política (auque ya no en la ideología, porque ésta se ha desdibujado en el centro y la izquierda). Los colorines no representan ninguna renovación ni recuperacionismo doctrinario, sino más bien el resentimiento del marginado que a partir de algunas cuotas de poder exhibió también corruptelas (la del operador Juan Michel en Chiledeportes fue emblemática).

Hoy, Adolfo Zaldívar busca erigirse en defensor de las víctimas del Transantiago, pero a estas alturas en el oficialismo todos coinciden en anatematizar el malhadado sistema. El senador nunca figuró en las percepciones ciudadanas como figura presidencial y si su mesianismo lo lleva a creer que lo es coloca en detrimento los intereses del partido con el cual se siente identificado hasta la médula. Tanto que la derecha no lo ve sino como democratacristiano, en parte por su historia, en parte por sus críticas imprecisas al "modelo" que busca corregir, sin precisar cómo.

Rafael Agustín Gumucio también se identificaba y era visto como decé y eso no le impidió formar el MAPU primero y concurrir a la formación de la IC después. El drama para Adolfo Zaldívar es que no cuenta con espacio ni seguidores suficientes para una tarea refundacional. Y si insiste en ir en solitario a una aventura electoral tiene tanto futuro como Arturo Frei Bolívar.

La Nación

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