
Miércoles 28 de noviembre de 2007
Justo cuando los británicos deciden tantear el agua de la Antártica, se hunde el crucero, se activan las bases blancas y Punta Arenas recibe, nuevamente, a los que han querido surcar esos helados mares. Por casa, la luz del baño se quedó encendida para que el pequeño gato no se asuste. Un general brasileño a la segunda cachaça de un jueves laboral en la base Yanomami descubre que lo mejor sería tener una bombatómica para defender la inmensa cuenca del río Amazonas y también los bolsones de petróleo delante de las costas del país.
La gotera del lavamanos ya transformada en hilacha acompaña el sueño de la computadora encendida, que ilumina el rostro roncante del usuario. En los libros de sexto básico, en un lugar de la mancha gringa, se les enseña a los niños que el corazón del Amazonas ahora es de las Naciones Unidas y quien tiene el mandato divino de cuidarlo son los Marines. Cuidarlo de naciones del cuarto mundo, que no saben de civilización, del evangelio metodista, del ritmo del dólar. El gorilón Chávez también quiere juguetes atómicos y baila cumbia con los varones de Irán para lograrlo.
Mientras, en California, la fiebre del fuego arrasa cercanías de mansiones de famosos de esos que el usuario durmiente ve en la tele, también encendida en silencio y que se pregunta por la energía que se han gastado los rusos y ahora los chinos por llegar a la luna, cuando en sus casas aúlla el hambre y se refuerzan los misiles. Las ciudades de todos los países se acostumbraron en el inicio de este incierto XXI a permanecer encendidas. Si se apagan las luces o tiembla pesao, los antropoides empiezan a acumular agua para venderla al triple a sus viejos vecinos.
Los mutantes se preparan al asalto de los condominios del despilfarro, donde corre el agua para los pastos verdes nocturnos y solitarios. Donde duermen los fabricantes del miedo y la ansiedad. La energía de las olas no interesa mucho, el viento tampoco porque despeina las chasquillas para el próximo spot. Entretanto dos inmensos hamsters giran y giran alimentando las bombillas de la isla de los perdidos.
Las radios permanecen encendidas por las noches para acompañar la soledad de los durmientes. Repetimos los errores del siglo pasado, que yacen bajo los escombros de una burrocracia impresentable.
Rendidos sacamos tarjetas de farmacias que nos venden pastillas de energía para funcionar por la mañana, para digerir la prisa del almuerzo, para -agotados por la crónica roja de los telediarios- zamparnos la última del día y lograr un poco de tuto y ahora sí dormirnos con los electrodomésticos encendidos, creyendo que la energía de los hombres que hicieron esos aparatos al otro lado del océano nos saludan desde las pantallas incitándonos a un ahorro imposible para un calentamiento de la única tierra que tenemos cada vez + acelerado.
Y suena el despertador del viejo marinero encargado de un turno del motor diésel del Rossini rumbo a ninguna parte.