
Miércoles 28 de noviembre de 2007
Carlos Salem (Buenos Aires, 1959) es un escritor atorrante y su novela un delirio con pequeños delirios dentro. Qué más se le puede pedir a un escritor y qué más a una novela. Quizás calidad; pues de eso sobra. "Camino de ida" es una de las más gratificantes noticias de la narrativa publicada en España en el último año. La importancia de que salga a la luz un autor con una curiosa y rica biografía multiprofesional ("creativo publicitario, conserje de hotel, guionista y locutor de radio, maestro pizzero, taxista y vendedor a domicilio de productos desinfectantes contra cucarachas", según su reseña) y el resto de motivos, dejando de lado el dominio de los recursos literarios como prometiéndonos un porvenir casi asegurado, tienen que ver con la lectura de la novela.
La mujer de Octavio Rincón se muere durante unas vacaciones y a él es lo mejor que le puede pasar. Rincón, el protagonista, desde ese momento se irá divirtiendo y angustiando en un camino de ida, en una aventura con la dinámica ansiosa, con el ritmo enloquecido y musical de una road movie y una comedia de enredos, pero en un paisaje narrativo donde el lector nunca pierde el hilo de la aparición incesante de los personajes y las escenas trastornadas. Salem ofrece una historia divertida, muy bien escrita e inteligente, sin pretensiones innecesarias. Esboza la teoría de que la vida es un camino de ida, con grageas filosóficas antológicas en la boca de personajes que parecen perdidos pero que deambulan como especies de sombras enloquecidas, aunque vivas, dulces, entrañables.