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  Es bueno saber ante quien arrodillarse

  El colorín Zaldívar, Fernando Flores o su socio Schaulsohn, por ejemplo, deberían ir de rodillas a Carrascal en lugar de arrodillarse ruinmente ante sus adversarios de ayer.…

Domingo 2 de diciembre de 2007

Los alumnos porros de antaño siempre confiamos en los favores del Presidente Balmaceda. Le teníamos a su animita una fe ciega. Íbamos hasta su mausoleo en el Cementerio General a pedirle las dos décimas para el cuatro en matemática, o ese salvador e imposible cinco en física.

A veces cumplía el Presidente mártir. Incluso se puso, sin preguntar nada, con 700 puntos en la Prueba de Aptitud Académica, la primera vez que se rindió ese funesto e iniciático examen. Y, de pasada, cumplía don José Manuel algunas pedidas de orden sentimental que le dejábamos caer, como a la pasada, junto con los cuadernos de los ramos que nos torturaban.

Hoy parece ser que Balmaceda ha sido sustituido en estos pedigüeñeos de colegial por el poeta Carlos Pezoa Véliz. Es la animita de la PSU. La animita protectora de los pingüinos. Está sepultado en el tétrico Cementerio Católico, cerca de la pavorosa y escatológica capilla de ese campo santo. Todo indica que el poeta de "Tarde de hospital", quien nunca terminó el colegio, se cuadra firme con los cabros que le van a prender velas en su modesta tumba de piedra en esa intrincada catacumba de la avenida Recoleta. Había otras animitas que nos gustaba visitar para pedir paleteadas: la de Alicia Bonn en Pedreros, hoy Departamental.

La de Romualdito en Estación Central. La de Dubois en Valparaíso, ese asesino múltiple que fue fusilado en el Cerro Cárcel mientras se fumaba un habano. En fin, teníamos entonces una colección de espíritus tutelares que nos ayudaban en los asuntos más peregrinos: notas, conquistas femeninas, triunfos deportivos del club de nuestro corazón. O cuando menos eso creíamos entonces con mis camaradas de esos años esfumados.

Pero había una animita que era la quintaesencia de todas ellas. Un peñón recordatorio, ennegrecido de velas, allá por Carrascal abajo, que era nuestra animita más amada. La hemos buscado y el tiempo y el olvido parece que se la han tragado para siempre. Se trata del animita de Mesa Bell. La que gozó por décadas del fervor popular por la trágica muerte a la que lo llevó el cumplimiento de sus deberes periodísticos.

Tras la caída de Ibáñez, el periodista Luis Mesa Bell, director de la revista "Wikén", fue secuestrado en la calle por efectivos de la policía civil y asesinado. Su cuerpo fue abandonado en el baldío de Carrascal, entonces un suburbio semicampestre en los lindes occidentales de Santiago. Su delito fue haber denunciado con detalles, y el nombre de sus autores, la muerte y fondeo en Valparaíso del profesor comunista antofagastino Manuel Anabalón, de sólo 20 años.

Mesa Bell encontró el cuerpo y, además, denunció a una mafia policial ligada a torturas, juego ilegal, manejo de prostitutas y otras aberraciones. Lo mataron a golpes un 20 de diciembre. La animita del periodista fue venerada por cerca de 60 años, hasta que cayó en el olvido. Era ánima cumplidora. Puntual en sus favores. Lejos, la mejor de todas.

Hoy sería bueno para mucha gente recuperar a estos paladines de lo imposible. Políticos extraviados de hoy podrían jugarse esta carta de ultratumba. Capaz que así lograran lo que nunca alcanzarán por otras vías. El colorín Zaldívar, Fernando Flores o su socio Schaulsohn, por ejemplo, deberían ir de rodillas a Carrascal en lugar de arrodillarse ruinmente ante sus adversarios de ayer. Mesa Bell, desde el más allá, es más confiable que toda la derecha traicionera a la que insisten en aliarse tan torcidamente en el más acá.

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