
Domingo 2 de diciembre de 2007
Andar de brujo por la vida, disfrazado de especialista en estudios de opinión y audiencias, debe ser un excelente negocio. De no ser así, resulta difícil explicar esa marea de rankings de todas layas, fabricados por institutos y compañías que razonan con el termómetro.
A su vez, todo partido político que se precie de tal tiene su propio experto que, mordiéndose las uñas, espera las diferentes cosechas de sondeos. Y se lo toman en serio, aunque en la lista aparezcan hipotéticos candidatos a los cuales ni siquiera se les había pasado por la cabeza ir a La Moneda.
Esto origina especulaciones sobre el futuro político de esos pobres menganos bueno, no tan pobres que incluso comienzan a abrigar la esperanza de ceñirse la banda presidencial cuando constatan que se han subido de cero a un punto de aceptación. El último acto de esta comedia es la entrevista al dueño de la empresa encuestadora, que pontifica sobre las relaciones de fuerzas y establece las prioridades de la trillada agenda.
Cuando pasa el cuarto de hora de la encuesta política aparece la medición sobre los periodistas de la tele, realizada con pinches llamadas telefónicas que supuestamente cubren todos los estratos y edades. Y en pocas páginas se corona y destrona estableciendo la lista de los que suben y bajan como mejores conductores de informativos. Lo extraño es que el más creíble casi nunca coincide con el noticiario que tiene más sintonía. A lo mejor se debería realizar una encuesta sobre la coherencia de los encuestados.
Este afán de medirlo todo para solucionar nada toca incluso a la corrupción. Dicen que la biblia es el informe de Transparencia Internacional, documento que a la postre sólo escarba en las percepciones que tienen los distintos consultados. El ciudadano da un vistazo a los titulares que consignan el puesto alcanzado por su país e indistintamente puede terminar convencido que vive gobernado por Al Capone o sor Teresa.
El antojo de encuestar es un asunto sobre todo urbano, porque la mayoría de las tribus africanas todavía no son tomadas en cuenta, al igual que los millones de seres que viven en el mundo rural. Y pese a todo, algunos patudos no vacilan en concluir que "el mundo piensa que ".
Esta manía también es futbolística y organismos como la FIFA regularmente nos indican dónde está nuestro pobre club en la escala planetaria. Nunca pude comprender por qué el Liepajos Metalurgs Latvija estuvo en más de una oportunidad sobre Colón de Santa Fe.
Este hobby del ranking se torna algo más serio y complicado cuando llega diciembre y muchos deben elegir a qué universidad entregarán no sólo a sus hijos, sino también varios millones de pesos. Hay uno de varias páginas que se vende en los quioscos, y que debe ser leído en compañía de un especialista capaz de hacer todos los cruces necesarios.
Una de las que recibe mejor valoración general figura, al mismo tiempo, como una de las que no entregó información sobre los puntajes obtenidos por sus alumnos en la PSU, y también aparece muy abajo en la escala sobre el monto que la universidad ha invertido en cada uno de sus alumnos.
Evidentemente, todo tiene su explicación, y no faltará el gurú que después de explicarlo todo nos diga que somos unos alfabetos funcionales.
No importa. Gabriel García Márquez contaba que la inmensa mayoría de los colombianos criticaba la situación del país, pero en las encuestas decían que eran felices. Para el escritor la conclusión era clara: o no hay que creer en las encuestas o no hay que creer en la felicidad.