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  El fantasma de la DC

Domingo 2 de diciembre de 2007

El lunes 26 de noviembre, la prensa desembarcó en la sede de la DC a enterarse de cómo el Consejo Nacional votaría un informe jurídico elaborado por Jaime Ravinet para abordar las indisciplinas militantes tras la crisis del Transantiago en el Congreso. En el caso de los cargos de elección popular, el documento finalmente votado a favor está marcado por la pérdida no del escaño, lo que sería ilegal, sino del cupo en la vuelta siguiente para el desordenado.

Sin embargo, durante el fin de semana la mesa nacional, construida en torno al alvearismo, había determinado que el cuadro interno tras la rebelión de los colorines no resistía la abstracta e improbable futura sanción de quitarle a Adolfo Zaldívar la opción de postular de nuevo a la cámara alta. Había llegado la hora de la "madre de todas las batallas": la expulsión o anulación del "virtual partido" dentro del partido configurado por los colorines tras su derrota interna en el otoño de 2006.

Para este propósito, la salida de Zaldívar es, en la lógica de Soledad Alvear y su entorno, una condición insoslayable si acaso la senadora quiere apostar en serio a La Moneda. Contra Zaldívar, todo, razona la cúpula; contra sus seguidores, clemencia.

El cálculo para esta doble vía es simple: la agenda del colorín no es necesariamente la de su gente. Él puede hacer la travesía del desierto la UDI y RN le ofrecen sombra y agua en sus oasis , pero sus adeptos no están preparados para las arenas calientes de la expulsión del aparato de Gobierno y la falta de espacio en las cercanas elecciones municipales y legislativas, marcadas por el control de los mandos oficiales de las coaliciones (en esta pasada, la mesa funciona con la tesis de Xabier Azkargorta cuando dejó la selección en 1996, aquella de que muerto el perro se acaba la rabia).

Por esto, no es casual que hoy haya menos colorines de línea dura entre los diputados y el Gobierno haya hecho lo suyo garantizando, a través del ministro Belisario Velasco, que no habrá caza de brujas en la administración, contra la opinión de quienes ya se tentaban con un ajuste de cuentas de mandos medios.

La idea es que la expulsión de Zaldívar sea una lección y un desafío para sus muchachos: que los incondicionales lo sigan en la formación de un grupo socialcristiano escorado a la derecha y que los realistas se subordinen a la mayoría bajo la amenaza de arriesgar cargos y escaños.

Sin embargo, lo impecable que parece la estrategia para sacar a Zaldívar no implica que sea eficiente en la realidad. Se trata de un desafío en blanco y negro y la DC es una formación que tiende a consensos mínimos y a la coexistencia más o menos pacífica de corrientes (las depuraciones orgánicas no se condicen con la naturaleza de partidos plurales y de masas como la falange). Además, el 70% de apoyo que reivindica para sí Alvear no es equivalente a igual peso de su tendencia.

De hecho, en los últimos días ha habido manifestaciones de freístas y chascones reclamando disminuir el volumen del conflicto, y no está de más recordar que estas corrientes tuvieron buena relación con Zaldívar mientras éste dirigió la tienda entre 2002 y 2006. Los colorines, a su turno, quieren una solución política a través de la Junta Nacional y no un "supremazo".

El fantasma que acosa a la mesa es que en un segmento relevante del partido
que se explicita en la siempre arisca Junta Nacional y no en elecciones directas teñidas por el clientelismo se instale la sensación de que el alvearismo, más que velar por la homogeneidad y responsabilidad política con la plataforma del Gobierno, esté sólo despejando el terreno para la postulación presidencial de Alvear.

El antecedente existe: en enero de 2005, contra toda evidencia estadística de la opinión pública, Zaldívar le compitió a Alvear en la junta y luego de ser derrotado no ocultó su descompromiso con la hoy senadora y sus ganas de pactar con rapidez un arreglo con el bacheletismo. Esto condujo a la renuncia de la ex canciller, en mayo de ese año, y a la convicción en su círculo íntimo de que, más tarde o más temprano, la toma de control del partido sólo podría pasar por la derrota en toda la línea de Adolfo.

Esta certeza deriva del hecho de que el senador no oculta tampoco su pretensión de jugarse por La Moneda. La situación en la Concertación se ha descompuesto a tal grado que hay varios, tanto por derecha como por izquierda, en competencia por la posición de redentores. Cada uno reclama su propia iglesia para predicar contra el estabhisment de la coalición los demonios del colorín son el partido transversal y el modelo económico y Zaldívar sabe que su evangelio dirigido a los desencantados podría funcionar mejor en la plaza pública que en el templo del partido.

Quien ha advertido el peligro de la amenaza a sus intereses ha sido precisamente Sebastián Piñera. Éste se notificó el jueves que Zaldívar quiere introducirse en su territorio de centro-derecha y moderó los ímpetus de RN y la UDI de sumar un senador sin pasar por el voto popular. Para el inversionista, Zaldívar sería un aliado para cuidarse de él. Ya se sabe, el zorro no puede quedar a cargo del gallinero.

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