Otra vez con la píldora del día después. Primero fueron los fundamentalistas religiosos. Después los dueños de las farmacias, que se negaban a venderla en Chile aunque no tenían problema en hacerlo en sus filiales en otros países.
Y como acá se declaraban objetores de conciencia y allá no, sólo queda deducir que tienen una conciencia en Chile y otra en el extranjero. Y ahora un recurso ante el Tribunal Constitucional en el que se hacen parte la Iglesia y un grupo de parlamentarios.
Lo entretenido del asunto es que la jerarquía católica y sus adláteres consideran que la píldora es podría ser, dicen otros un fármaco abortivo.Y en esa categoría entra también el famoso DIU o dispositivo intrauterino,más conocido como la T de cobre. O sea, que quienes avalan la tesis de que la píldora del día después, el cacareado Levonorgestrel, debe ser prohibida por ser abortiva, tendrán que pedir también que se prohíba el uso de la T de cobre, ya que ambos impiden la implantación del óvulo fecundado en la pared del útero, lo que equivaldría al crimen de aborto.
Y, de paso, reconocer que consideran criminales a un millón y medio de mujeres en este país que usan el DIU. Bajo esa lógica, la perspectiva es bastante curiosa. Si la justicia acepta los argumentos que presenta la Iglesia en contra de la píldora del día después, debería hacerlos extensivos al DIU y prohibir también su comercialización y su uso.
Sería contradictorio y por tanto incomprensible que se prohibiera uno y otro no. ¿Y después qué? ¿Retirar del mercado y de todos los consultorios el dispositivo intrauterino? ¿Retirárselo también a sus actuales usuarias? Mucho me temo que la planificación familiar es ya una realidad y que no es cosa de andar por la vida teniendo siete o diez hijos. Salvo algunos opusdeístas, la mayoría de la gente planifica el número
de hijos que quiere tener sin privarse por ello del entretenido trámite de tener sexo. ¿Qué solución se les va a ofrecer? La abstinencia no parece tener demasiada convocatoria. O sea, que sólo nos quedan los tradicionales anticonceptivos. Bien. El detalle es que esas mismas píldoras pueden ser usadas como anticonceptivo de emergencia o píldora del día después. Básicamente se trata de darse un atracón de pastillas. Y alcanza con darse una vuelta por internet para encontrar un par de decenas de miles de sitios que indican el modo de empleo.
Eso es lo que yo llamo meterse en camisa de once varas. O, en otros términos, dedicarse a puro romper las pelotas. Porque en el improbable evento de que los opositores a la píldora del día después lograran impedir su comercialización, ello debería conllevar también la proscripción del DIU que, a su vez, llevaría a un aumento en el consumo de anticonceptivos, los que pueden usarse como píldora del día después. Finalmente, en el mejor de los casos, lo más que pueden lograr es que la adolescente en cuestión se tome de un viaje las veinte pastillas anticonceptivas que le sacó del clóset a la mamá o que compró en la farmacia de la esquina.
Y la pregunta que surge es si alguno de los que se supone sabe del tema se metió a investigar y a pensar en las posibles consecuencias de sus actos. La respuesta más optimista es que sí, lo pensaron pero no les importó, ya que lo único atractivo era aparecer como un defensor de las ideas de sus votantes.
Otra respuesta, más negativa, es que no lo pensaron simplemente debido a que no tienen la suficiente capacidad intelectual o que el sector afectado, los adolescentes, no son parte significativa de su universo de votantes, y por eso mismo no merecen ser tenidos en cuenta.
El viernes pasado, el presidente de la UDI, Hernán Larraín, confesaba en una radio su impresión acerca de la forma de hacer política en Chile. Básicamente decía que los políticos no miran hacia el futuro y que se relacionan entre ellos guiándose por patrones de alianzas establecidos a mediados del siglo pasado.
Y aunque él se refería a la muy probable reorganización del espectro político chileno, yo creo que su impresión abarca muchos otros temas. Uno de ellos es el andar haciendo show frente a las cámaras o los tribunales atacando los molinos de viento que preocupan a sus financistas y a sus votantes, y desentendiéndose de lo que opinan aquellos que no les pasan plata ni votos, precisamente porque piensan que se gastan la vida y los recursos puro rompiendo las pelotas.