
Domingo 2 de diciembre de 2007
Estaba pensando en Marlon Brando, algo que hago cuando realmente no tengo fuerzas para pensar, cuando de golpe se me hizo la luz: Brando es mi padre. No quiero decir mi padre, Jorge Garcés; quiero decir que la peculiar electricidad que genera todavía Brando tiene que ver con algo que hacen los padres. El padre es lo temible dentro de lo confiable. Lo incierto dentro de lo necesario. A diferencia de la madre, está pero puede no estar. A diferencia de la madre, no es del todo coherente. Y suele incluir dosis variables de traición desde lo homeopático hasta lo homicida dentro de su amor. Cuando estaba con uno, a veces estaba pensando en otra cosa. Hay una expresión facial que, entre todas, es difícil de asimilar incluso en la edad adulta, y es la del sujeto que nos tiene delante pero no nos ve. Esa expresión, ese agujero negro, en la inmensa mayoría de los casos, uno lo contempla por primera vez en su padre. Todo lo que puede esperar de bueno y todo lo que puede temer de la vida en sociedad está ahí. Bueno, basta mirar los ojos de Brando en esa famosa escena del "Último tango en París", cuando le cuenta a Maria Schneider aquello del viejo granjero con la gota de saliva que colgaba de la pipa y la vez que lo invitaron a un baile y no pudo cambiarse los zapatos y dentro del auto olía a bosta. O cualquier escena, si vamos al caso. La duplicidad de Brando, su infernal ambigüedad entre la limpidez angelical y la perversidad demoníaca, son una exageración y un emblema de esa inestable balanza que es una figura paterna.
Curioso: se puede releer el párrafo anterior cambiando "Marlon Brando" por cierto número de nombres propios. Pruébese a poner: "Charly García", "Ricardo Lagos", "Diego Maradona", "Fidel Castro", "Chino Ríos", "Roberto Bolaño". Corolario: esa reminiscencia paterna no se debe sólo al carácter de los personajes, sino también al lugar donde involuntaria y obstinadamente los ponemos. Somos una máquina de fabricar padres.