
Domingo 2 de diciembre de 2007
Está en guardia como Cassius Clay frente al portón de su casa en Las Cruces. Es la hora de despedirse, pero Nicanor Parra no piensa bajar los puños y desafiante lanza la frase: "No tengo el menor inconveniente en batirme con el Papa".
El antipoeta vivió su infancia demasiado cerca de un cementerio como para no ver pasar por lo menos dos veces al día un sepelio. Se desayunaba con la vida y la muerte y con la Iglesia, y sus estampitas que prometían días mejores, donde el delirio, la castidad y el caos hacían de la Biblia el libro de la naturaleza.
"Hasta el que limpia las alcantarillas/ es indudablemente sacerdote/ ese es más sacerdote que nadie", dice Parra con la máscara de un hombre que no se corta la barba hace 22 años como manda por la muerte de su madre, y que ahora ha accedido gentilmente a conversar con "La vuelta del Cristo de Elqui".
El personaje se hace presente otra vez con la reedición que reúne "Sermones y prédicas del Cristo de Elqui", publicado originalmente en 1977, y "Nuevos sermones y prédicas del Cristo de Elqui" (1979), donde además se incluyen "+ sermones y prédicas", de 1983, por Ediciones Universidad Diego Portales.
PRÁCTICA DE LA MASTURBACIÓN
A sus 93 años, Parra tiene una serie de imágenes que grafican su idea de Cristo. Últimamente se ha interesado en el libro "Jesús de Nazaret", de Joseph Ratzinger. "¡Quiero saber cuál es el Cristo de Benedicto XVI!", salta incrédulo levantando la mano derecha como un predicador. Y lanza una de sus escenas preferidas: "Un ciego le dice a Cristo deme la posibilidad de ver , y Cristo, que está en cuclillas, pasa su dedo por la arena varias veces hasta formar una bolita con sus lágrimas. Luego se la da. Bueno, ahora puedes ver".
Y de una recuerda uno de sus artefactos donde un crucifijo tiene la leyenda de un corazón con patas que apunta a Cristo. "Ese güeón sí que dejó la Kgá". Parra cuenta que esas palabras surgieron en su casa de La Reina, una vez que la choza precisó de algunos unos arreglos. "Le dije a mi hermano Roberto si conocía a algunos maestros. Un día me trajo unos gallos amigos de él, que eran bien chuchetas, y había uno que a cada rato hueveaba a un compañero, y le decía a los otros: Ese güeón sí que dejó la Kgá ".
Las múltiples máscaras que ha usado Parra en su obra lo han disfrazado de francotirador, payaso, delirante, energúmeno, mendigo, profesor, librepensador y más. En "La vuelta del Cristo de Elqui" se lee: "Condeno con todas mis fuerzas/ la teoría y la práctica de la masturbación/ sé de muchos curitas depravados/ que la practican ante el espejo/ los compadezco pero me dan asco/ si no tienen control sobre sí mismos/ deberían colgar la sotana".
"¿POR QUÉ SUEÑO EN UNA CRUZ?"
¿De dónde sale el Cristo de Elqui? En una entrevista de 1990, Juan Andrés Piña le pregunta al Premio Nacional si conoció a Domingo Zárate Vega. "Lo vi muchas veces. Era un personaje de la década del treinta que andaba en la Quinta Normal, en Santiago y en todo Chile. Era un hablador callejero, analfabeto y medio loco. Siempre andaba con toga y publicaba sus folletos. Me llamaba la atención por ser un tipo que andaba vestido de esa manera: un cura francotirador de una iglesia inexistente, pero que al mismo tiempo es Cristo y no es la Iglesia oficial. Alguna vez yo lo he definido como un teósofo de la liberación. Poseía lo que Kafka llama una gran fuerza animal. Su mirada era muy fuerte y era difícil librarse de ella".
Ignacio Valente, uno de los más fervientes críticos de la obra del poeta, escribe en el libro "Para leer a Parra": "Sin duda, su creación dramática por excelencia es el personaje que habla en los Sermones y prédicas del Cristo de Elqui ".
Mientras, uno de los grandes amigos del autor, Cristián Huneeus, en diciembre de 1977, en la revista "Hoy", apunta sobre el personaje: "Su condición de antihéroe con pretensiones sirve de soporte a la parodia de Parra. En la atracción hacia la figura elegida, tanto en la comicidad del vituperio a los curas y la Iglesia, reaparece la nunca ausente obsesión religiosa de Parra, y se juega una nueva postura".
Y como afirma Huneeus, la obsesión religiosa del antipoeta ha estado siempre presente en su trabajo. A principio de los sesenta escribe en el poema "Discurso fúnebre": "Estoy viejo, no sé lo que me pasa./ ¿Por qué sueño clavado en una cruz?". Y a fines de los sesenta, en el poema "Frases", apunta: "Fornicar es un acto diabólico/ Dios es un buen amigo de los pobres". Y en los mismo "Sermones": "Yo no nací para glorificarme a mí mismo/ nací para ayudar a mis semejantes".
Pero también vuelve a aparecer Kafka, y lo hace al final de uno de los sermones más extensos de "La vuelta del Cristo de Elqui". "Que cada cual se divierta a su modo/ a condición de que nos demos cuenta/ de la fugacidad de todo esto/ de la precariedad de todo esto/ de la irrealidad de todo esto".
A fines de la década del sesenta, el autor de "Versos de salón" estuvo en Praga. "Me quedé un mes en busca de las huellas de Kafka. Primero fui al cementerio judío, pero no lo encontré. A las semanas llegué a un cementerio que quedaba junto a una iglesia. Ahí estaba Panchito , como le decían sus padres, como lo dejaron inscrito en la lápida".
Y ahora sí hay que irse. Parra no piensa bajar la guardia frente al portón de su casa en Las Cruces. ¿Y cómo lo hace, jefe?: "A los 23 años soñé que bajaba por una escalera interminable, hasta que llegué a un piso donde había una fuente de líquidos espesos, especie de claras de huevos. Entonces, tomé el líquido espeso con mis manos y me rocié el cuerpo. Era la sabia y la energía de mi abuela, por eso estoy como me ve, tiqui taca", cuenta soltando una carcajada y levantando las manos, como un francotirador de una iglesia inexistente. LCD