
Domingo 2 de diciembre de 2007
Cuando me preguntan quién es Mario Valdovinos digo, como Borges: "A veces soy yo". El ser humano tiene tantas identidades, tantos rostros y máscaras que el resto es milagro. Trato de escribir y lo hago en cualquier momento: en el Metro, que es donde más me muevo; reseñando libros en "El Mercurio", haciendo historias para teatro.
Soy omnívoro, leo todo lo que cae en mis manos. Y me levanto a las cinco de la mañana por dos razones: padezco de ansiedad crónica (siempre espero que pase algo) y frecuento el Transantiago.
Recuerdo que fui un niño con mucha imaginación. A pesar de vivir en un contexto de absoluta pobreza material, me construí un circo y luego un teatro. Hacía funciones en el patio. Crecí leyendo libros, revistas ("Estadio", "Ecran" y "Life") y escuchando programas de radio. No había televisión. Mis padres no podían comprarla.
A leer me enseñó mi abuela, una mujer autoritaria que decía que los hombres no lloran. Aprendí a punta de cachetadas y amenazas. A través del Silabario Hispanoamericano ilustrado por Coré. Así empecé a leer los primeros libros. Hubo uno que me marcó hasta hoy y que conocí a través de mi profesor de enseñanza básica en el Liceo de Hombres Nº 6: "Corazón", de Edmundo de Amicis. Cada vez que nos portábamos bien, Robinson Millie nos leía en voz alta un capítulo de esa historia y nos dejaba el alma dada vuelta.
"HAY QUE TOMARSE LA TELEVISIÓN"
De mateo, ni hablar. Fui un alumno que en el colegio hizo mucho la cimarra y por eso soy medianamente culto. Me iba a los cines rotativos (al hoy extinto Portugal) y le mentía mucho a mi madre. Hasta que me pararon los carros y me enrielé, saqué el cuarto medio y entré a la universidad. Estudié puras cosas inútiles: Pedagogía en Castellano y después licenciatura en Filosofía con mención en Literatura, porque mis dos verdaderas universidades fueron la calle y el cine.
A teatro no entré porque era demasiado tímido, pero es algo que siempre me fascinó. Seguramente porque, como dice Cortázar en un cuento ("Instrucciones para John Howell"), "el teatro es un pacto con el absurdo". Me parece una definición preciosa, porque me gustaría que la vida fuera exactamente así.
¿Mi biblioteca? Es más intensa que extensa. Tengo las cosas que releo toda la vida: la bibliografía completa de Cortázar, Neruda, Mistral, Rimbaud. Es escasa la gente que lee. Una vez le escuché a Alberto Fuguet una frase que encuentro brillante: "Hay que prohibir los libros". Seguramente eso va a producir una curiosidad tan grande que vamos a empezar a leer.
El Maletín Literario me parece una iniciativa preciosa, pero creo que hay que buscar monitores de lectura. Estoy seguro de que mucha gente estaría dispuesta a hacerlo. Yo mismo no cobraría un peso. Participé tangencialmente en él, porque estuve trabajando en un Plan Nacional de Lectura que se va a implementar en el futuro. Estuve en las conversaciones preliminares y uno de los temas que se tocaron fue la televisión. Hay que tomarse la televisión. Quitarle minutos al fútbol, a la farándula, y darle espacio al libro para que la gente sepa que hay personas que escriben. El otro día invitamos al Premio Nacional de Literatura José Miguel Varas al colegio en el que doy clases (The Grange School), y nadie lo conocía. Es terrible, porque estamos hablando de los estudiantes que van a ser parte del sector dirigente del país.
CHAYANNE Y GOLES
El teatro que me gusta hacer es extravagante: mezcla de absurdo, poesía, fantasía y surrealismo. Ahora estamos presentando "Luz nupcial", donde un intelectual retirado que recita a Lihn, Neruda y Mistral, y una analfabeta, aprenden a relacionarse. Esta obra nació de un verso de Enrique Lihn, de quien fui alumno. "Un remanso de blanca luz nupcial", dice el poema "Recuerdos de matrimonio" ,y a mí se me quedó tan pegado que a partir de ahí imaginé la historia de un hombre que se ha desilusionado hasta de sí mismo y está encerrado en su departamento. Y una chica ingenua, del sur, que baila coreografías de Chayanne.
¿Próximos proyectos? Uno es una edición que financié y escribí yo. Y es el cuento que ganó el Concurso de Cuentos Eróticos el año pasado en la revista "Caras". Se llama "Cielista", está ilustrado con fotos en blanco y negro. Y es la historia de una mujer que toca cello, que colecciona cielos y que vive sola en la Patagonia (está inspirado en la hija de Fernando Rosas, el fallecido director de las Orquestas Juveniles). La idea es presentarlo en enero en La Chascona.
El otro es un libro que financió la universidad en la que trabajo, la Finis Terrae. Y se llama "Tardes deportivas". Éste tiene que ver con mis lecturas de la revista "Estadio" y está basado en leyendas como Pelé o el arquero ruso Lev Yashin (la "Araña Negra"). Por último, está el libro "Tordos sobre un campo de rugby", ambientado en el Grange. Y es la historia de un alumno de octavo que juega rugby y que está obsesionado en perder la virginidad. Surgió cuando me encontré con la neblina que cae en invierno sobre el césped del colegio y encima de él divisé a estos pájaros negros. Hermoso. Uno no puede contemplar ese paisaje que tiene algo de gótico y de fantasmal y quedar absolutamente indiferente, había que hacer algo más. Al final, uno siempre está lleno de deudas que está tratando de pagar. Eso es la literatura: pagar algunas cuentas e irse en paz. LCD