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  Amigo con ventaja

  Amigo con ventaja

  Cuando lo vi pensé que el aparato sólo le cabría a una mujer con vagina de elefanta. Pero no. Cupo perfecto en mi metro 50. Esta es la historia de una noche húmeda y de una protuberancia vibradora para el clítoris. Si usted no tiene un pene, cómprese uno.

Lunes 3 de diciembre de 2007

Es martes. Hay 28 grados en Santiago. Y yo voy por las mismas. Estoy recostada en mi cama con cubierta blanca, jugando con un lubricante que me pasaron para que esto funcione. Estoy sola. Sola, pero con una foca que me mira maldadosa desde el velador. Quiere conmigo esta noche. Me resisto un poco, pero me decido. En el fondo, yo también quiero con ella. La tomo y le pongo pilas (usa cuatro tipo doble A). Aprieto power y adquiere vida propia. La cabeza tirita y gira.

Recuerdo lo que me dijo Japi Jane, la proveedora de este consolador con forma de foca y olor a plástico: el primero que pruebo en mi vida. "Esta protuberancia es para el clítoris", me enseñó acariciando una de las dos cabecitas del vibrador que ella misma eligió para mí.

"¡Y mira cómo se mueve!", lanzó sujetando el miembro tiritón entre sus dedos. En ese momento mis labios vaginales se apretaron solos, pero ella lo notó, fue hábil y añadió a la mercadería unos sachets de lubricante importados que, en inglés, indicaban "perfect for toys". Mientras ella insistía en que me los llevara porque los iba a necesitar, yo no podía anular la certeza de que mi nuevo Sally Sea que es el nombre del rosado modelito era extremadamente inmenso. La sola idea de metérmelo me generaba la sensación orgánica de cuando sufro cistitis: mucho ardor y nulas ganas de tener contacto sexual. En ese momento entendí que, definitivamente, lo visual no me calienta.

¿No hay uno más chico? pregunté.

Sí, pero éste te va a gustar, todas lo llevan. ¡Ah, y aquí encontré otro lubricante! insistía la generosa gringa que lleva un par de años en Chile vendiendo juguetes sexuales a domicilio.

Ese día, de vuelta en el diario, no podía quitarme de la cabeza que mi primer pene falso era muy grande, así que lo guardé. A ratos miraba la caja y pensaba que sería óptimo para una mujer con vagina de elefante, pero la mía es de sólo seis dedos de profundidad (según el "Kamasutra", eso es lo que me corresponde por mi fisonomía). Y la verdad es que lo digo con cierto grado de generosidad.

Termino de abrir el tercer sachet de lubricante. Introduzco la mucosidad con mis dedos y la deslizo entre mis labios superiores e inferiores. Me siento chorreada como una rubia porno. El líquido mancha las sábanas y mi camisa de dormir. Los 28 grados deben haber influido en la consistencia. Así, con los dedos embetunados, me relajo y cierro los ojos. No quiero tragar el líquido que a esta altura ya se comienza a derretir en mi piel, pero lo olfateo. Puro olor a PVC. Aprovecho de esparcirlo por mi cuerpo, me toco y me pruebo. Es exquisito. Tomo la foca. Puedo escoger hasta seis velocidades. Yo elijo la dos. Cierro los ojos y dirijo su boca entre mis piernas.

EL CLÍTORIS ES EL PARAÍSO

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 Japi Jane tendrá celebración aniversario. El viernes 7 de diciembre, de 17 a 22 horas, en la tienda Sexy in the City, Galería Drugstore, Av. Providencia 2124, local 17, Jane estará ahí para contestar preguntas y asesorar en la elección de los juguetes que estarán rebajados un 5%.
Antes de comenzar me aseguré de poner un almohadón debajo de las caderas. Con la foca entre mis piernas, ya empiezo a sentir el poder de la máquina. Se me relaja la musculatura. Se siente rico, pero muy duro, el efecto se mantiene cuando se sumerge completamente en la cavidad. Me entra sólo la puntita, el resto queda disfrutando de los 28 grados de calor capitalino. Me da rabia, así que respiro profundo, me pongo dos almohadones y la obligo.

¿Qué se cree esta maldita que no hace la pega que yo quiero? Con la actitud del látigo y la fuerza que muestran las rucias porno de la tele, respiro y me lo meto no más. Empiezo a sentir caricias únicas. La protuberancia que la gringa me presentó de entrada es la maravilla misma, porque mientras el otro pedazo del pene queda adentro, ésta se ajusta solita justo en la base del clítoris y tirita delicadamente logrando la quietud total del cuerpo. ¡Ohhhh, los consoladores funcionan! Desaparece hasta el susto por el tamaño. Yo sabía que mi vagina en algún momento me iba a gritar que era profunda, eternamente profunda y gorda como un hipotótamo. Soy feliz. Me convertí este martes, a mis 30 años, en una mujer elefante.

Es fácil interactuar con mi foca, no cambia de textura como esos penes erectos, que se valoran cuando te acuestas con un hombre nuevo sin siquiera saber su nombre. Mi foca no hace ruido, es suave, con sobrepeso en la base, inolora y al chuparla o morderla descubres que en su interior tiene pernos y plásticos bien duros, en el fondo es una máquina. En el refrigerador queda frío como un hielo, pero a temperatura ambiente no sufre de alteración alguna. Paso piola, tanto que mi nana pensó que era un masajeador de várices. La escuché y no le dije la verdad, pero la obligué a no usarlo jamás de los jamases; fue chistoso, porque era como estar en ese espacio ochentero de "Sábados gigantes", donde el público adivinaba el uso de un artefacto conocido sólo por Don Francisco.

Cierro los ojos y fantaseo. Ya no estoy en el barrio donde vivo. No tengo deudas y amo mi trabajo. La editora es maravillosa. Si sigo en este mundo laboral pagaré mis cuentas sintiéndome realizada. El paraíso del clítoris es una bendición. Mi vida es perfecta.

Me mantengo así por unos 20 minutos y lo tengo que decir: esta es mi primera vez de puro sexo, nada de sentimiento, obvio, estaría loca si sintiera que me enamoro de una foca de silicona fucsia. Este acto es ciento por ciento genital, es como una prueba fáctica o de laboratorio y concluyo que mi cuerpo es eficiente desde el punto de vista del placer. Me hicieron perfecta.

MI FOCA ESTÁ DEMENTE

De espalda, con la cabeza hacia atrás y mis dos almohadones en la cadera, me mantengo sin chistar. No me canso, gasto cero energía y no sudo, sólo disfruto de un masaje en el área más jugosa de mi existencia. Pero como todo lo exquisito en la vida pasa, esta vez no fue la excepción. De un momento a otro mi foca se portó pésimo, esta maldita hizo una explosión que me dejó pegada al techo. Hizo un ruido casi como si fuera un cortocircuito. "¡Qué cresta pasa!", dije sacándola más rápido que adolescente teniendo relaciones en una discoteque. ¡Qué fuerte!, esta foca estúpida se cansó y explotó, me puse súper nerviosa y mi corazón empezó a latir, y lo peor es que soy cardíaca, casi me dio un paro de sólo creer que quedé con pernos en mi útero.

Con mi foca en la mano traté de buscar el agujero que hizo paralizar los motorcitos. Y nada, estaba entera. Pasó que puse mal las pilas y la tapita que las cubre finalmente saltó y se produjo el choque. Eso debe haber pasado porque mi vagina es perfecta. Hasta llegué a meditar que mi vagina se enojó nomás y rechazó este cuerpo falso; debería haberle conversado antes, indicarle lo que su dueña haría. Esa es la única explicación que me di, porque no quise pensar que mi foca me rechazó.

No me hice adicta, pero sí he encontrado otros usos de mi nuevo compañero, incluso me lo pongo en el cuello cuando estoy estresada. No me lo he introducido de nuevo, porque ¿saben qué? Tener sexo con este palo, por muy santo que sea, no se compara con la maravilla del miembro masculino. Quizás yo sea una suertuda, pero los movimientos, las presiones, el sabor, el olor y la temperatura de mi pene natural, para mí es sobrenatural. LND

La Nación

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