
Domingo 2 de diciembre de 2007
Montserrat le tiene miedo a la oscuridad. No sería un problema si la casa donde vive no tuviera cortada la luz desde octubre. Edith, su abuela, deja corridas las cortinas hasta que el sol se esconde. Recién cuando pasan de las nueve de la noche enciende las velas. La Montse es de grito fácil: cuando se despierta, a veces de madrugada, la pequeña de tres años, acostada entre sus abuelos, exige los rayos solares para abrir los ojos. Entonces, Edith y Carlos se turnan para correr las gastadas cortinas de la ventana y subir el plástico que sustituye al vidrio.
Carlos esperaba ponerse al día en las deudas con el pago de noviembre. No pudo ser: el pasado sábado, los trabajadores de la textil Bellavista Oveja Tomé sólo recibieron la mitad de la quincena. Tampoco alcanzaron a ser realidad los acuerdos con la eléctrica CGE y Essbio para congelar las cuentas atrasadas. La otra salida para tener luz era golpear la puerta del vecino y pasar un alargador desde la ventana, pero Edith ya no quiere hacerlo. Le da vergüenza, pese a que toda la ciudad ya sabe que en su casa, donde viven además tres hijos y cinco nietos, están sin luz y buscan cómo ayudarlos. Le da vergüenza, pese a que se pasa las mañanas bajo el sol en el fogón de la olla común, y las casi mil raciones de merluza frita que preparó el martes son de lo mejor que han probado los 750 trabajadores de la textil que almuerzan en la calle frente a la fábrica desde que están en vigilia hace dos semanas.
Carlos, un hombre alto y de tez morena, tiene 46 años. Lleva 22 trabajando en Bellavista. Además de la luz, suma impaga la cuenta del agua. En la despensa, sólo guarda harina, fideos, azúcar y té. A veces, tiene pan en la once. Lo que sobra en su mueble son las citaciones al tribunal: la empresa es dueña de la casa donde vive y la quiere recuperar. Justo ahora que los tres empresarios que la controlan Miguel Otero, Cristóbal Kaufmann y Gabriel Berczely solicitaron la quiebra argumentando que no pueden pagar las deudas y el futuro de los trabajadores quedó a la suerte de las reuniones en Santiago. Carlos tiene todo eso sobre su espalda y una sonrisa que no se le borra en la cara. Se entiende: mientras habla no deja de mirar a Montserrat, una niña profundamente hermosa. Y lo explica: "El de arriba no nos va a dejar solos". Edith asiente con la mirada. El coro de la iglesia se escucha de fondo y la escena se convierte en un acto de fe. Apenas dos metros separan la parte trasera del templo Cristo Rey y la ventana de la habitación del matrimonio. Si la iglesia no estuviera ahí entraría más sol para Montserrat.
Carlos dice que el cierre de la planta sería una tragedia. Él y sus colegas son el 6% de la fuerza laboral de la ciudad y engrosarían el índice de desempleo por sobre los 20 puntos. Tomé sería la comuna con mayor cesantía en el país. El comercio cuenta los 300 millones de pesos que mensualmente dejan en caja los obreros. "Tomé no lo resistiría", dice el alcalde, Eduardo Aguilera. La ciudad se resiste a cortar el cordón umbilical.
EL TIEMPO PASADO FUE MEJOR
Desde su oficina, ubicada al frente de la plaza, la autoridad municipal cuenta que la historia del pueblo está ligada a las empresas textiles desde que Paños Bellavista inició sus actividades en 1865 ocupando las antiguas instalaciones del Molino Caracol, y luego, en 1913, cuando se inauguraron Oveja Tomé y Fiap Tomé. Las tres industrias tejieron la vida de seis mil tomecinos que ahí trabajaban y la de sus familias.
La red social era fuerte: educación para los hijos y vivienda para la familia. El trabajador era tan calificado que la empresa les abría la puerta a sus familiares y los capacitaba en el trabajo diario. Era una labor que nadie miraba ni mira por debajo del hombro. "Hago esto porque me gusta", dice Juan Reyes, de 65 años. El hombre cano lleva casi 50 años en la empresa. Es el más antiguo. Jubiló hace un par de años y regresó a la fábrica por 205 mil pesos cada 30 días, además de bonos de producción. Casi no recuerda que alguna vez soñó con ser camionero. Por si quedaran dudas, dice que es hombre de un solo club de fútbol: "Universidad de Chile", de una religión, "católica", y de un lugar de trabajo. "No me veo haciendo otra cosa y quiero seguir hasta donde vea que le sirvo a la empresa".
La vida social de Tomé giraba alrededor de las textiles. Eran años de carnavales, carros alegóricos y elecciones de reinas. "Eran otros tiempos", añora Adriana Alarcón. La mujer de pómulos rosados y nariz respingada llegó a la sección de revisión de paños cuando tenía apenas 19 años porque su padre trabajaba en la empresa. Al año siguiente, en 1972, se presentó a reina de la textil. "Ser elegida era mucho en ese tiempo", cuenta. A la noche final se presentó con un vestido color crema confeccionado en los telares de Bellavista especialmente para su candidata. "Era osado: bien ajustado y abierto de aquí para abajo", cuenta apuntando el inicio de la pierna. "Mostré harto", agrega la reina.
La histórica comunión de la textil y sus trabajadores no pierde votos. Según una encuesta Mori del año pasado, el 31% de los consultados respondió que el matrimonio por la Iglesia no está en sus planes por pasado de moda. Del resto, ¿cuántos harían la fiesta en la empresa donde pasan la mayor parte del día? "Si me casara otra vez, lo haría en el mismo lugar", responde Ruth, de 42 años, quien tocó los paños de Bellavista por primera vez a los 18 de la mano de su padre, Juan Reyes. Rubén Garay, su novio de entonces, le propuso celebrar después de la iglesia en la sede del sindicato número 1 de Bellavista Oveja Tomé. Ella respondió que sí. Tenía su lógica: en ese tiempo, 25 parientes de la pareja trabajaban en la textil. "La empresa es parte de mi vida y de mi familia".
El alcalde Aguilera no escapó a ese destino. Él quería ser futbolista. Su sueño era correr una cancha de fútbol como puntero izquierdo. Hace décadas, Tomé era cuna de deportistas. En 1974, sin zapatos de fútbol, entró como administrativo de Paños Fiap y luego pasó a Oveja. En sus oficinas vivió el cierre de la fábrica en mayo de 1979. La empresa fue absorbida por Paños Oveja, pero no le fue mejor: en 1982 quebró. Paños Bellavista compró Paños Oveja y se convirtió en Bellavista Oveja Tomé. Fue la primera estatizada por el Gobierno de Salvador Allende. Tras el golpe militar pasó a ser cooperativa de trabajadores, y luego, unidad económica hasta que la compró la familia Ascuí en 1982. De ahí pasó a manos de los actuales dueños: Otero, Kaufmann y Berczely.
El cierre de las dos textiles fueron experiencias traumáticas que Tomé no quiere repetir. La cesantía golpeó fuerte. "Mucha gente tuvo que irse a buscar trabajo", cuenta el alcalde. "Se desintegraron las familias. La población disminuyó en un 20%. Pasamos a ser una ciudad dormitorio de gente que trabajaba afuera".
Aguilera quiere ese pasado bien lejos. Desea que la gente de Tomé se quede en la ciudad. Quiere trabajo. Hace dos años, el Liceo Polivalente Tomé agregó en su malla de educación media la especialidad de técnico textil, un boleto para quedarse. María Espinoza, de 19 años, egresó de esa carrera el año pasado. No era lo que quería desde chica. Ella se veía con delantal blanco de enfermera, pero se vistió con la polera gris que distingue a los tejedores. "Cuando se presentó la carrera lo vi como una posibilidad. Y cuando la viví lo sentí como mi futuro. Era un trabajo estable. ¿Qué más puede pedir uno?".
En Tomé, los alumnos del Liceo Polivalente que no quedaban en la nueva carrera de técnico textil lloraban. Lloraban porque la carrera les abría la puerta a trabajar en la histórica fábrica del pueblo. Bellavista podía iluminar un currículo. Elevaba las expectativas. Les daba un trabajo de calidad; había respeto por las ocho horas de trabajo, pagaban las horas extra y era buena plata. "Era feliz trabajando ahí", dice María. La crisis interrumpió esa felicidad. Entonces, levantó la mirada: Concepción y Santiago están en sus planes. La otra fuente laboral, la pesquera Camanchaca, da trabajo sólo por temporadas, y la textil Crossville absorbe menos de la mitad de los trabajadores de Bellavista. "No hay trabajo. Estar ahí era mi solución".
EL FANTASMA DE CORONEL
La vigilia de los trabajadores es angustiosa. Se resisten a creer que la textil que vistió a los soldados chilenos que pelearon en el Morro de Arica y que le tejió un poncho con hilos de oro al Papa Juan Pablo II en su visita a Chile pueda cerrar. La resistencia se pasa trabajando en dos turnos. En octubre, antes de la crisis, despacharon 215 mil metros de tela y no han parado las máquinas: quieren demostrar que la empresa es viable, que hay futuro, que pueden seguir trabajando ahí. La pizarra anota para diciembre pedidos por 205 mil metros de tela a Estados Unidos, Nueva Zelandia, México, Argentina, Brasil y Colombia. El diseñador colombiano Arturo Calle, la marca brasileña Andriello y los trajes de la norteamericana Paul Fredrick se lucen con los paños de Bellavista.
Entre el ruido ensordecedor de las máquinas, no se escucha la palabra reconversión. Lota y Coronel están a unos kilómetros y la sola idea de repetir esas experiencias provoca escozor. "No lo vamos a aceptar", dice el alcalde. Lo repiten los dirigentes sindicales. Lo advierten los trabajadores.
La diputada Clemira Pacheco participó en la toma de la mina en Coronel en 1994 y vio cómo el proceso de reconversión en infraestructura y obras públicas dejó a la gente en la calle cuando las obras terminaron. "Fue un error", comenta. La parlamentaria dice que la zona requiere un rol del Estado-empresario en las zonas deprimidas y retomar el borde costero en Tomé, Penco, Talcahuano, Lota, Coronel y la provincia de Arauco. "Pero es un proceso que necesita años. Se podría hacer con un plan de desarrollo sustentable en el tiempo".
Mucho más cercano a eso está el martes: ese día las reuniones que lleva el ministro de Economía, Alejandro Ferreiro, con los dueños, podría tener resultados: convencerlos de que acepten dar garantías al préstamo de diez millones de dólares de BancoEstado. Eso es lo que dice el rumor.
En la olla común se escucha que si la planta es declarada en quiebra, los trabajadores se la van a tomar. Y eso es un juramento. LND