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  El patrón Ovalle

Viernes 7 de diciembre de 2007

En el mejor momento del año para Santiago, a este tipo se le ocurre que el ambiente está enrarecido y abundante en desconfianzas. Justo cuando el aire trae las fragancias de la primavera, este hombre se siente extraño. Pobre. Debería consultar con un médico para evitarse papelones como el que perpetró el martes en la Enade, una logia de patrones que parecía bastante modernizada. Pero esta gente -algunos de ellos- sigue encapsulada en la guerra fría y muerta de nostalgia por la lucha de clases, esa vitamina que lleva impregnada en sus células. Porque lo que enrarece el aire que respira Alfredo Ovalle, el patrón de la Confederación de la Producción y del Comercio (CPC), es el esfuerzo del Gobierno para que se aplique la ley vigente.

Sea la de subcontratación o fueren otras leyes laborales, a este hombre gris, adicto a las desconfianzas, lo que le irrita es que el Gobierno pretenda hacer cumplir las normas. Sabemos que la legalidad suele ser un incordio para algunos empresarios, que preferirían la libertad salvaje del mercado, esa entelequia donde los tiburones se van comiendo a los pececitos de la inequidad, que se reproducen como cardúmenes y mueren sin llegar a ser siquiera alimentados.

Alguien que estuvo en esa santa reunión y conoce al personaje me aseguró que Ovalle, un tipo sin encanto, preparó esta pataleta de anfitrión maleducado para conseguir un poquito de brillo mediático, algunos minutitos de liderazgo. Ya sabemos como se retrató. Pero quizá Ovalle respira por la herida de la Sociedad Nacional de Minería, que es su cofradía y en cuyo trono sucede a Hernán Guiloff, que la dirigió por quince años antes de pasar a la cabeza de la Fundación Pinochet, otro par de adictos a la lucha de clases.

Además de una ordinariez, su perorata muestra que quizá el patrón Ovalle respira el aire turbio de sus minas, plagadas de subcontratados. Que salga del pique y respire aire limpio, que la primavera está plena. No se vaya a joder la salud y sus confederados tengan que llevárselo de urgencia a algún patio trasero, guardado como reliquia oxidada y desagradable. El retroceso a los tiempos feroces que propone Ovalle es un alegato contra la legalidad democrática del nostálgico que desea la vuelta al edén dictatorial.

Es curiosa la capacidad patronal de reciclarse. Después del dandismo britanicoide de Hernán Somerville, nos ofrecen este espécimen del tiempo jurásico, quizá como una advertencia de que la ley siempre será una incomodidad. Ovalle le dijo en su tono de capataz a la propia Presidenta que "en este segmento del camino surgen dudas, hay desconcierto y falta de señales claras". Que lea los diarios, que vea tele, que se informe este caballero, porque las señales están prístinas como el agua bendita: hay que cumplir con las leyes laborales y acabar con los abusos sistemáticos hacia el cardumen. Al Gobierno le gustaría que los mineros cumplan la ley y que otros socios de la CPC dejen de ponerle pañales a las cajeras de sus supermercados para que se meen encima y no afecten la productividad y el desarrollo.

Lo que espera el gentío, el cardumen, es efectivamente que la Presidenta siga con el timón agarrado y haga cumplir las leyes laborales. Así que cuidado con Ovalle, la conciencia sucia de la historia más negra. Y encima, un roto.

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