
Sábado 8 de diciembre de 2007
La alteración orgánica que produce el enamoramiento tiene algunas explicaciones químicas y fisiológicas de carácter incontrolable. De nada sirve tratar de evitarlas o esconderlas. El rubor, el calor, el instinto aflora y el coqueteo se deviene inevitable: morderse el labio inferior, el que al mismo tiempo se engrosa un poco, la mirada brilla, las mujeres cruzan las piernas inconcientemente, juguetean con el pelo, se arreglan la ropa, el cuerpo se pronuncia, los hombres también arreglan sus ropas, muestran las formas de su cuerpo, pasan la mano por su cuello, se tiran lo calcetines. Es el cuerpo que reacciona sin mediar el pensamiento o la razón.
¿Qué nos pasa?
Hay que incluirse, tarde o temprano a todos y todas se supone que les pasa en algún momento de la vida. Pero la razón para que un hombre o una mujer se convierta en el detonante de esta cascada emocional, se desconoce. Hay investigadores que intentan respuestas, una de ellas es la teoría de la correspondencia, la que supone que las personas buscan a la pareja que cree merecer. Otros manifiestan que cuando una persona se fija en otra es porque corresponde a un mapa mental ya construido (una especie de molde de circuitos cerebrales) y que lo determina inconscientemente a enamorarse de esa persona y no de otra.
Se supone que estos moldes son construidos entre los 5 y 8 años de edad como resultado de asociaciones con miembros de su familia, con amigos, con experiencias y hechos fortuitos. De tal forma que cuando el verdadero amor llama a su puerta, las personas ya han elaborado los rasgos esenciales de la persona ideal a quien amar en su inconciente.
Independiente de la veracidad de estas teorías, lo cierto es que cuando se produce el flechazo, enamoramiento o la conexión con otra persona, lo que sucede es una especie de reacción química y emocional incontrolable: hay descargas de electricidad (neuronales) y hay química (las hormonas inician su participación). A través del sistema nervioso, el hipotálamo envía mensajes a las diferentes glándulas del cuerpo ordenando a las glándulas suprarrenales que aumenten inmediatamente la producción de adrenalina y noradrenalina (neurotransmisores que comunican entre sí a las células nerviosas).
Eso quiere decir que nuestro cuerpo se excita y se siente eufórico: el corazón late más deprisa (hasta 130 pulsaciones por minuto), sube presión arterial, se liberan grasas y azúcares para aumentar la capacidad muscular, se generan más glóbulos rojos a fin de mejorar el transporte de oxígeno por la corriente sanguínea. Como se ve, lo que sucede no es poco, y queda más.
Es el sistema nervioso autónomo, una telaraña de nudos y filamentos donde todo es impulso y reacciones químicas, es el lugar donde se desencadena el miedo, el orgullo, los celos, el ardor y, por supuesto, el enamoramiento.
A través de nervios microscópicos, los impulsos se transmiten a todos los capilares, folículos pilosos y glándulas sudoríparas del cuerpo. Las órdenes se suceden a toda velocidad y viene la ¡constricción!, ¡dilatación!, ¡secreción!, ¡erección! En este espacio todo es urgente y efervescente. Nada tiene que hacer la reflexión o el intelecto: siento, luego existo. El cuerpo habla con sus sentido más primarios, y lo hace fuerte.
Parece que uno de los mayores responsables de esta sensación de enamoramiento es cuando en el cerebro se produce la feniletilamina, compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas. Este componente responde muchas preguntas, por ejemplo, que si una vez lo sentiste, intentarás buscarlo una y otra vez. Cierto, se produce una adicción. También responde a ese incansable deseo de estar juntos y no cansarse. Los enamorados pueden pasar horas hablando y/o haciendo el amor.
Pero no hay forma de mantener esta coctelera hormonal en el cuerpo por mucho tiempo. Los más optimistas señalan que estas reacciones se pueden prolongar, aunque no con la misma intensidad inicial, por 2 o 3 años y a veces un poco más, pero tarde o temprano la fase de atracción bioquímica como la hemos descrito, decaerá.
No se desanime, entramos en una segunda fase, que se puede denominar de pertenencia, donde se desarrolla el amor, ya más calmado, que algunos especialistas definen como un sentimiento de seguridad, comodidad y paz, pero también asociado a otro tipo de reacción química, en este caso de las endorfinas (compuestos químicos naturales de estructura similar a la de la morfina y otros opiáceos) que actúan generando la sensación común de seguridad, en busca del apego. Pero con esto entramos definitivamente en una etapa distinta, la del amor.