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  La debutante

  La debutante

  Fueron dos semanas de ensayo y un baile. Con ropa. Sin sostén. De perna copa 36 B, me convertí en una diosa. La reina del caño por cinco minutos. El objeto de deseo de viejos gordos y gringos con pinta de mafiosos. Me gané hasta un nombre artístico. Ser toplera no es cosa fácil. En el escenario se desnuda algo más que el cuerpo.

Domingo 9 de diciembre de 2007

Es muy baja!, aquí todas las chicas miden más de un metro setenta", dice Antonio Retamal, el administrador de Passapoga. "Además, te hacen falta unas cazuelas", insiste refregándome en la cara mi menuda anatomía.

"Perdón, pero aunque ocupe copa 36 B, soy simpática e hice ballet clásico cuando era niña", pensé, muy positiva. La cara dubitativa de Retamal no cambia. Cada vez que me inspecciona con la mirada arruga la nariz, y sus ojos reprobatorios recorren mi frágil cuerpo. Pienso que cree que arrastrando mis 51 kilos por su escenario corro el serio riesgo de parecerme más a la pequeña Olive de la película "Little Miss Sunshine", que a la fogosa Maura Rivera.

"Sandro", como le dicen al administrador, por su nariz y ojos igualitos al cantante argentino, sigue frente a mí con su terno a rayas. Me mira incrédulo, y lo entiendo. Él está acostumbrado a las exuberantes hembras que abundan en su local, provistas de prominentes muslos que sobresalen de sus minifaldas y hot pants para personificar policías y enfermeras de pelucas fucsias. Con menos paciencia que al principio, lo enfrento: "Me encantaría ser Mónica Bellucci, pero no lo soy, así que si quiere, quiere, y si no, no", le digo. Retamal toma su barbilla y me dice que Antonio, el coreógrafo, me va a dejar bailando como diosa. Sólo ellos saben que soy periodista.

Me muestra el lugar en un rápido tour. Veo maniquíes enjoyados y espejos. Me lleva al escenario y me deslumbro. Ahí voy a bailar: lustrosas tablas y de fondo cortinas de mostacillas y tres barras de bronce, igualito al lugar donde se mueven las "Pussy Cats Dolls" de Las Vegas.

LAS CLASES DE BAILE

Mi maestro, Antonio, es el coreógrafo encargado de los bailes de cada una de las chicas, y en su currículo ostenta haber sido compañero de baile de Kenita Larraín y Marlen Olivarí. Está sentado en el escenario con su equipo y discos hot. "Ya tengo listo el tema para ti. Es el último hit de Britney Spears". Enciende el equipo y empieza a sonar "Gimme more". Ansioso, me enseña la secuencia de los pasos de sopetón: "Un, dos, tres, cuatro, cinco... y camina adelante, tócate, ahora levanta la pierna, da una vuelta, y muestra trasero", grita. Yo ya quiero salir arrancando. "Ahora camina hacia el caño el famoso fierro donde se contonean las musas de cabaret se llama caño , te afirmas con las dos manos y giras, con un impulso", dice Antonio. Siento que se me desgarran los bíceps. Así transcurre media hora ensayando. Son 30 minutos de transpiración, pudor y golpes en las canillas al lanzarme al caño. Entonces escucho la pregunta clave. "¿Harás topless?", pregunta Antonio. "No lo sé", le digo aterrada con la sola idea de mostrar mi humilde busto ante una masa de desconocidos. Seguimos ensayando.

"Y un, dos, tres, cuatro...", cuenta Antonio y empieza la letra cachonda de la maestra Spears: "And i just wanna dance with you ".

Cuando termina la escena me voy absolutamente convencida de que tengo que actuar el personaje. Me preparo e intento con otras maestras. Toco las puertas en Diosas, un night club de Bellavista. El lugar está lleno de afroditas exuberantes y siliconadas, metidas en jacuzzis o bailando en escenarios en altura. Los hombres observan absortos y en este lugar hay machos de todas las edades.

Observo a Rayén, una morena vestida de cuerina negra que trepa un fierro y lo baja de cabeza, al ritmo de Evanescence. Me parece triste, mecánica. Una de las chicas que allí trabaja me dice que ella baila para mantener a su hija.

El verdadero negocio de estos clubes son los tragos que las niñas les sacan a los hombres. Y si los hombres quieren salir con las niñas del local, el pago es aparte. Diosas cobra 60 mil pesos y

Passapoga 120 mil. Y los hombres los pagan.

PÍA, MI COMPAÑERA CACHONDA

La segunda clase con Antonio no es mejor, estoy absolutamente desconcentrada y sedienta por el sopor que me produce ensayar con 35 grados de calor a la sombra. Olvidé la mitad de la coreografía. Me pide que trate de trepar la barra hasta el techo. "¡Olvídalo! Puedo terminar con alguna cervical fracturada y sin dientes", le digo. Le confieso a Antonio que no sé si resulte el strip tease, que usé mi primera falda a los 20 años y que no soy tierna, ni falsa. Le advierto que si fuera tan "sexona" estaría en un programa de talentos, andaría en un auto descapotable con extensiones rubias-rubias y pololearía con un actor. Él me mira apenado. "Si no eres hot, al menos aparenta", me dice. "¡Eureka!", digo yo, y me acuerdo de la Pía, mi compañera cachonda del colegio, la que pedía que le subieran las notas meneando las pechugas al profe de química. Ella será mi inspiración. "Vamos con la música, que ahora puedo", le digo a Antonio y desarrollo mi performance con un relajo, tanto que me sorprendo de mí misma.

"Esooo, lo lograste", me dice, mientras sacudo el pelo y cada gesto de mi cara se vuelve ardiente, aunque esté haciendo una pirueta, o tocándome tendida de espalda en el suelo. En ese momento destilo estrógeno a mil. "Excelente, totalmente calentona, ahora estás lista", grita Antonio. Soy oficialmente una chica Passapoga.

Llegó el momento

Es jueves, el día de la presentación. Llego al local y llevo mi red de apoyo: un grupo de mujeres compuesto por hermanas y amigas. En el camarín comienza la transformación. Me pongo pantys de red, corsé de satín negro y botas de charol. Luchito, el peluquero de las niñas, comienza a alisarme el pelo. Luego, Rody, uno de los bailarines, me maquilla con una base mate especial para shows. Hay mujeres desnudas por todos lados, de rostros oscuros, blancos y morenos. Damaris, una bailarina blonda, es la más amigable, me cuenta que congeló su carrera de pedagogía en danza, y que retomará sus estudios el próximo año. Hay varias niñas que estudian, muchas tienen hijos, o esposos que esperan en casa. Me dice que me hará unos "chinos", eso quiere decir que me dejará con los ojos más rasgados a punta de sombra difuminada y delineador. También me sugiere que salga con la boca roja, y le hago caso. Cuando al fin termino la metamorfosis, no me reconozco. En el escenario bailan chicas vestidas de marineras al ritmo de "Candy Man", de Ch ristina Aguilera. En la última parte del show sacan crema de sus vasos y la frotan en sus pechos. Sandro propone un nombre artístico para mí: será una sorpresa. Cuando estoy absorta mirando el show, noto que he bajado dos copas de pisco sour. En ese momento un mozo me toca el hombro para decirme que es mi turno, y tomo el último trago al seco. Cuando llego al camarín, Damaris me da un retoque de brillo en los labios y me aconseja antes de bailar: "Bien zorra, galla, imagínate que el mino que te gusta está ahí y te lo querís comer". Así lo haré.

Los bailarines están detrás de mí en el escenario, las cortinas se abren de a poco, y sale el humo. Antonio y Rody me dan una palmada en el trasero y al unísono gritan: "¡Mierda, mierda!". A lo lejos se escucha la voz del presentador anunciando mi salida. "Ahora con ustedes Ángel, una mujer hondureña que sueña con alcanzar el éxito como estrella de night club". Dejo que el miedo se apodere de mí sólo cinco segundos, y no cedo más. Comienza a sonar la música, bajo lentamente la escalera y me quito la chaqueta. Recuerdo el consejo de Damaris, bailo para mi hombre imaginario, por obviar al grupo de gringos torpes con cara de hambre, a los japoneses, o a la mesa de gorditos con pinta de mafiosos que componen mi público. Poco a poco mi álter ego, Ángel, da rienda suelta a sus sentidos, con movimientos de pelo ondulantes, gateando por el escenario, mirando lujuriosamente y trepando del caño. Llega el momento de sacarme el bikini; encandilada por un foco, lo desabrocho y en esos segundos, sin sostén, siento que no importa nada, y que este desnudo es un desnudo del alma, donde me despojo de complejos. Respiro hondo, y le doy la espalda a la gente, sigo bailando tapándome con los telones de mostacillas, y se cierran las cortinas. Lo hice, terminó, y siento los aplausos. Rápidamente me pongo la chaqueta, un mozo me lleva hasta la mesa. En el pasillo un gringo me invita a sentarme en su sillón, y otro chico me llama por mi nombre artístico. En ese momento sólo quiero un abrazo de quienes saben quién soy. Las mujeres me felicitan y Sandro dice que salió mejor de lo que esperaba. Linda fantasía, pero todo es ilusión. Creo que no hay mujer fea, y parafraseando a Charly García: "Todo es cuestión de actitud". Pero ya me quiero ir de aquí. LND

 

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