
Lunes 10 de diciembre de 2007
CHILE ES UN país pequeño que se encuentra lejos de los centros de decisión. Estamos acostumbrados a ver los fenómenos globales como algo ajeno. Pero tenemos una influencia que ganar, junto con otros, y que necesitamos precisamente porque somos pequeños y lejanos. Mientras el mundo más se rija por reglas racionales, mejor podremos enfrentar las consecuencias de los desórdenes globales. Y la nuestra no puede ser sino una influencia amistosa basada en ideas y trayectorias.
Un ejemplo es el calentamiento global, que tendrá graves consecuencias, y desde luego en Chile. Se está justo a tiempo de evitar que supere el umbral fatal de los dos grados. Nuestro país debe tener una voz en la materia, y un fuerte programa propio de reducción de emisiones de gases con efecto invernadero que nos dé autoridad para reclamarla, con otros, a los grandes países que producen el problema. Al esfuerzo de lograr un acuerdo internacional fue convocado por la ONU el ex Presidente Ricardo Lagos. En Chile, en vez de congratularse, muchos no han hecho más que minimizar este rol por razones de política interna, por mucho que en su Gobierno se pudo haber hecho más en materia ambiental (siempre se puede hacer más) y deberá hacerse más en el futuro. Así se equivoca el camino y no se defiende el interés nacional.
La paz del mundo está amenazada, por otro lado, por los reacomodos hegemónicos y la lucha por los recursos naturales. En octubre, George W. Bush levantó el espectro de un "holocausto nuclear" y el riesgo de la "tercera guerra mundial" por el programa de enriquecimiento de uranio de Irán. En estos días de diciembre nos informamos que los servicios de inteligencia de EEUU afirman que ese país asiático congeló su plan nuclear militar en 2003. Ya sabemos que las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein no eran más que quimeras para justificar la invasión norteamericana de Irak y acceder a una zona rica en petróleo. Sabemos que la Rusia de Vladimir Putin se recompone sobre la base de su capacidad energética y reconstituye un poder fuerte con una democracia débil; que Europa se amplía, pero debilitando su capacidad de acción; que países emergentes como China e India transformarán su importancia creciente en la economía mundial en influencia política. China es hoy el principal mercado de exportación para Chile y lo será de manera progresiva para el resto de Sudamérica, en una dinamización de los intercambios sur-sur inimaginable hace unas décadas.
Chile necesita que se fortalezcan las instituciones y el derecho internacional, y puedan regularse, al menos en parte, los grandes conflictos en desarrollo. El ejemplo dado por nuestro país al oponerse a la guerra en Irak enfrentando presiones de EEUU en vísperas de la firma de un acuerdo comercial, generó admiración y respeto, porque no se condecía con su tamaño. Y abrió puertas para una posición de mayor influencia. También Chile hizo lo adecuado al invitar a los países de América Latina a contribuir a la estabilización de Haití y sumarse al nuevo esquema de Comunidad Sudamericana de Naciones.
Sin embargo, la integración se encuentra paralizada por los conflictos de intereses nacionales y cierta dosis de sobreideologización. Venir, tal como lo hizo el Presidente Hugo Chávez, a una cumbre a contradecir el proyecto de crecimiento con cohesión social representado por la Presidenta Michelle Bachelet, y generar incidentes verbales mal respondidos por un rey que simboliza épocas coloniales ya pasadas, no ayuda a fortalecer un liderazgo de ideas y de proyectos capaz de influir en el contexto global. Para no arar en el mar, hay que darle un impulso moderno al proyecto de Simón Bolívar, a lo que no ayuda una retórica confrontacional. A la postre, el pueblo venezolano, mayoritariamente favorable al avance social promovido por el Presidente Chávez, no aceptó validar la personalización del poder, como tampoco el resto del continente acepta el intento suyo de transformarlo en zona de influencia para fines de liderazgo personal.
Sería un grave error consagrar en nuestro continente, una vez fracasadas moral y políticamente las dictaduras militares de derecha y dejados a un lado los modelos neoliberales del consenso de Washington por ineficaces y promotores de inaceptables desigualdades, la idea de que los avances sociales sólo son posibles con Estados autoritarios y caudillos a su cabeza. Tampoco hay un modelo chileno libremercadista que vender, como las derechas y algunos organismos internacionales quisieran, pues ese modelo del pasado no convoca a nadie sino a los pocos dueños de la riqueza en el continente. Si hay un proyecto chileno que defender es el de la democratización con cohesión social que se basa en fuertes políticas públicas y en una eficacia económica regulada. En el debate político interno es esencial ver el vaso medio vacío y no dejar el terreno libre para la regresión neoliberal o para la lumpenpolítica dedicada a conquistar posiciones burocráticas en el Estado antes que a avanzar a mayores grados de cohesión social. Ni se debe aceptar la vuelta a la lógica de las "depuraciones", propias de la guerra fría, en nuestros partidos progresistas, que creíamos se habían reconstruido respetando la diversidad y la democracia interna de modo de promover con legitimidad la democracia y la tolerancia en la sociedad. Y se debe terminar con la carencia, costosísima para el país, de un control nacional suficiente de los recursos naturales
En la proyección externa de Chile, en cambio, es donde se debe subrayar la parte medio llena del vaso, que por supuesto también existe. La opción de sociedad que combina democracia, progreso social, sustentabilidad y eficacia económica puede y debe ser defendida como un camino en parte recorrido, que debe seguir recorriéndose con una mayor incidencia social y ecológica en la ecuación. La mejor opción no es la sujeción a la potencia dominante, sino construir integradamente un mejor bienestar para los pueblos, con libertades y prosperidad compartida, subordinando a los poderes económicos minoritarios, gobernando el mercado desde la democracia. El desafío es hacer de la democracia progresista la gran bandera latinoamericana como la mejor base para la identidad, la coordinación y la proyección continental. Y decirlo con claridad.