
Lunes 10 de diciembre de 2007
SI REVISAMOS las encuestas de los últimos cinco años vemos que los chilenos estamos llenos de temor: a perder el empleo, a una vejez sin protección, a la delincuencia, a los inmigrantes, a no tener acceso a una educación digna para nuestros hijos. Las parejas jóvenes no se atreven a tener hijos por estos miedos que acosan a la sociedad. En Chile, el miedo tiene dos componentes: por un lado, el concreto a perder el trabajo, y por el otro, el más general, que expresa la precariedad con que afrontamos la sociedad global.
Hoy, el mundo es una fuente de peligro. El calentamiento global y la crisis de los carburantes son ejemplos de situaciones que no manejamos y que afectan nuestras vidas. Paolo Virno, filósofo italiano, dice que el miedo por un motivo determinado (perder el trabajo) era algo socialmente gobernable, pero que ahora, en cambio, en la globalización, las dos cosas son una sola: cuando siento miedo por un peligro concreto, siento también mi precariedad y la del mundo como tal.
El Estado ha perdido su capacidad de ser un Estado nacional que cobija a todos los hijos de la nación y en la medida que la economía se mundializa, muestra sus profundas disfuncionalidades. Jürgen Habermas, en su "Teoría de la acción comunicativa", describe cómo el tipo de organización que se basaba en el intervencionismo estatal en la economía, la democracia de masas y el Estado de bienestar se ha caído con la globalización y con ello la organización del Estado social que neutralizaba los conflictos.
El proceso descrito repercute con fuerza inusitada en "países localizados" como el nuestro. Ser local en un mundo globalizado, dice Zigmunt Bauman, es una señal de penurias y degradación social. Las elites de los globalizadores son extraterritoriales y abarcan todas las esferas de la producción de ideas, valores y mercancías. En Chile, este proceso hace emerger un nuevo modo de ser en la esfera pública, caracterizado por el hecho de que el Estado quedó obsoleto. Esto produce inequidades y pérdida de confianza de la ciudadanía en la democracia y sus instituciones. No basta votar, porque los políticos hacen lo que quieren y no lo que el voto les obliga. El ciudadano, en sociedades periféricas como la chilena actual, no cuenta.
¿Qué hacer? El único camino es permitir que los ciudadanos expresen sus singularidades por medio de organizaciones propias. El movimiento pingüino es un paradigma de este proceso nuevo y están emergiendo otros movimientos sociales, al margen y en contradicción con la esfera estatal. Parece que estamos ante un fenómeno de democracia no representativa que se abrirá camino con o sin la anuencia de los partidos. Estos ya no son fuente de cambio social. Por el contrario, en muchos casos lo limitan.
El nuevo estilo ciudadano impulsado por la Presidenta Bachelet ha descolocado a la clase política. No lo entiende y por eso se equivoca al interpretar las señales de rebeldía de la gente cuando justamente es este nuevo estilo el que alimenta las bases de la nueva sociedad. Con Bachelet hemos iniciado una nueva época ciudadana, que se caracteriza por la exigencia de más participación y la búsqueda de nuevos canales de expresión.
Si no entendemos que la sociedad globalizada del futuro está llena de inestabilidad y precariedades, estamos dando palos de ciego. Necesitamos más y mejor educación, humanos más comunicados, informados y socializados. El futuro puede "estar lleno de promesas, pero también de errores", nos dice Virno. Para él, la idea de futuro no está garantizada por el progreso y por eso hay tanto miedo. Por lo mismo, nos dice, hay que intentar algo nuevo aquí y ahora.