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  14:15: Hora del postre de Satanás

  Las miles de muertes jamás podrán justificar ni la bonanza económica ni los niveles de progreso ni el buen estado en que se encuentra la patria. Lo material nunca podrá justificar la ausencia de una vida que no puede disfrutar de este momento.

Lunes 10 de diciembre de 2007

Eran pasadas las dos de la tarde de ese domingo y mi padre me llamó desde Constitución para darme la noticia: había muerto el dictador. Primero pensé que era una broma, pero luego prendí el televisor y vi la verdad. Por fin empezaba a desaparecer el gestor de la página más oscura de Chile. Ya pasó un año. Imposible no recordar que esa tarde -diría luego un comentarista miope- también me convertí como muchos otros en un ser medieval. Salí a celebrar con una botella de champaña el término de la triste figura del dictador. En los muros de la Biblioteca Nacional alguien escribió: "14:15: hora del postre de Satanás ". Nada menos que para el Día Internacional de los Derechos Humanos. Qué fuerte lo de este hombre. Qué karma el suyo.

Al fin comenzábamos a ver que la noche oscura se retiraba y los malos recuerdos iban a engrosar la historia. Sabíamos que sólo las fechas en el calendario nos harían recordar cuán trágico fue, para quienes vivimos esa época, la crueldad del hombre que rigió nuestra querida patria por 17 años. Nunca olvidar. Perdonar es algo que hace bien al alma, pero no permitir el olvido. Somos de memoria frágil como para recordarlo. Sobre todo, comparamos los absurdos del desquicio, tratando de empatar con las estupideces de nuestros tiempos, como si fueran cosas iguales. Las miles de muertes jamás podrán justificar ni la bonanza económica ni los niveles de progreso ni el buen estado en que se encuentra la patria. Lo material nunca podrá justificar la ausencia de una vida que no puede disfrutar de este momento.

Alguien me dijo cómo pudiste ir a celebrar. Lo hice como el primitivo hombre que soy en muchos momentos, como forma de expresar mi aliento porque al fin podíamos descansar como Estado, nación y país. Estoy convencido de que la historia lo pondrá en el lugar que corresponde, grabado con terror y sangre. Debemos dejar de tener miedo de decir lo que pensamos y escribir lo que uno predica. El pasado estuvo lleno de temores. Muchos nos acostumbramos a censurarnos, dejando de expresar nuestros sentimientos: error, el alma no debe privarse de expresar lo que siente. Así como hay amor, también existe frustración. No todos los días muere un dictador y, perdóneme, ¿acaso él no se rió muchas veces de los chilenos que estaban en situaciones límite o definitivamente de los desaparecidos? Cómo no recordar cuando, consultado por las fosas comunes donde había dos cadáveres, respondió burlándose: "Qué ahorro".

Así comienza a quedar en el mal recuerdo este ser. Así también veo que hoy los problemas que afloran son los propios del momento. Ya no existe el dictador y nadie desea recordarlo, ni para bien, porque quita votos, ni para mal, porque hay millones de temas y cosas más interesantes. Soy parte de una historia. Ella me ha permitido ver que los dictadores son todos crueles. Ninguno se llega a convertir en alternativa. Por eso es prudente saludar con alegría a nuestros amigos venezolanos, que le han dado una lección en las urnas a la prepotencia personificada en Chávez, el que hoy se viste de demócrata, pero no se puede olvidar que entró como golpista al poder.

Sin alejarme del tema, nunca es malo decir que no soy partidario de ningún exceso de poder. Eso implica desde dictadores que pueden fácilmente identificarse hasta los que desean imponer dictaduras culturales, morales o sociales. La democracia se debe defender, respetar y sobre todo entender que es el mejor sistema de administración conocido. Si alguien tiene una mejor fórmula, que la implemente. Es claro que aún no existe. Puede ser que nuestra nación avance sin soportar otra dictadura con otro maniático. Si en algún momento la estupidez nos hace perder el camino, ojalá los líderes y la gente de bien tengan la sabiduría de encontrar puntos de acuerdo. Estoy convencido de que el país está poblado de personas capaces de entenderse antes que enfrentarse. Salí a la calle a desahogar el espíritu, a sentirme libre de los desquicios de quien nos sometió a proyectos que nos distanciaron y que aún dejan huellas. Pero el sol nunca se podrá tapar con un dedo y los crímenes tampoco se pueden callar con el olvido. Nunca olvidar, perdonar sí.

 

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