
Jueves 13 de diciembre de 2007
Cada día el personal que aparece en los diarios se parece más al que campeaba por sus fueros en el patio del colegio. Particularmente los matones (era un colegio masculino). Estos matones eran y siguen siendo desagradables de por sí y sobre todo por sus modales. Quiero decir que el tímido sigue siéndolo aun cuando está solo en su rincón. El matón, en cambio, sólo es matón cuando invade el espacio ajeno para intimidar.
Resulta difícil no recordar a esos matones al referirse a los rehenes de la guerrilla colombiana de las FARC, cuya suerte depende del anciano jefe "Tirofijo" Marulanda, quien exige ahora la creación de una zona de varios cientos de kilómetros cuadrados para proceder al reclamado y siempre postergado intercambio entre cincuenta rehenes y alrededor de 500 guerrilleros encarcelados por el Gobierno colombiano.
Imposible no pensar en los matones y en sus víctimas siguiendo el caso de Ingrid Betancourt, cuya triste historia recuerda a aquellas que contaban en las escuelas para advertir a los niños de cuidarse de los matones. Esas que enseñan que no basta con tener razón para que los otros la reconozcan. Esta historia de madres secuestradas y de hijos privados de sus madres no la cuentan ahora en las escuelas, sino en los diarios y la televisión. Una joven candidata a la Presidencia de la República colombiana, agitando las banderas de la lucha contra la corrupción y de la ecología, desafía a la guerrilla en su terreno. Secuestrada por ésta en febrero de 2002, se la ha visto ocasionalmente en imágenes filtradas durante estos largos años, que para ella habrán sido eternos, enérgica y altiva en los primeros meses, debilitada y abatida en las últimas semanas.
Y a sus hijos, esos niños separados violentamente de su madre, los hemos visto crecer y convertirse en adultos, adquirir voz propia, suplicar, exigir, poner su esperanza en manos de mandamases como Sarkozy y Chávez (as de copas y as de bastos), que bien quieren sacar su castaña de ese fuego. Los hemos visto en estos últimos días pedirle a su madre que no flaquee, que no se deje morir. Y recordarnos que Ingrid Betancourt es el más emblemático pero no el único rehén en Colombia.
Esos rehenes, a los que conviene no olvidar, obligados a desplazarse constantemente por la selva y utilizados como escudo humano a la hora de un enfrentamiento, son sólo el ramaje visible del vasto palmeral de la guerrilla, que pretende utilizarlos como moneda de cambio para obtener la liberación de sus combatientes presos. Para las FARC, un ejército paralelo de doce mil combatientes, la mayoría de ellos jóvenes campesinos reclutados por la fuerza, lo esencial del negocio está en el tráfico de drogas y el secuestro con fines económicos, cuyos montos son incalculables. La sola distinción entre rehenes "políticos", susceptibles de ser intercambiados por prisioneros, y rehenes "económicos", es perversa e injusta.
Desde luego, presionar para obtener de las FARC la liberación de todos los rehenes no significa alinearse detrás de la política tantas veces patibularia del Gobierno colombiano, ni mucho menos aceptar las prácticas criminales de los grupos paramilitares a sueldo de los terratenientes. Sin embargo, pese a las malas mañas de sus adversarios, a la última guerrilla sudamericana no le queda legitimidad ninguna que reivindicar.
Y al viejo líder de las FARC, el mal afamado "Tirofijo" Marulanda, tras una campaña guerrillera de medio siglo, le queda tal vez una última bala en el cargador. La podría usar para hacer saltar la cadena con la que mantiene atados a los rehenes y negociar la reinserción de sus huestes en la lucha política y social, que bien necesitadas están de sumar fuerzas. Pero es más que probable que ese último cartucho lo desperdicie matoneando.