
Jueves 13 de diciembre de 2007
Claudio Borghi quiere ser chileno. La gente tiene ocurrencias extrañas y el "Bichi" siempre ha sido un tipo extraño, genial pero raro. Y la pide en combo familiar, lo que hace dudar si fue idea suya o de su tribu, entre la que hay un hijo rancagüino. No sabemos si fue una concesión familiar porque el rancagüino estaba en inferioridad anímica o un detalle generoso del "Bichi" con este pueblo que lo ha convertido en rey guachaca y en ídolo transversal. "Nunca me ha puteado un chileno, ni siquiera un chuncho", nos dijo una vez este tipo genial, que tiene calado a este pueblo como para saber que la ausencia de "puteo" es una señal de admiración incondicional. Curiosamente su hijo es rancagüino, que debe ser la única ciudad chilena donde Argentina ha perdido más que ganado. Ahí fue eliminada en primera fase del Mundial del 62, esa "fiesta universal del deporte y del valor".
Borghi va a tramitar su nacionalidad por la legal que ahora le permitirá ser chileno sin perder argentinidad. Y de paso se evita pasar por el cedazo xenófobo de la familia del deporte que ofreció el bochornoso episodio de la nacionalidad por gracia negada a Horacio de la Peña. Ahí mostramos cuán sincero es nuestro amor al amigo cuando es forastero y la miseria alojada en nuestros corazones de chilenos.
En tiempos globales, la nacionalidad debería regularla el mercado, como el precio del petróleo o la cotización del riesgo país. Si el mercado regula nuestras vidas con tanta devoción, entreguemos también la nacionalidad a ese vaivén. Si puedes invertir en cualquier país del globo, si puedes comprar una fábrica en China y reventar a doscientos trabajadores chilenos por poco competitivos, la patria debería cotizarse en la bolsa y el "Bichi" no tendría que ir a La Moneda sino a las oficinas de algún broker, para que le tramiten el pasaporte. Cambiar de nacionalidad o adquirir una nueva, como es el caso de la familia Borghi, debería ser un trámite menor, más en el caso nuestro donde deberíamos santificar a los aspirantes.
Porque ¿quién tiene más que perder con este tema? Borghi sin duda. Siempre fue un artista, un bicho libre, malo de domesticar, un tipo que en su casa milanesa recibía a Silvio Berlusconi cuando era uno de los mejores futbolistas del planeta y su cachorro favorito en el equipo rossonero. Pero para Borghi, Berlusconi "es tano simpático", nada más. Ese desparpajo suyo está en la base de la adoración que recibe en este reino de la falsedad. El "Bichi" sabe -y lo cuenta- que se fue quedando entre nosotros porque seguía jugando hasta cuando era ya un lisiado y porque sus nenes crecían sin riesgos de ser secuestrados como en el Buenos Aires de entonces.
A Borghi lo admiramos porque es argentino, que no olvide ese detalle, me dijo mi nuevo analista de bolsa. Y no sabemos lo que va a pasar con ese amor cuando empiece a perder partidos y sea sólo un chileno. Será un guatón parrillero al que se le cae el pelo y le asustan los aviones. Poco más. Porque a los nuestros los trituramos aunque nos hayan dado gloria bendita como Iván Zamorano.
Lo bueno de ser chileno ahora es que no tienen que renunciar a su nacionalidad. O sea, versátiles, como los gays modernos. Un día puedes ser chileno y para el fútbol, un suponer, te haces argentino. Ganas siempre. A Chile, seguro. Ya cuentas esos puntos, esa sensación te debe cambiar la vida. Pero Borghi debe tener un rincón masoquista en su corazón y quiere ser como nosotros. Allá él.