
Viernes 14 de diciembre de 2007
"No tienen contrato. Les pagan por cajas de producción, pero resulta que en 1985 valía 270 pesos una caja y ahora pagan 220. Son 12 horas para hacerse 5 mil pesos diarios y ni siquiera pueden trabajar el mes completo. A las que tienen contrato por un mes, les descuentan las cotizaciones, pero el contratista las paga. Para acceder a una jubilación tendrían que trabajar 120 años". Con ese mismo vozarrón que no duda ni tiembla Florencia Aróstica dirige asambleas, congresos y reuniones desde la presidencia de la Asociación Nacional de Mujeres Rurales Indígenas (Anamuri), organización que formó junto a 52 dirigentas campesinas hace nueve años, separadas de otra organización con el mismo carácter, pero mixta. "Las propuestas no eran escuchadas en esa instancia por los hombres, sólo estábamos para hacer café. Había áreas para mujeres, pero nunca teníamos recursos, porque dependían de los hombres. Por eso nos rebelamos y formamos Anamuri, que hoy tiene 10 mil mujeres", exclama orgullosa.
LIBRETAS DE TEMPORERAS
Este año ha sido especial para ella y la organización, porque realizaron el primer Congreso Nacional de Mujeres del Campo e Indígenas en la Estación Mapocho, con una masiva concurrencia. Y además está, junto a la organización, trabajando en la repartición de cinco mil libretas para mujeres temporeras en todo Chile.
"Es como un diario de vida. Ahí deben anotar los lugares donde trabajaron, las empresas, si les pagaron el sueldo, cotizaciones, si hay sala cuna, comedores o baño, si hay maltrato verbal. Que son además las irregularidades más frecuentes, porque hay hombres que piensan que tratando a garabatos a las mujeres, practican la igualdad", se queja. Con esa información, por primera vez la organización va a tener cifras para procesar datos y hacer un perfil del trabajo de las temporeras. "Ésa es una gran deuda, por eso también estamos trabajando en el tema de una jubilación para las mujeres que trabajan en el campo", dice.
Pero la organización desde donde surgió la actual presidenta de Anamuri es la Red de Mujeres Rurales e Indígenas de la III Región (Ratmuri), donde vive, en la parcela que perteneció a su padre y de la que se fue cuando se casó, para volver a la muerte de su mamá, con hijos y marido. Por eso no es sorprendente que dedique sus días a defender los derechos de aquellas que dejan el sudor en la tierra. "Es el ámbito donde más se discrimina a la mujer, por eso decidí trabajar acá. Las primeras luchas fueron por el derecho a la tierra, porque la reforma agraria no contemplaba a las mujeres, sólo a jefes de hogar y hermanos mayores", dice.
Mujer de izquierda, hija de campesino y madre de cuatro hijos, cuenta que el primer logro fue articular a las propias mujeres en una red. La segunda gran victoria es haberse hecho respetar por las instituciones públicas: "Somos una voz autorizada frente al Gobierno y la sociedad para opinar y presentar nuestras propuestas y ser incluidas en la toma de decisiones".