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  Una joyita

  Una joyita

  En un barrio que se caracteriza por su oferta motelera y por sus casonas devenidas en oficinas donde sus trabajadores nunca ven la luz, una escuela prepara artesanos modernos con fuego.

Domingo 16 de diciembre de 2007

 En plena temporada de ofertones y bombardeo publicitario académico, hay una búsqueda silenciosa, cuidada y artesanal de un reducto donde el pizarrón importa menos que saber mantener vivo el horno. La Escuela de Artes y Oficios del Fuego es dirigida por una mujer con look hippie y aire de madre superiora rockera. Simone Racz es pintora formada en la Universidad Católica (Cepa, 1968), ceramista, gestora cultural y rectora de una escuela especializada en generar artistas de la orfebrería, la cerámica y el vidrio.

Debe ser extraño recibir un título técnico de nivel superior que reza "artífice del fuego con especialización en cerámica, joyería y vidrio". Lo primero que se viene a la mente es un excelente parrillero sosteniendo un cartón junto al asado. Sin embargo, Simone explica que su escuela es en realidad un CFT, que el título está debidamente reconocido por el Ministerio de Educación (por Decreto Supremo N 1006, 4/12/2001) y que la carrera tiene una duración de cinco semestres. "En un principio, la idea de la escuela fue un proyecto que intentaba formar ceramistas, joyeros y vidrieros con la intención de generar un desarrollo de las artesanías contemporáneas, utilizando las más modernas técnicas y procedimientos. En este momento se está titulando la cuarta generación de alumnos en el Museo de Artes Decorativas".

Los alumnos aquí son aprendices en el sentido medieval de la experiencia estética: el maestro habla y la única misión del discípulo es superar el pulido del jefe.

Desde el próximo año se imparte la carrera de Técnico en Conservación y Restauración, con una especialización en pintura, cerámica o metales. La nueva carrera, según dice Simone, cuenta con el apoyo y la asesoría del Instituto Lorenzo de Médici de Florencia (Italia), una de las instituciones más respetadas a nivel mundial en lo que se refiere a este tipo de curatorias. Precisamente, un alumno busquilla llamado Jerónimo Meza-Lopehandía, egresado como Artífice del Fuego mención en Cerámica, ganó en diciembre pasado una beca Fondart como paseante de Restauración en el mencionado plantel italiano bajo la tuición del profesor Lorenzo Casamenti, una de las eminencias VIP de los museos europeos.

Desde Italia, Jerónimo da cuenta de lo que él llama "el oficio de la vida": "La primera vez que llegué a la Escuela del Fuego, me senté en el jardín interior frente a la fuente y permanecí por unos momentos escuchando el canto del agua. Entendí lo maravilloso que sería sentir todos los días ese sonido y recibí esto como una invitación a una nueva forma de vivir, porque la riqueza de esta forma se basa en el deseo personal, en un compromiso", dice.

OJO CON EL ARTE

Para quienes creen que la vida se formatea después de la PSU, o que confunden Art Attack con una clase de dibujo de Jorge Dahm, la escuela de Simone cuenta con un 40% de su alumnado proveniente de otras carreras, terminadas o no, que tienen relación con el ámbito artístico, como diseño, arte o arquitectura, y hasta carreras científicas, como biología. Otra mitad llega como segunda opción profesional ya dedicados a alguna manufactura, y un 10% del alumnado son recién egresados de enseñanza media que ven en esta carrera de cinco semestres una oportunidad única de completar estudios y obtener un campo laboral seguro. Cada uno de ellos sabe que la arena espera millones de años antes de ser soplada por el hombre y convertirse en un vitral o en una vasija tan frágil como el futuro de un artista; de ellos, algunos de los mejor evaluados terminan trabajando para museos o colecciones privadas en el Museo de Arte Precolombino, el Histórico Nacional o La Merced, donde están bien cotizados.

Cuando los jóvenes se forman en el arte, hay muchos puntos relevantes para tocar la formación integral, dice la directora. Simone se refiere a ese desarrollo menos formal de la academia, el que se da con las artes visuales, la música o la plástica. También se incluyen ramos de historia del arte y estética. Incluso hay ramos de gestión para convertirse en microempresario, donde la máxima es "la competencia no puede ser mediocre".

LA SALA DE VIDRIO

Patricia Castro es la profesora de Vidrio. Es una de esas profesoras que lanzan al agua a sus chicos desde el primer semestre. Gestó un convenio con la Municipalidad de Providencia, que pone cada año un edificio público para que el primer semestre los chicos demuestren lo que aprenden en vitrales. Como el que aggiorna el Instituto Juventud 2000 en Manuel Montt con 11 de Septiembre.

Hay muy baja deserción en una escuela en la que la gente entra por más interés que desesperación. Los museos piden practicantes todo el tiempo, que por lo general les dejan trabajando como curadores o ceramistas de inventario. Hoy, los alumnos no sobrepasan los 25 por curso. Ya en el último año suelen asociarse en grupos de dos o tres para montar talleres y es ahí donde la diferencia entre artesano y artista se nota, explica Patricia. Uno de ellos es Elías Jerés (25), quien sostiene que llegó a la escuela de pura suerte, sin saber qué hacer con su vida en Los Ángeles. "Entonces yo ya era artesano, pero ahora soy un joyero", dice desde el local donde trabaja metales preciosos en el Patio Bellavista. "La diferencia está en la tecnificación del oficio; o sea, antes yo era de esos artesanos de feria que andan con el pañito y sus creaciones de alambre, ahora me dedico exclusivamente a crear en un taller", recuerda.

Rosario Covarrubias (26) concuerda con Elías en que es distinto el trabajo del artesano respecto al del artista de taller. Rosario lo intentó con cuatro años de Ingeniería Comercial en una universidad privada y no pudo soportarlo más. Cuando les dijo a sus papás que deseaba ser joyera tuvo que soportar la ley del hielo una temporada. A ella, como a Marilyn Monroe o como a cualquier mujer, siempre le gustaron las joyas. Ese fulgor que las llama desde algún lugar del inconsciente. Rosario puede mezclar lo mejor de dos mundos: el talento de sus manos callosas y quemadas por el fuego del crisol, con la estrategia de una ex ingeniera comercial. "A mí no me acompleja ponerle precio a mis joyas, conjugar el tiempo que me tomó hacerlas o los materiales usados respecto al esfuerzo, y eso es lo que les suele dar miedo a algunos joyeros que se achunchan al hacerlo", dice con la mentalidad de un cirujano que no se levanta de su cama por menos de un millón de dólares. Como si ella y sus compañeros de generación llevarán todo el tiempo la piel impregnada de oro. Elías, Rosario y Jerónimo en Italia tienen en común esos dedos machacados y la sonrisa ancha de quien sabe que su futuro vale exactamente lo mismo que su espíritu. LCD

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