
Domingo 16 de diciembre de 2007
Tengo muy buena memoria verbal (tanto como la tengo mala para las imágenes y nula para los números), algo que suele hacerme pasar por culto, aunque en realidad he desperdiciado muchas más ocasiones de leer que las que aproveché. Recuerdo los nombres de personajes de ficción menorcísimos; sé que los profesores de Franny, a su vez un personaje menor de Salinger, se llaman Manlius y Espósito. Puedo volver a contar un cuento de Borges sin alejarme mucho del original. Todo esto no es para jactarme, sino para referirme a las excepciones: a los libros que recuerdo mal. ¿De qué están hechos los recuerdos erróneos? ¿No son como la sombra de la literatura, la silueta de textos que nunca se escribirán?
Sé que recuerdo mal "El cielo protector", de Paul Bowles. Hasta donde recuerdo, es la historia de Kit y Paul, aunque estoy seguro de que el hombre no se llama así. Ambos viajan por el Sahara con su amigo, un gordo al que veo con los rasgos del marido cornudo en "El paciente inglés", libro que a su vez me parece escrito por Bowles. Kit quiere tomar champagne en un tren, pero el champagne está tibio. El amigo le sirve más. El tren hace un ruido que suena como "Not now-not now". Mientras tanto, Paul, que por algún motivo no va en el tren, corre por el desierto. O quizás anda en jeep. El hecho es que de repente se encuentra volando de fiebre en una tienda, y ahora se llama Port, porque acabo de recordarlo, aunque no entiendo por qué Kit tiene la cara pintada con rayas rojas como una apache. Y algo debe andar mal, porque la novela se disuelve y veo al propio Bowles, con una guitarra en la mano, explicando que escribió todo el final de la novela con la técnica surrealista de la escritura automática. Y enfrente está Gertrude Stein, que le dice que su prosa es pésima y que debería dedicarse a la música. Luego, Bowles, Kit y Port están en un bar con el escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, cuyas novelas tampoco recuerdo bien. Pero eso no es importante. Lo importante es que son felices.