
Domingo 16 de diciembre de 2007
"Este trabajo se inscribe en la continuación del trabajo de Violeta y creo que es un lindo regalo para ella en este año de su noventa aniversario", estima Ángel Parra I en el texto de carátula de "Guitarroneros de Pirque". La iniciativa de Gonzalo Henríquez (González y Los Asistentes) por dejar un registro idóneo de una de las más ricas tradiciones musicales de nuestro valle central se emparenta, es cierto, con los esfuerzos que en los años cincuenta llevara a cabo Violeta Parra en su trabajo de recopilación musical campesina, y nace, probablemente, del mismo asombro: ¿cómo algo tan atractivo no contaba ya con discos a través de los cuales darlo a conocer?
No es novedad comentar los vacíos generales de la discografía popular chilena. Hasta ahora, los álbumes en los que se podía escuchar a los próceres del canto a lo divino incluso a los nombres mayores de Santos Rubio (n. 1938) u Osvaldo "Chosto" Ulloa (n. 1936) eran registros escasos y descontinuados, o que muchas veces se han limitado a la difusión académica. "El guitarrón chileno, herencia musical de Pirque" (2000) aparece como el antecedente natural de este disco, que, sin embargo, lo aventaja en accesibilidad y calidez. El mérito es del enfoque de producción, que es respetuoso de las particularidades tan poco ortodoxas del género (el canto de los guitarroneros escapa por completo a las convenciones y ofrece una rara hermosura a partir de su aspereza), pero que, también, se permite introducir muy discretos timbres importados, como los del armonio o el acordeón. El encuentro entre estos guitarroneros veteranos y el entusiasmo joven de invitados como Álvaro Henríquez da forma a música inquietante en su belleza y su profundidad, en la que ni una sencilla canción de amor logra zafarse de una carga identitaria por completo sorprendente. Acaso sea cosa de los versos (los de "Déjame que te quieran" les darían lecciones a varios baladistas acomodados y la clase de teología de "Versos por apocalipsis" no es menos encomiable), acaso sea el encanto misterioso de este instrumento chileno que hace a sus 25 cuerdas sonar como toda una orquesta. En el debate incesante sobre identidad en tiempos de globalización, un disco como "Guitarroneros de Pirque" zanja la discusión sin más alarde que el de su esencial crudeza.