
Domingo 16 de diciembre de 2007
El Primer Ministro británico, Gordon Brown, se parece cada vez más a Rocky Balboa en sus momentos finales sobre el cuadrilátero: golpeado al punto de tambalear sobre sus pies, ensangrentado por un castigo tenaz e implacable, cruelmente apabullado, incapaz de responder a los ataques.
Tras algunos meses de luna de miel con el electorado, luego de haber sido designado en el cargo de modo interino el 27 de junio, los golpes contra Brown comenzaron a sucederse sin tregua desde fines de septiembre. El primero de ellos provino de la arena política y derivó en un "repliegue vergonzoso" como lo definió David Cameron, líder de la oposición conservadora del flamante premier de origen escocés.
Hasta entonces, las cosas habían ido muy bien para el nuevo inquilino del número 10 de Downing Street, quien parecía coronar con su llegada a la Jefatura del Gobierno diez años de éxitos políticos como Chancellor of the Exchequer ministro de Hacienda y Economía de Tony Blair, con inmejorables indicadores de empleo, inversión y crecimiento. En estas circunstancias no es de extrañar que una encuesta de la prestigiosa empresa ICM realizada el 19 de septiembre mostrara que los laboristas aventajaban en ocho puntos porcentuales a los conservadores, después de haber estado nueve puntos abajo en abril, con Blair todavía en el Gobierno. Una semana más tarde, otra encuesta realizada por YouGov para Channel 4 amplió la ventaja laborista a 11 puntos, tras los altisonantes anuncios de la conferencia anual del partido y una importante exposición mediática.
El escenario se prestaba para hacer apuestas de grueso calibre. Y éstas no tardaron en llegar: la posibilidad de llamar a elecciones anticipadas a comienzos de noviembre pareció estar a punto de concretarse, en la medida en que el círculo de asesores personales de Brown consideró idóneo el inmejorable momento del Gobierno en las encuestas para consolidar su mayoría parlamentaria y refrendar mediante el voto popular la legitimidad política del Primer Ministro.
Fue entonces que David Cameron habló ante la sesión plenaria de la conferencia anual del Partido Conservador en el balneario de Blackpool, seguida a través de la televisión pública por decenas de millones de telespectadores. No se trató de la brillante oratoria del líder tory, en un registro no obstante coloquial y cercano a las masas. Ni siquiera influyó demasiado el hecho de que no usara notas ni teleprompters en un discurso que superó una hora de duración. Lo que verdaderamente pareció impactar a la gente fue su "contraofensiva", como la denominó: además de retomar una decidida defensa de las políticas de sustentabilidad basadas en el ecologismo, presentó una batería de medidas elaboradas por staffs especializados, entre ellas una propuesta para eliminar los impuestos a la herencia para gran parte de la población, oferta que caló hondo en la extensa clase media británica.
GOLPE A LOS BOLSILLOS
La jugada de los tories se reveló incisiva, sobre todo después que una semana más tarde otra encuesta de ICM y "The Sunday Telegraph" confirmó que Cameron exhibía ahora una ventaja de siete puntos sobre Gordon Brown, un hito no alcanzado por ningún líder conservador en más de 15 años.
¿Ayudó la notable impericia política de Brown a este resultado? Así lo aseguran los analistas, apuntando por ejemplo a su desastroso viaje relámpago a Irak para visitar a las tropas en Basora, visita realizada en medio de la conferencia anual conservadora con el propósito excesivamente obvio de restarle a ésta protagonismo mediático. Brown rompió así un antiguo "acuerdo de caballeros" que impedía cualquier ruido mediático durante la conferencia del partido contendor, utilizando además con fines electorales el anuncio, altamente sensible, de una retirada de tropas británicas de Irak.
Como era de esperar, Gordon Brown tuvo que anunciar finalmente su decisión de postergar un llamado a elecciones "por lo menos hasta el 2009". Intentó justificarse con el débil argumento de que era necesario que el electorado tuviera tiempo para comprender sus nuevas políticas antes de votar.
Torpezas más o menos, hasta allí todo discurría en un acotado ámbito de lucha política partidista. Pero en la administración pública y el sistema financiero ya se estaban preparando varias cargas de profundidad que impactarían casi simultáneamente, desde diversos flancos, bajo la línea de flotación de la administración laborista. De hecho, en las primeras semanas de octubre ya se conocía públicamente que el Banco Northern Rock golpeado por la crisis financiera originada en el mercado inmobiliario estadounidense, en el cual había comprometido ingentes recursos estaba al borde de la quiebra y amenazaba a cientos de miles de ahorrantes británicos.
"El Partido Laborista es en parte responsable señala a LND Jenni Russell, analista de "The Guardian" . Brown quitó al Banco de Inglaterra [Banco Central] la responsabilidad de supervisar el sistema financiero, impidiendo que un grupo de expertos pudiera ver venir la crisis. La gente de la City me ha dicho que bajo el antiguo sistema el banco habría sabido mucho antes que el problema venía en camino. Asimismo [el Chancellor Alistair] Darling podría haber dado alguna solución tras bambalinas antes que el caso de Northern Rock fuera conocido por el público, si no hubiera estado atemorizado por la probable reacción de Brown. Darling es una marioneta de Brown, y la City lo sabe".
ESCÁNDALO CLAVE
La feroz andanada de golpes no se detuvo allí. El 20 de noviembre salió a la luz pública el extravío, por parte de un funcionario de bajo rango, de dos discos con información confidencial de 25 millones de contribuyentes, calificado como la mayor pérdida de datos personales en la historia del Reino Unido. Y aunque se ha asegurado que el origen del problema reside en los recortes presupuestarios y el deteriorado estado de la administración pública por lo que este evento podría haber afectado a cualquier gobierno, incluso a uno de centro-derecha , ha sido Gordon Brown quien ha debido pagar los platos rotos e incluso prestarse a bromas pesadas, como la que le espetó el líder liberal-demócrata en el Parlamento, destacando la "notable transformación del Primer Ministro en las últimas semanas, en que pasó de ser Stalin a Mr. Bean".
Si la oposición ya había olido sangre ante el cúmulo de tropiezos del laborismo, la revelación a fines de noviembre de la existencia de donaciones ilegales al partido por más de 600 mil libras (cerca de 612 millones de pesos chilenos) por parte de intermediarios del empresario inmobiliario de Newcastle David Abrahams, pareció encender con renovados bríos los ataques a Brown en la sede del Parlamento en Westminster.
"¿Podrán superar esto los laboristas? Creo que tendrán mejores tiempos opina Russell . Esta corrida de mala suerte debiera terminar. Pero dudo que puedan obtener una mayoría en el futuro próximo, porque el atractivo de Gordon Brown ya no se sostiene [ ]. Quizás un atentado terrorista podría marcar una diferencia: en ese momento todos se unen tras el Primer Ministro. Pero lo único que realmente podría salvar al Partido Laborista sería el factor de bienestar; que los votantes se sintieran tan satisfechos en 2009 que votaran por ellos pese a todo. Y dado el actual escenario económico global, eso no parece muy probable". LND