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  Kramer, Presidente

  Los dirigentes se escudan en la muleta del orden público, donde radica el problema, aunque quizá los clubes sean cómplices de estas asociaciones para delinquir que son sus bandas de líderes positivos.

Jueves 20 de diciembre de 2007

En un país modelo como éste, el fútbol sigue viviendo en las catacumbas, secuestrado por doscientos imbéciles que mantienen de rehenes a todos los aficionados y que deciden cuándo se termina un partido. Porque su equipo va perdiendo, porque no les gusta el árbitro, porque el dealer los vacunó, porque les sale de las pelotas. La semana pasada abortaron las semifinales del campeonato en el clásico más clásico del fútbol. La imagen de Kramer, uno de los cuatro líderes que manda en la Universidad de Chile, parado entre dos piquetes de las fuerzas especiales de Carabineros, dentro de la cancha del estadio Monumental, dirigiendo el espectáculo como si fuera el rey del show, es una foto del estado de la imbecilidad futbolera. El club les da entradas, no se vayan a enojar los perlas; las fuerzas especiales de Carabineros ordenan que le abran la reja para que Kramer mantenga sus hordas tranquilas, renunciando a su única pega, que es hacerse cargo del orden público. Y el rey Kramer se permite insultar en la mera oreja a un futbolista de su equipo cuando va a lanzar un corner, como si además de controlar el circo tuviera el poder de entrenar a sus futbolistas. ¿En qué estadio del mundo -civilizado- hay un matón flanqueado por la policía para que le cuide los perros?

Sin recurrir al tópico sensiblero de que "alejan a la familia del estadio", no se entiende cómo don Belisario Velasco, ahora que Carabineros volvió al redil de su Ministerio del Interior, no soluciona el problema de una buena vez. Es un problema de orden público y el Estado sigue encogido, acojonado, meado en los pantalones porque Kramer, Anarkía, El Beto y el Mono Ale, los jinetes del Apocalipsis futbolero, decidieron que mandan ellos. Estos tipos, igual que los de la Garra Blanca, dirigidos por el comandante Pancho Malo a los que el team Ruiz Tagle -de Blanco y Negro- contrata para pintar el estadio y mima, o los Cruzados, donde el teniente Spiry indica quién es el terror de las pistas. Da igual el color de sus amores porque estos zánganos harían el mismo desastre si hubieran nacido en la acera de su rival.

El fútbol parece moderno pero es viejo. Sigue impregnado de su cultura odiosa, y perdedora. Cambió la casta social que lo dirige y ahora están en el negocio los grandes empresarios que han creado tanta riqueza y desarrollo en el milagro económico chileno. En la ANFP, que es la dueña del circo, se fueron los milagreros y llegaron los profesionales. Si en sus negocios no hay delincuentes, ¿por qué los alientan en el fútbol? Tienen tanta experiencia en manejar leyes sociales, laborales y criminales que no se entiende hasta cuándo van a proteger a esta manga de flaites. Los dirigentes se escudan en la muleta del orden público, que es donde está radicado el problema, aunque quizá los clubes sean cómplices de estas asociaciones para delinquir que son sus bandas de líderes positivos. Aunque en verdad lo que pensamos es que les tienen pavor y prefieren ser rehenes, culpar a don Belisario y al Gobierno, que suele tener la culpa de todo y darles entraditas para que vayan al estadio. A destrozarlo y acabar con las semifinales del campeonato.

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