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  La niña de la foto

  La niña de la foto

  La mejor fotografía del año a juicio de la Unicef es esta imagen de Ghulam, una niña afgana de once años sentada junto a su marido de cuarenta. La foto es de Stephanie Sinclair.

Jueves 20 de diciembre de 2007

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15 kbA veces uno se olvida en qué mundo vive. Hasta que sale a la calle o abre el diario y se encuentra con algo o alguien que se lo recuerda. La mejor fotografía del año a juicio de la Unicef es esta imagen de Ghulam, una niña afgana de once años sentada junto a su marido de cuarenta. La mirada de la niña es, por cierto, más elocuente que cualquier alegato en contra de la pedofilia y de los matrimonios forzados. Como son elocuentes esa pesada cortina que cuelga detrás de la niña del velo y el hombre del turbante y ese camastro sobre el que posan. Se olvida uno en qué mundo vive. Sobre todo en periodo navideño. Es seguro que el novio pagó por la niña menos de lo que nos costará a nosotros el regalo del amigo secreto.

La obsesión por las vírgenes es asunto añejo, ajado y apergaminado, pero aun así continúa apestando. Y no sólo en lugares remotos. En la muy cosmopolita Nueva York se presentó hace unos meses una obra de teatro, My first time (Mi primera vez), que basó su campaña de promoción en la entrega de entradas gratuitas a su estreno para los espectadores que podían demostrar frente a un hipnotizador que eran vírgenes. Si eso no es puro fetichismo atávico en el corazón de la modernidad, no sé qué pueda ser.

Lejos de allí, en África, ha circulado durante estos años el rumor criminal según el cual el contacto carnal con una virgen cura el sida, con los resultados calamitosos que se pueden desprender. Los hombres somos seres obcecados y creemos lo que queremos, lo que nos acomoda. En Oriente Medio existe la patraña según la cual los kamikazes que activan cargas explosivas en los mercados atestados, lo hacen con la esperanza de ver la cara a las cien vírgenes que les abrirán las puertas del Jardín de Alá. Sin embargo, como dijera Garven, una virgen está vedada y si no está vedada deja de ser virgen. O sea.

Por estos días se ha paseado por Portugal, Francia y España el mandamás libio Muammar Gaddafi con su guardia personal compuesta por treinta vírgenes. El coronel Gaddafi, instigador de al menos medio millar de asesinatos en sendas explosiones de aviones en vuelo a fines de los 80, ha cambiado de estrategia e intenta comprar ahora un lugar en el concierto de las naciones, como quien dice, no a punta de explosiones sino de millones. Se calcula que ha firmado en Francia y España convenios que hacen posible contratos para las empresas europeas por un monto de alrededor de 20 mil millones de euros. Los líderes europeos defienden este comercio afirmando que Gaddafi ha renunciado al terrorismo y apoya ahora la paz en la región. A lo que no ha renunciado manifiestamente es al apegamiento a sus treinta vírgenes.

En fin, se acerca la Navidad y los pavos se inquietan. Y hoy mismo se celebra en todo el mundo la festividad musulmana del sacrificio del cordero, el Aid el Kibir, que pone fin al peregrinaje ritual a La Meca. Este año han coincidido casi las dos principales fiestas cristianas y musulmanas. Como la celebración de la fiesta del cordero sigue el calendario lunar, esta coincidencia sólo se da cada veinte años. Impresiona estar en una ciudad islámica, al despuntar de un día como hoy, y oír a miles de corderos balando a la muerte. Y sentir más tarde el olor mordaz de la sangre.

Vuelve uno la mirada a la niña afgana y se recuerda de este poema de Nicanor Parra: "Entonces fue cuando le preguntaron / Si se acordaba de Nuestro Señor Jesucristo. / Las preguntas de ustedes respondió el Padre Eterno / Por más viejo que sea / ¿Cómo podría haberlo olvidado? / No se olvida tan fácilmente a un hijo único. / ¿Y no le hubiera gustado tener una niñita? / Y al Padre Eterno se le llenaron los ojos de lágrimas".

Feliz Navidad.

La Nación

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