En 2007, casi 220 mil jóvenes de nuestro país rindieron la Prueba de Selección Universitaria (PSU). De ellos, sólo 18,1% lograron más de 600 puntos promedio, es decir, probablemente eligieron la carrera que tenían entre sus preferencias; 49,7% obtuvieron más de 450 puntos promedio y es muy probable que puedan ingresar a una carrera de las universidades tradicionales.
Pero lo preocupante es que a 32,2% ni siquiera les alcanzó el puntaje para postular. Si vemos los números con detención, la inquietud aumenta al constatar que de los más de 70 mil alumnos que no lo pudieron hacer, sobre 40% sean de colegios municipales, 30% de particulares subvencionados y sólo 7% de colegios pagados. Más aún, 78% de los alumnos que obtienen menos de 450 puntos declaran ingresos familiares menores a 270 mil pesos mensuales, y entre quienes obtienen más de 700 puntos, 53% proviene de familias con ingresos por sobre los 800 mil pesos mensuales.
De nuevo, el talón de Aquiles de nuestra sociedad se conecta de forma dramática con la condición sociocultural de las familias, reproduciendo una y otra vez el origen de los alumnos. Sólo mediante la práctica selectiva es posible visualizar resultados destacados en alumnos de menores niveles socioeconómicos.
Estos resultados, como otros en educación, no son más que el espejo de la sociedad que se construye a partir de las decisiones del mercado, que pueden o deben tomar las familias en educación, vivienda o salud. Entonces, no será extraño que los próximos meses veamos a 93,7% de los estudiantes de los colegios pagados instalados en las mejores carreras de las mejores universidades del país, cuyos docentes serán los más competentes en sus disciplinas y, además, accediendo a las mejores becas y los créditos más ventajosos.
Tampoco será extraño que veamos a miles de jóvenes de colegios subvencionados, esos que no pudieron postular siquiera, ingresando con esfuerzo a instituciones de baja calidad académica, a carreras de dudoso porvenir, sin acceso a apoyos y con mucho sacrificio familiar. Ellos no tienen la responsabilidad de que la distribución de oportunidades haya estado en la práctica decidida cuando hace tres años ingresaron al kindergarten.
Nuestro sistema educacional refleja la estratificación de la sociedad. Los jóvenes que viven en barrios populares y estudiaron en colegios subvencionados de precarias instalaciones y calidad docente, llegarán ilusionados al barrio Dieciocho en marzo. Así, nuevamente, se completa el círculo de reproducción social del Chile de estos tiempos, el que todos decimos que no querer.
En general, los estudiantes se distribuyen de manera equitativa en cada una de las pruebas del proceso. A saber, 18% en cada una de ellas logra puntajes superiores a 600 puntos, y los mismos 49% y 32% en los tramos menores, respectivamente. No son más difíciles las matemáticas que la historia para los estudiantes chilenos, ni las ciencias que el lenguaje; no son mejores los profesores de historia que los de ciencias, ni los de matemáticas que de lenguaje; todos obtienen los mismos resultados.
¿Será que todos los profesores tienen las mismas destrezas y habilidades para lograr casi los mismos resultados con sus alumnos? ¿Será que todos sectores de aprendizaje tienen las mismas dificultades y facilidades para los estudiantes? ¿Será que las pruebas están tan bien "calibradas" que siempre arrojan los mismos niveles de dificultad y facilidad para todos quienes la rindan? ¿Será que nuestra educación desarrolla las mismas habilidades y conocimientos en nuestros estudiantes de modo independiente de sus aptitudes personales? Algo está diciendo esto, algo le están diciendo estos resultados a los hacedores de las políticas públicas de nuestro país.
Veinticinco por ciento de los estudiantes de establecimientos humanistas no logran promedios superiores a 450 puntos, como tampoco lo hace 50% de los que estudiaron en colegios técnicos. Así como los alumnos de liceos humanistas-científicos esperan llegar a la educación superior, los de liceos técnico-profesionales también rindieron la PSU con la ilusión de seguir estudiando. Claramente, estos establecimientos no han logrado incorporar entre sus prácticas de gestión, la preocupación que muchos de sus alumnos tienen.
Para unos será la causa de la pobreza y precariedad de sus familias, para otros, la finalidad de la modalidad impartida, pero para ninguno puede constituir una excusa que a estos alumnos tengamos que cortarles sus sueños debido a nuestra incapacidad institucional y profesional de hacernos cargo de ellos.
Lo que evalúa la PSU de nuestros estudiantes es un conjunto de capacidades cognitivas que pueden ser aplicadas en todas las disciplinas y situaciones de la vida real que se les presenten, con el propósito de resolver exitosamente los problemas que vayan enfrentando.
Estas pruebas -en especial las de lenguaje y comunicación y de educación matemática- se elaboran sobre la base de que tanto los contenidos como las habilidades son imprescindibles, porque ambos elementos son necesarios para que el proceso de enseñanza-aprendizaje sea efectivo y se pueda afirmar que los estudiantes, al egresar de educación media, serán capaces de seguir aprendiendo y se incorporarán a la sociedad como poseedores de un conjunto de competencias pertinentes para su desarrollo personal.
Si a los alumnos les va mal, estamos incumpliendo nuestra labor esencial de prepararlos para la vida, y si ello está ocurriendo, es porque la capacidad de gestión escolar en estos establecimientos se encuentra lejos de agregar valor al esfuerzo que las familias y el país están realizando para en el futuro tener ciudadanos competentes en lo que hacen, a vivir en sociedad, a seguir aprendiendo y a aprender a ser mejores personas.
Existen indicios esperanzadores: en Maipú, una de las comunas más populosas del país, donde casi 10 mil jóvenes rindieron la PSU, siendo la sede con mayor cantidad de postulantes, se verifican puntajes nacionales y colegios que se encuentran entre los diez mejores del país.
Pero además, mientras 60% de los alumnos de la educación municipal obtenían menos de 450 puntos en 2006, en esta oportunidad ello se redujo en 10 puntos y ahora la mitad de ellos puede postular a la universidad, iniciando la segunda parte del sueño de las familias chilenas: que sus hijos sean profesionales. Tanto la ambición por tener mejores resultados como la disciplina en el trabajo permanente, provoca grandes satisfacciones para todos.
Existen fuertes condicionamientos sociales que impiden la equidad educativa en nuestro país, como también ineficacia en muchos establecimientos que bien podrían obtener mejores resultados que los esperados para sus alumnos. Esta es la tarea social y educativa que debemos corregir para poder aspirar a una sociedad con igualdad de oportunidades reales. Si bien la disponibilidad de recursos por alumno es un factor relevante para mejorar la calidad de la enseñanza, la gestión escolar y la eficacia de nuestros docentes requieren atención urgente.